Sr. Director:
Con el lema «Alzad la mirada», el Papa visita España. A diferencia de su antecesor, León XIV parece que valora lo que nuestra nación ha significado en la historia de la Iglesia, y hasta le gusta. Menos mal. Acostumbrados a hacer de nuestro pequeño mundo el centro del universo sin más horizonte que el que marca la miopía de nuestros egoísmos, alzar la mirada siempre es necesario. ¿Pero alzarla... cuánto? Porque cabe el riesgo de quedarnos con la mirada a media asta, sin llegar a percibir más allá de las necesidades materiales de nuestro prójimo, sin duda importantes, pero que han de ser trascendidas por el mensaje evangélico de esperanza del que la Iglesia es depositaria, no propietaria.
Cabe el riesgo de que, por buscar un mejor acomodo entre los cambiantes valores que imperan en el mundo actual, que tan frecuentemente se alejan del Evangelio, recortemos las Palabras de Jesús limitándolas a consignas meramente humanitarias, castrándolas de su sentido divino y sobrenatural. Y esto significaría reducir la Iglesia a una mera ONG buenista y filantrópica, que implicaría reducir también la dimensión espiritual y el horizonte de inmortalidad inherente a la Iglesia. Estaríamos transformando la Iglesia en una ONG quizás exitosa respecto a los ojos del mundo, pero a cambio de traicionar los fines para los que fue creada por Jesucristo hace más de dos mil años. Una Iglesia que tantas veces fue defendida por España con su propia sangre y que contribuyó a expandir y fortalecer por todo el mundo. Una Iglesia que, pese a quien pese, forma parte inescindible de la forja y la esencia de la mejor España.









