Al parecer, alguien, en algún lado, ha dicho, de alguna manera, que cuatro cajas de -ahora bancos- medianas españolas debían fusionarse entre sí.

Hablamos de Ibercaja, Unicaja, Liberbank y Mare Nostrum. Es decir, de un sólo golpe, estaríamos mezclando 16 antiguas cajas de ahorros.

Al parecer, la idea procede del Ministerio de Economía, siguiendo la receta de moda en la Administración pepera: la crisis bancaria se soluciona con fusiones. Y un segundo Principio: un banco grande es un banco bueno.

Curioso, porque las peores entidades han sido las grandes. Por ejemplo, en España, a día de hoy, las mejores entidades son las cajas rurales, las cooperativas de crédito, casi todas ellas bastante diminutas.

Pero el asunto no acaba ahí: la verdad es que las fusiones no arreglan nada y estropean mucho, preferentemente el empleo. El fallecido Luis Valls consideraba que una fusión sólo servía para vender el edificio que servía de sede a una de ellas y para reducir servicios centrales. Por eso siempre se resistió a fusionarse y optó por el crecimiento orgánico, en solitario.

Además, entre los bancarios con experiencia, uno de los principios clásicos es el de fusionar un banco malo con otro malo y tendrás tres problemas. ¿A qué se debe, entonces, esta marea al parecer irresistible de concentraciones? Por dos razones: lo quieren los banqueros, porque así tienen más poder y cobran más dinero. En segundo lugar, lo quiere el poder político, porque el poder adora el oligopolio: siempre es más fácil entenderse (sí, entenderse en todos los sentidos, especialmente el malo) con un puñado de grandes que con una multitud de pequeños. Cuando tienes muchos operadores no puedes pastorearlos a todos y debes regirte por la normativa, igual para todos. Es lo que se conoce como Estado de Derecho, lo cual debe ser cuidadosamente evitado.

Eulogio López

[email protected]