Sr. Director:
El partido de ayer de la selección española frente a Cabo Verde tuvo una virtud indiscutible: recordó, con una eficacia casi pedagógica, que el fútbol puede ser el deporte más popular del mundo y, al mismo tiempo, uno de los espectáculos más aburridos jamás inventados.
Durante hora y media, millones de espectadores contemplaron una sucesión de pases, controles, repliegues, conducciones inofensivas, centros sin destinatario, tiros sin alma y comentarios televisivos empeñados en fabricar emoción donde apenas había materia prima. España jugaba contra Cabo Verde, presentada inevitablemente con ese tono solemne con que hoy se reviste cualquier partido internacional, aunque el encuentro tuviera más aspecto de trámite burocrático que de acontecimiento deportivo.
Fue uno de esos partidos capaces de dormir a las ovejas. Y no metafóricamente: con un poco de imaginación, podía uno ver al rebaño entero rindiéndose al sueño antes del descanso.
Entonces me vino a la memoria una frase leída hace muchos años, no recuerdo dónde, según la cual una de las razones por las que el fútbol no terminó de triunfar en Estados Unidos como espectáculo de masas era muy sencilla: al público norteamericano le cuesta aceptar un deporte en el que se permanece noventa minutos esperando que pase algo extraordinario, y en el que, con frecuencia, no pasa nada.
La frase es cruel, pero certera.
En el baloncesto se anota constantemente. En el fútbol americano, cada jugada parece una pequeña batalla organizada. En el béisbol, incluso dentro de su lentitud ritual, cada lanzamiento abre una posibilidad nueva. En el tenis, cada punto tiene una resolución inmediata. El fútbol, en cambio, exige una paciencia monástica. El espectador aguarda el gol como quien aguarda una aparición mariana: puede producirse o no producirse; puede llegar pronto, tarde o nunca.
Y aún así, el fútbol manda. Ahí empieza el misterio. Porque si el fútbol fuera juzgado únicamente por la cantidad de emoción efectiva que ofrece sobre el césped, habría quebrado hace tiempo. Su fuerza no reside sólo en el juego, sino en todo lo que el juego arrastra: lenguaje, mitología, colores, odios, lealtades, frustraciones, supersticiones, dinero, prensa, radio, televisión, poder político, vanidad presidencial, idolatría popular y una descomunal industria sentimental.
De eso trataba, en buena medida, el libro Caldera de pasiones, de Carlos Toro: del fútbol no como simple deporte, sino como fábrica de palabras, pasiones, tópicos, ídolos y ceremonias colectivas. El fútbol ha creado un idioma propio. Ha llenado la conversación pública de expresiones, metáforas, lugares comunes y fórmulas que ya no pertenecen sólo al campo de juego, sino al habla cotidiana. Se “juega en campo contrario”, se “mete un gol”, se “remonta”, se “marca en propia puerta”, se “sale al ataque”, se “pierde por goleada”. El fútbol se apropia de la lengua porque previamente se ha apropiado de la imaginación popular.
Carlos Toro observó con agudeza que el balón redondo genera una especie de caldera verbal y emocional donde todo hierve: la épica, el ridículo, la hipérbole, la cursilería, la furia, la superstición y el negocio. El fútbol no sólo se juega: se narra, se exagera, se dramatiza, se mitifica. Un gol vulgar se convierte en “obra de arte”. Un futbolista prometedor pasa a ser “crack mundial” tras tres partidos decentes. Una derrota menor se presenta como “catástrofe”. Una victoria rutinaria se vende como “gesta”.
La hipérbole es el oxígeno del fútbol moderno. Por eso resultan tan cómicas las retransmisiones de partidos como el de ayer. El comentarista necesita hablar como si estuviera asistiendo a una batalla decisiva de la historia universal, aunque ante sus ojos sólo hubiera once españoles intentando perforar, con más paciencia que inspiración, la defensa de Cabo Verde. El negocio exige emoción. Si no existe, se inventa.
Y aquí aparece otra gran paradoja: el fútbol puede ser aburridísimo como juego concreto y apasionante como fenómeno social. Muchas veces lo interesante no ocurre en el césped, sino alrededor del césped. Está en la previa, en la tertulia, en la alineación, en el chisme, en la polémica arbitral, en el fichaje, en el presidente, en el entrenador, en la rueda de prensa, en el insulto ritual, en el titular desmesurado, en la conversación de bar y en la digestión colectiva del resultado.
El partido es, a veces, lo de menos. La historia de la selección española ofrece ejemplos abundantes. La llamada Quinta del Buitre reunió a algunos de los mejores futbolistas españoles de su tiempo. Talento, elegancia, clase, técnica, imaginación. Y, sin embargo, con la selección nacional no ganó nada. Absolutamente nada. Aquella generación dejó recuerdos, jugadas, nombres, promesas y frustraciones, pero no títulos.
El fútbol permite esas injusticias. O, mejor dicho, vive de ellas. Porque ningún otro deporte colectivo de masas mantiene una relación tan incierta entre superioridad y resultado. Se puede jugar mejor y perder. Se puede dominar y empatar. Se puede aburrir al mundo entero y ganar un campeonato. Se puede tener a los mejores y regresar a casa con las manos vacías.
Ahí está la España de Javier Clemente, durante años entregada a un fútbol áspero, correoso, defensivo, tácticamente disciplinado y estéticamente indigesto. Una selección capaz de convertir cada partido en una especie de oposiciones a funcionario: orden, sacrificio, obediencia, expediente limpio y muy poca fantasía. Aburría a las ovejas, sí, pero durante un tiempo sobrevivía. Hasta que dejó de sobrevivir. Y cuando el aburrimiento ya no viene acompañado de resultados, se convierte simplemente en aburrimiento.
También está la Grecia campeona de Europa en 2004, quizá una de las mayores venganzas del resultado contra la belleza. Aquella selección no ganó para seducir, sino para clausurar. No jugaba para enamorar, sino para impedir que el rival respirase. Fue una victoria legítima, incluso admirable desde el punto de vista competitivo, pero también una proclamación del antifútbol: defender, esperar, resistir, aprovechar una ocasión y volver a cerrar la puerta.
El fútbol tolera eso. Más aún: a veces lo premia. Por eso el aficionado vive en una permanente contradicción. Dice amar el juego, pero muchas veces ama sobre todo la pertenencia. Dice buscar belleza, pero acepta cualquier cosa si su equipo gana. Dice despreciar el mercantilismo, pero celebra fichajes obscenos. Dice defender la cantera, pero exige estrellas extranjeras. Dice que el club representa una ciudad, una región o una historia, aunque la plantilla parezca una reunión de Naciones Unidas con botas de tacos.
Carlos Toro apuntaba precisamente a esa capacidad del fútbol para construir un folklore moderno lleno de contradicciones. Los clubes conservan símbolos antiguos, escudos, himnos, estadios, colores, recuerdos de barrio y viejas lealtades, pero funcionan cada vez más como empresas globales. El aficionado cree abrazar una tradición; con frecuencia está abrazando una marca. Cree defender una identidad; muchas veces consume un producto.
Y, sin embargo, lo hace con una sinceridad emocional indiscutible. El hincha es la figura central de esta liturgia. Sin él, el negocio se desmorona moralmente, aunque quizá no económicamente. Es quien presta al fútbol su tono religioso. Llora, canta, insulta, perdona, viaja, compra, espera y vuelve. Puede haber visto cien partidos infames, pero acudirá al ciento uno con la esperanza intacta. Su memoria selecciona milagros y borra bostezos. Recuerda aquel gol en el «descuento» (esa forma peculiar de los comentaristas deportivos de nombrar el tiempo de prolongación), aquella remontada imposible, aquel penalti fallado, aquella tarde de gloria o de ruina. Todo lo demás desaparece.
El fútbol vive de esa administración emocional del recuerdo. Por eso un partido tedioso no mata la afición. El hincha siempre cree que el próximo será distinto. Y esa esperanza, más que el juego mismo, sostiene la maquinaria.
A esa maquinaria se suman los medios de información, que en el fútbol han creado un género propio: la épica de lo insignificante. Se discute durante horas sobre una ceja levantada, una suplencia, una frase ambigua, una molestia muscular, un gesto al ser sustituido, una cena entre representantes, una cláusula, una renovación o una fotografía publicada en redes. El fútbol actual necesita producir contenido incluso cuando no produce fútbol.
La pelota descansa; la caldera no. De ahí el acierto del título de Carlos Toro: Caldera de pasiones. El fútbol hierve incluso cuando el partido se congela. Hierve en la radio nocturna, en el periódico deportivo, en la televisión, en la grada, en el bar, en la peña, en la oficina, en la sobremesa familiar y ahora también en las redes sociales. Cada jugada se repite, se corta, se amplía, se sospecha, se juzga y se convierte en materia litigiosa.
El árbitro, por supuesto, ocupa un lugar privilegiado en esta comedia humana. Es el villano necesario. Sin él, muchas derrotas serían insoportables. El árbitro permite preservar la autoestima del derrotado. No hemos perdido porque hayamos jugado mal; nos han robado. No hemos fracasado; nos han perjudicado. No hemos sido inferiores; hubo conspiración, penalti no señalado, fuera de juego dudoso, criterio desigual o mano interpretativa.
La tecnología ha reducido algunas excusas, pero ha creado otras. El VAR no ha eliminado la polémica: la ha refinado. Antes se discutía sobre lo que el árbitro no había visto. Ahora se discute sobre lo que ha visto demasiadas veces y aun así ha interpretado de modo discutible.
El fútbol necesita injusticia, o al menos la sospecha de injusticia, porque la polémica prolonga el partido mucho después del pitido final. Y luego están los héroes. Pero qué héroes. Mitos de caducidad rápida, fabricados por portadas, vídeos, contratos, anuncios y adulaciones masivas. El futbolista moderno puede pasar en pocas semanas de promesa deslumbrante a problema táctico, de genio generacional a activo amortizable, de ídolo a descarte. La adoración es intensa, pero frágil. El héroe futbolístico vive sometido a una actualidad feroz. No basta con haber sido. Hay que seguir siendo cada domingo.
También aquí Caldera de pasiones resulta útil: el fútbol fabrica una épica popular de consumo inmediato. Sus mitos son más veloces que los antiguos. Ya no necesitan siglos, ni cantares, ni leyendas transmitidas junto al fuego. Les basta una temporada, un Mundial, una Eurocopa, una Champions, una final, un gol repetido mil veces en televisión.
La televisión cambió definitivamente la naturaleza del fútbol. No sólo permitió verlo: enseñó cómo debía sentirse. El primer plano del entrenador, la lágrima del aficionado, la repetición ralentizada, la estadística instantánea, el plano del palco, el gesto del suplente, la celebración estudiada, el relato inflamado. El fútbol televisado ya no es sólo deporte; es dramaturgia editada en directo. Por eso un partido como el de España contra Cabo Verde resulta tan revelador. Deportivamente fue poca cosa. Narrativamente, casi nada. Pero sociológicamente dice mucho. Dice que el fútbol no necesita ofrecer siempre espectáculo para seguir dominando la atención. Le basta con activar su maquinaria simbólica: selección nacional, camiseta, himno, clasificación, titulares, tertulias, comparaciones, análisis tácticos y promesas de futuro.
El fútbol moderno sobrevive incluso a sus propios partidos. Quizá ahí esté su secreto. No importa que durante noventa minutos apenas suceda nada. Lo importante es que millones de personas estén dispuestas a comportarse como si algo decisivo pudiera suceder en cualquier instante. Esa posibilidad mínima sostiene el edificio entero.
El fútbol es una religión de la espera. Y como toda religión de la espera, necesita fe:
Fe en el gol.
Fe en la remontada.
Fe en el muchacho que acaba de debutar.
Fe en el entrenador que “ha dado con la tecla”.
Fe en la generación que “ahora sí”.
Fe en que el próximo partido no será tan soporífero como el anterior.
Ayer, frente a Cabo Verde, esa fe fue puesta a prueba. Y, sin embargo, millones volverán a sentarse ante el televisor la próxima vez. Volverán a escuchar los mismos lugares comunes. Volverán a esperar el instante extraordinario. Volverán a creer que el balón, ese objeto caprichoso, puede justificar una tarde entera de tedio. Tal vez por eso el fútbol no sea exactamente un deporte.
O no sólo un deporte. Es una caldera de pasiones levantada sobre una paradoja formidable: muchas veces no pasa casi nada, pero casi todo el mundo actúa como si estuviera a punto de pasar algo inolvidable.
Y así seguimos. Noventa minutos aguardando el milagro. Aunque, de vez en cuando, el milagro consista únicamente en no quedarse dormido.










