Curioso artículo el de Roberto Bosca, en el diario argentino La Nación, titulado: "La beligerante resistencia interna al Papa". Bosca es un eminente abogado, que fue decano de la facultad de Derecho de la Universidad Austral, regida por el Opus Dei.

Es un artículo rápido, incisivo, en defensa del Papa Francisco y contra los 'tradicionalistas' que le agobian. Y tiene razón en parte: he leído críticas durísimas al Papa, ya no sólo faltas de caridad sino hasta de sentido común. Los católicos estamos para rezar por el Papa y para defender al Papa, no para criticarle y mucho menos para injuriarle. No somos maestros sino discípulos, y es el docente quien juzga, no el discente, que está para aprender.

A un Papa no hay que juzgarle por su caridad -eso lo hará Dios- sino por su exposición, inteligible, del Magisterio. Y menudo cacao se ha armado

Pero sí me ha gustado la intención, no el desarrollo. Ocurre que en la apología siempre se deslizan juicios, que perjudican, más que alaban, al homenajeado. Por ejemplo, el final: viene a decir el doctor Bosca que quienes censuran a Francisco no comprenden que es jesuita. Hombre, don Roberto, esto recuerda aquello de los tres grandes enigmas del catolicismo: cuántas congregaciones femeninas existen, cuánto dinero tiene un salesiano y qué piensa un jesuita.

Además, evoca una de las características del actual Papado, que por su aún corto historial, parece más inclinado a ascender al clero regular que al secular. Y eso, en la refriega con esos "tradicionalistas" que no han sabido aceptar reconcilio, don Roberto, no resulta muy pertinente: recuerde que, si hay algo nuevo en la actual crisis eclesial de la Iglesia, en oposición a la tendencia dominante en la historia del Cuerpo Místico, es que la actual crisis clerical no procede, como era habitual, del clero secular, sino del clero regular. En la ya larga historia del cristianismo eran los sacerdotes seculares quienes debían ser enmendados por los monjes. Cuando más bajo habían caído los presbíteros, surgía un fundador de orden religiosa para enderezar el rumbo. En el siglo XX y XXI sucede justo lo contrario. Con los ditirambos, don Roberto, hay que ser más cuidadoso aún que con las injurias.

Asegura el autor que los beligerantes críticos -internos- de Francisco, los tradicionalistas, tampoco han comprendido el Vaticano II. No hombre, no, es justamente al revés: son los 'conservadores' los que comprendieron el alcance, por lo general estupendo, del Concilio convocado por  San Juan XXIII. Los que no lo entendieron fueron los progres, que se quedaron en aquello que le escuchaba a mi abuela: "eso lo ha cambiado mucho desde el Concilio", muletilla que ha servido para las más variadas sandeces.

Pero Roberto Bosca no es ningún superficial. Entra nuestro articulista en la pugna -conceptual, sólo conceptual- entre verdad y caridad e incluso llama en su auxilio al cardenal Segura y a los tiempos del Franquismo, ya saben la madre patria. Esto es, España. La verdad siempre con caridad, ciertamente, y lo que debe distinguir a los cristianos es la caridad, antes incluso que la verdad. Muy cierto. Pero ocurre que la caridad es obligación de todo cristiano, mientras que la verdad es exigencia primera del Magisterio. ¿Qué es el Magisterio Es el cuerpo doctrinal que enseñan los maestros, empezando por el Sumo Pontífice. De hecho, el Papa se erige en la personificación del Magisterio eclesial. De hecho, magisterio es lo que dice el Papa. Y también los obispos... pero sólo mientras estén en comunión con el Papa.

Por tanto, a un Papa no se le juzga por su caridad, se le juzga, precisamente, por la verdad, por su correcto magisterio para iluminar las conciencias de la grey.

Y no, Francisco no ha atentado contra el dogma ¿Por qué, entonces, Francisco está sometido a esa beligerancia interna -el adjetivo interno es fundamental- como no lo estuvieron sus predecesores ¿Acaso falta a la caridad Por supuesto que no. ¿Y a la verdad No, tampoco. Pero, en el apartado de la verdad, lo que creo que le falta al Papa Francisco es claridad. Observen, si no, a sus dos antecesores: Juan Pablo II y Benedicto XVI fueron injuriados, apaleados, 'sambenitados' por el tópico, masacrados de forma ignominiosa por el enemigo exterior y los internos progre-clericales. Pero, miren por dónde, nunca fueron manipulados. Insultados sí, manipulados no. Se les entendía hasta demasiado bien y sus enseñanzas, claras como el agua, provocaban consuelo o rechinar de dientes, según depende. Esto no ocurre con Francisco.

Ejemplo, el reciente Sínodo de la Familia, larguísimo Sínodo para aumentar aún más la confusión reinante. Don Roberto: haga usted una encuesta entre sus próximos. Bastaría con dos preguntas sobre lo que ha dicho el Sínodo sobre estas dos cuestiones:

1.- ¿Los divorciados y vueltos a casar pueden comulgar

2.- ¿La homosexualidad está admitida por la Iglesia 

Y si no hay un 50% de católicos que respondan positivamente a ambas me como mis palabras. Y lo haré con mucho gusto. Pero como me temo que el porcentaje será aún mayor, debo concluir que el Sínodo de la Familia (I Parte) ha sembrado más confusión que claridad.

Y mucho me temo que esa confusión reinante no se debe, al menos no sólo, a los pérfidos periodistas, los culpables. Repito: si los medios te manipulan una vez, la culpa es del medio; si te manipulan dos, a lo mejor es necesario repartir la responsabilidad entre manipulador y manipulado. Y si te manipulan 300 veces, a lo mejor la culpa no es del periodista sino tuya.

Por cierto, desde su nombramiento venimos repitiendo en Hispanidad que la progresía, y no los tradicionalistas son los que están intentando secuestrar al Papa Francisco. Y secuestrar a un Papa consiste en manipular su mensaje, porque los papas están hechos para la verdad. Los tradicionalistas lo único que hacen es cabrearse con Francisco. Y no debieran pues no tienen ningún derecho a ello. Simplemente, lo que yo le pido al Papa es claridad. Ni santidad, ni caridad, ni verdad, que de las tres dispone y no soy yo quién para juzgarle. No, sólo le pide la virtud, menor, sin duda, de la claridad. Porque, oiga, el jaleo que se está armando es de los buenos.

Eulogio López

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