En esto de los precios, ya saben, rige fundamentalmente la ley de la oferta y la demanda, aunque hay salvedades. Ya saben, cuando un producto es muy demandado sube su precio y cuando no es así, baja. Es un mercado, para que me entiendan, como el de las bolsas de valores (las acciones que quiere todo el mundo aumentan de valor y la que no quiere ni Blas, descienden). Ese mercado es así, aunque la especulación sobre los porqués le añade un ingrediente que no tiene, por ejemplo, un kilo de patatas. El cómputo global de los precios de una serie de productos se reúne en una cesta, que llamamos Índice de Precios al Consumo (IPC), que orienta sobre la conducta en general. Si aumenta, lo llamamos inflación y si baja, deflación. Pero todo eso revela también un ajuste serio de la economía española.

La inflación y la deflación, por tanto y en principio, no son ni buenas ni malas. Simplemente orientan sobre las preferencias de los ciudadanos en un mercado libre. Los precios del caviar o de las angulas, aunque no aparecen reflejados en el IPC, son carísimos porque hay poco de ambos y los quieren muchos (demasiada demanda y poca oferta) y, sin embargo, los arroces integrales valen poco (hay una demanda razonable y una oferta abundante). Vamos, que hay productos que escasean y otros que abundan y eso condiciona en gran medida el precio que hay que pagar por ellos.

A los gobiernos endeudados les preocupa la deflación porque les obliga al mismo ajuste que ya han hecho los ciudadanos
Otra cosa es cuando Draghi, sin ir más lejos, empieza a hablar de la inflación o deflación como un instrumento de la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE). ¿Qué pasa entonces Que el dato se incorpora como una variable más que interfiere en el crecimiento de la economía. Se convierte así en un objeto, no de deseo, sino de control. Si los precios suben, la gente consume menos y la actividad decrece. Y al revés, si los precios bajan, el personal se anima, sale a cenar por la noche, viaja con más frecuencia y no le importa darse un homenaje.

Llegados a este punto, mi 'colega' y admirado Rubén Manso Olivar hace varias consideraciones, que quiero compartir. La primera, que lo peor de las actuaciones de los bancos centrales como el BCE es que, mediante su política monetaria, pretenden abaratar, por ejemplo, el coste de la energía (porque es peligroso que se dispare), cuando su movimiento libre incentivaría más que ninguna otra cosa la búsqueda de alternativas para solucionar la escasez con investigación y desarrollo.

La segunda, más importante, que inflación y deflación prueban el ajuste que experimenta una economía. En el caso español está muy claro. Los salarios han bajado -en otras palabras, el personal tiene menos dinero- y eso tiene una consecuencia directa en los precios, que bajan si las empresas quieren seguir vendiendo. Y si a eso añadimos el problema de la alta tasa de paro, la conclusión es bastante obvia: ya no me compraré una camisa de marca, sino una de supermercado, como Pablo Iglesias, que me cubra y no me dé un disgusto.

El sector público debe adelgazar por la misma razón que el personal, que gana menos o está en el paro, necesita comprar más barato
La tercera y última conclusión que extraigo de Manso Olivar es preguntarme cómo se puede pretender que esa tendencia en los precios (deflación) se invierta con algo tan sibilino como que la gente consuma más facilitando el crédito. Es perverso. Dice Manso: "Pretender aumentar el consumo con crédito, elimina la deflación, pero no es el problema. La riqueza no es el dinero sino la producción y el intercambio". ¡Qué claridad!

Dicho lo cual, la explicación es bastante simple. ¿Por qué les aterra a los gobiernos -sobre todo si están endeudados- o al BCE Porque van a reducir sus ingresos, o lo que es lo mismo: van a recaudar menos impuestos por la caída del consumo. La cuadratura del círculo está completada: nos lleva lisa y llanamente a que los gobiernos lo que no quieren, precisamente, es 'ajustarse', como han tenido que hacer sus ciudadanos. No quieren que el sector público haga lo propio: gastar menos, sobre todo cuando ha aumentado, como en el caso español, el valor de la deuda. El problema y la solución van por ahí, no se engañen.

Mariano Tomás

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