Hace muchos años mantuve contacto alto cargo del Ministerio de Exteriores israelí. Un día me preguntó por qué sentía simpatía por el pueblo judío. Mi respuesta fue muy sencillo; pues porque el ser al que más amo es un judío, llamado Jesús, y el segundo es una judía llamada Miriam.
Hoy, viernes 4 de septiembre, es San Moisés. La verdad es que desconozco sin los patriarcas de la Iglesia han sido canonizados, pero está claro que eran santos o más que santos.
Moisés, el libertador del pueblo hebreo, es el hombre que recibió la revelación teológica más elevada de la historia de la humanidad, nada menos que la definición de Dios: "Yo soy el que soy".
En efecto sólo Dios puede dar razón de su existencia. Los demás somos criaturas contingentes, nos han creado y nos ha nacido. Además, nuestra existencia no es más que una participación en la única existencia: la de Dios.
De esta proposición, cinco palabras, "Yo soy el que soy", se derivan un montón de cosas. Por ejemplo, la de cambio de sexo, perdón libre autodeterminación de la entrepierna. Oiga: a usted le nacieron, le parieron hombre o mujer. Así lo decidió 'El que es', que también es el creador de las leyes de la genética. Mi consejo es que no conviene interferir en sus disposiciones, por la cuenta que nos trae.
En todo caso, Moisés es también el patriarca de Israel, un pueblo que ha resultado clave a lo largo de toda la historia. Ahora bien, en el mundo hay unos 15 millones de judíos, es decir, estamos hablando del 0,16 de la población mundial y, sin embargo, constituye el proscenio del escenario mundial, objeto de todo tipo de informaciones. muchas más que las concernientes a otros pueblos mucho más numerosos que el de Israel. ¿Por qué? Pues porque fueron el pueblo elegido por Dios y el que tuvo, retuvo.
No hay otra explicación.