Inasequible al desaliento, con más moral que el Alcoyano, la progresía clerical insiste en afiliar al Papa Francisco (en la imagen) a sus mermadas filas. Cuando sus palabras demuestren que no figura en sus filas, las salvas se volverán lanzas, los elogios infamias y la calumnia persecución abierta.

Si quieren ustedes identificar a un católico progre, o sea, modernista, no tienen más que citar a Satanás. Verán cuán divertida es su reacción. Recuerden: los demonios no existen, son cuentos de viejas, propias de cristianos antiguos, medievo, caverna. Pero hay más.

Segundo análisis para identificar al cristiano modernista, es decir, la sublime cursilería de un cristianismo sin Cristo: pues lo que unos sesudos representantes de este tipo de cristianismo aguado, los editorialistas de El País, califican como "el espantajo anticlerical", porque según ellos, la cristofobia, como Satán, tampoco existe.

Y entonces va el Papa Francisco y lo suelta (sábado 4), que también son ganas de molestar, y lanza una enmienda a la totalidad de ambas proporciones. A fin de cuentas, es argentino, gente con un montón de defectos pero con la virtud de la valentía.

Y bien clarito que lo ha soltado, oiga: los cristianos son perseguidos hoy más que a los inicios de la historia del cristianismo. La causa originaria de toda persecución es el odio del príncipe de este mundo hacia cuantos han sido salvados y redimidos por Jesús con su muerte y su resurrección.

Queda claro que éste no es el Papa progre que buscan los progres. Este es, insisto, un Papa mártir. Lo que no sé es si será mártir un día o cada día.

Pero quedémonos con la sustancia: la cristofobia es hoy, en el siglo XXI, más fuerte que nunca. Y al fondo de todas las conspiraciones, al fondo de esa nebulosa a la que tanta veces me he referido como Nuevo Orden Mundial (NOM), que persigue eliminar hasta el mismo nombre de Cristo, y que se manifiesta en la política, la economía, la cultura y la información, no está ni un Gobierno, ni una institución multinacional ni la masonería: está satanás. Todas esas instituciones no son más que instrumentos del Príncipe de este mundo.

No lo digo yo: lo dice el Papa.

La situación es peliaguda, ciertamente, pero ya ven que el propio Papa Francisco está tranquilo y, sobre todo, alegre. Y es que, como en aquella espléndida comedia de Billy Wilder -Uno, dos tres-, la situación es desesperada pero no grave, porque los cristianos tenemos la victoria asegurada. El único enemigo que puede vencernos es la incoherencia.

Eulogio López

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