Europa no se entiende a sí misma. Urge que acuda al diván del psicoanalista para acabar de confundirse y, con un poco de suerte, suicidarse.

Ahora resulta que el fondo de Rescate (FEEF, otra sigla para memorizar, muchachos), dado que no puede salvar a España e Italia, porque son muy grandes, se verá obligado a salvar, además de las deudas soberanas, a bancos en crisis (¿Another time? Yes). Sólo que está vez no con cargo a los erarios públicos de los países sino al mancomunado erario europeo.

Aseguran los entendidos que lo que hay que hacer es emitir eurobonos, y el Banco Mundial -¡qué peligro tiene!- anima a unificar políticas en todo el continente.

Miren ustedes, para acabar con la crisis de la deuda soberana y de las deudas bancarias, lo único que hay que hacer es dejar quebrar a los quebrados. Los bancos, los primeros: si un banco quiebra que el Estado se haga cargo, hasta una cantidad razonable (los 100.000 euros fijados en España están bastante bien) de los ahorros de los depositantes, que no de los inversores. Y si un Estado quiebra, sus ciudadanos tendrán que ajustarse el cinturón sí, pero debe entrar en una suspensión de pagos (ahora conocida como quiebra controlada) en la que los inversores, generalmente especuladores, no cobren todo su dinero sino una parte. Eso es lo que ocurrió en la Argentina de Néstor Kirchner (lo único bien que hizo por su país) que ahora está creciendo como ya quisiera España o lo que ocurrió en Islandia, cuya economía se ha desperezado. Y por cierto, tanto los banqueros irresponsables como los políticos irresponsables, al banquillo de los acusados.

Volvamos al euro. Si algo ha demostrado la implantación del euro es que no ha homologado condiciones de vida: lo único que ha provocado es la exigencia a los pobres que se aprieten más el cinturón con el objetivo final de que los rentistas financieros puedan seguir recibiendo sus réditos y hagan el favor de financiarnos.

El euro, para países como España, ha homologado los precios, pero no los salarios. El café de 100 pesetas comenzó a valer 1 euro, es decir, 166, y eso hace diez años, mientras los salarios subieron al ritmo del IPC y, aún hoy, el salario mínimo está en los 641 euros mensuales.

Por otra parte, la crisis actual ya no es de déficit público, es decir, político, sino de consumo. Por tanto, la primera medida a tomar sería una elevación fuerte del SMI. En España, lo lógico sería pasar de 641 euros a 1.000, lo que empujaría al alza la escala salarial y aumentaría el consumo, con él, la producción y, con ella, la creación de puestos de trabajo. Para que esa subida no ahogue a las empresas, se hace necesario reducir, como compensación, las cuotas laborales y cambiarlas por IVA. Además, con esa subidas salariales aumentarían también los ingresos públicos anti-déficit y, por último, los trabajadores aceptarían el despido libre, que es la medida más justa aunque los sindicatos, más amigos de subsidios que de salarios, se emperren en lo contrario.

¿Que qué estoy defendiendo con esa propuesta macro -que quiebren los bancos y los países quebrados- y con esa propuesta micro -subida de salarios-? Pues, sencillamente, una sociedad, esto es, una economía, más justa y más responsable de sus actos.

Eulogio López

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