Una ecuatoriana de 22 abriles, vivió prostituida durante algunos años. Su vida no le ayudó para sacudirse el yugo al que estaba atada: era anunciada diariamente en un periódico de gran audiencia.

Durante ese tiempo, ella había formado parte de las 400.000 mujeres que ejercen la prostitución.

Para captar a las incautas adolescentes, les hablan de los temas comunes entre jóvenes: amigos, estudios, anécdotas... Y familia.  Al despedirse les ofrecen visitar lugares paradisíacos, antes de volver a su país.

El proxeneta, afable, fue a por ella a la terminal del aeropuerto. A la mañana siguiente, en el crepúsculo matutino se encontraba en un piso, rodeada de otras adolescentes de diversas razas. Y ese día comenzó su congoja. Un tipo misterioso se entrevistó con ella. Sabía de sus progenitores. Que su fraterno era menor de edad. Y que a partir de ese instante acudiría a los apartamentos de los individuos que solicitaran realizar el acto sexual con ella. Se puso a llorar. Sólo quería ver a su madre.

Se estima que insertar un anuncio por palabras cuesta alrededor de 100 euros. Lo que en algunos rotativos significa unos ingresos de 150.000 euros diarios. Sin embargo, la sección de publicidad del periódico galo Le Monde, ha aseverado que los anuncios de contenido erótico no están de acuerdo con la línea editorial del periódico. El diario belga Le Soir afirmó que este tipo de anuncios por palabras que incluyen contactos carnales, es una publicidad contraria a la imagen que nuestro periódico quiere dar; atenta contra la ética y la deontología. Los principales rotativos italianos no publican anuncios clasificados sobre relaciones sexuales y prostitución. En Inglaterra, The Times y The Independent, afirmaron ¿Cómo vamos  a incluir este tipo de publicidad? Es ofensiva contra la mujer y fomenta la explotación sexual. El periódico germano Handelsblatt jamás ha encartado anuncios de contactos libidinosos.

El cuerpo humano, muestra de la condición material de las personas, posee en sí mismo una trascendencia no rebajable al mero consumo sexual. Su uso indiscriminado supone un ataque a la misma naturaleza humana, es una clara agresión que atenta contra la dignidad del ser humano.

Clemente Ferrer

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