• El chivato cibernético, su abogado y el presidente ecuatoriano, compiten por ganarse el favor de las cámaras de televisión. Prohibido pasar inadvertidos.
  • Es lo que conocemos como derecho internacional: un juego de egos. Eso sí, de egos globales para una sociedad global.

Mi corazón tiembla por Julián Assange. No veo nada claro su futuro, ahora que ha contratado a Baltasar Garzón como abogado. Además, ante las cámaras de televisión ya se ha podido ver una pugna por el proscenio entre el australiano y el español, una lucha titánica. Julián aparece en una hornacina de la legación ecuatoriana en Londres, como el beato canonizable que es, desde el interior de la embajada. Por ello,  su egolatría se siente turbada por el ególatra Baltasar, que no es refugiado sino refugiador, y quien, por tanto, puede permitirse el lujo de salir del edificio y allí mismo, en plena calle de Londres, en la trasera de Harrod's, soltar una declaración enjundiosa, justo en el lugar en el que don Baltasar siempre ha querido estar: ante las cámara de los medios más importantes del mundo mundial. Y, desde tan elevada tribuna, Don Balta amenaza a sus pares, los gobiernos de Washington –el de la CIA- y al de Londres –el de la City-. Les amenaza, por ejemplo, con llevarles ante la Corte Penal Internacional –para quien también trabaja- acusados de, por ejemplo, crímenes de guerra, de guerra cibernética, o quizás genocidio, genocidio de la raza Assange, que tantas cosas hermosas ha aportado a la humanidad.

Y en la guerra de egos entre el abogado y su cliente podría entrar en liza un tercer competidor: el presidente ecuatoriano Rafael Correa. Porque aquí radica la injusticia: es Correa quien ha cedido su legación para la pantomima y, 'sin en cambio', son el acogido y su letrado quienes se alzan con el santo y la limosna. Desde Quito, don Rafael se ha visto obligado a convocar una rueda de prensa tras otra, ahora que, por primera vez, las agencias internacionales están pendientes de sus palabras, parque don Juli y don Balta no le resten ni un minuto de gloria.

Los británicos, por el contrario, no son ególatras, son, en su mejor tradición, los más grandes embusteros desde los tiempos del pirata Drake -Sir Drake-. Por eso un día te dicen que van a asaltar la susodicha embajada y al siguiente cuasi rectifican pero, eso sí, filtrando a la prensa la orden a Scotland Yard para atrapar al prófugo como sea y donde sea. Para mantener la presión, que se diría en la jerga futbolística.

Para que lo entiendan, esto es lo que se llama derecho internacional: un juego de egos. Eso sí, de egos globales para una sociedad global.

Eulogio López

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