• Don Arturo es un jacobino: odia a los curas y ama a España, a quien ha deificado.
  • Originalísimo Reverte: el problema de España es siempre el mismo: la incultura.
  • Y los culpables son siempre los mismos: los ensotanados.
  • Fueron los curas quienes llevaron a España a una guerra fratricida… naturalmente.
  • Si fuéramos ilustrados… Si leyéramos más a Pérez-Reverte.

Es agosto, hay más tiempo para repasar la prensa vegetal. En el diario ABC me encuentro con la colaboración de Arturo Pérez-Reverte (en la imagen) -Una Historia de España (LXVIII)- donde empieza a deambular por la II República. Don Arturo es un jacobino: odia a los curas y ama a España, a quien ha deificado. Y este es el problema de los jacobinos: que la deificación -que no el sano amor a la patria- suele acabar en fascismo. Es lo que le ocurrió a un tal Mussolini, llegado desde el socialismo de las clases sociales a la glorificación de la nación. Y lo mismo hizo Hitler, que empezó glorificando a Alemania y acabó glorificando a los arios. Como buen jacobino, para don Arturo, la solución a los males de España están clarísimos: la Iglesia es la caverna y la Ilustración es la liberación. ¿De qué? Ni se sabe, pero libera cantidad. De hecho, los jacobinos tienen esa costumbre de pasar por alto esa aberración fundamental, producto de la ilustración y la sapientísima Enciclopedia, que fue la Revolución francesa, el primer genocidio de la historia moderna. Todo ello contado con ese determinismo tan propio de… los jacobinos, y que podríamos resumir así: el imperio de los cuervos, es decir, de los curas, durará poco, porque la luz de la cultura progre disipará las tinieblas. Desde Descartes -y aún antes, desde los nominalistas- llevamos cinco siglos esperando que lo inminente se realice. Pero Arturo no pierde la esperanza. Desapareció la Revolución francesa y la Iglesia permanece: ¡Dita sea! Don Arturo olvida la amenaza de Napoleón al cardenal Ercole Consalvi, mano derecha del confinando Pío VII: "Voy a destruir a la Iglesia". A lo que Consalvi, respondió: "Imposible, Excelencia, ni nosotros mismos lo hemos conseguido". ¡Ay, Arturo, cómo marras! A partir de ahí, su historia de la II República es la propia de esos centro-progres: una pedantería topicona. Verán: el problema de España es siempre el mismo: la incultura. El culpable es siempre el mismo: los ensotanados. No ocurría lo mismo con los franceses, ingleses o alemanes de 1930. ¡Noooooo!, más sabios que Lepe, Lepijo y su hijo. Ellos no empezaron una guerra civil, sino mundial, bajo el símbolo de la esvástica. Por eso, porque eran un tipos cultos. Reverte exhibe, asimismo, la teoría jacobina de la democracia: que es la que anda entre dos extremos porque en el centro, como saben, está la virtud: en este caso, aquellos pavisosos que, como don Arturo, lo fían todo a las clases de historia en una instrucción pública pagada por todos pero controlada por los jacobinos. En definitiva, debe ser el Estado quien eduque porque los padres de los alumnos son, asimismo, unos ignorantes. Salvo don Arturo, claro. Y así, el autor, juez ecuánime, nos explica que, en 1931, la República, como tal, hizo cosas espléndidas. Hombre sí, hubo algunos -nacionalistas vascos y catalanes y algún radical que otro- que pretendían ir demasiado lejos. Pero el verdadero enemigo, la hidra maligna de tres cabezas eran los curas y la derechona enriquecida, así como los militares que todavía no se habían lustrado e ilustrado, me imagino que en la masonería, siempre tan castrense. Al final, Pérez-Reverte nos convoca para un nuevo capítulo de esta "lamentable y triste historia". Ciertamente, don Arturo, su historia es lamentable y triste. Menos mal que es más falsa que una moneda de tres euros. Eulogio López eulogio@hispanidad.com