El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza que un hombre sembró en su campo.

 

Esta es la más pequeña de todas las semillas que creció hasta forjarse árbol y las aves del cielo anidaron en sus ramas. Jesús se dirige a sus discípulos y les dice: "vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo. Os envío como corderos entre lobos", y ellos no tienen miedo porque llevan el mejor antídoto contra el miedo que es el amor.

En un mundo agitado, aparecen los Papas recientes, dos regalos de Dios: Juan Pablo II y Benedicto XVI: éste procede del mundo de la universidad,  habiendo sido profesor en varias universidades alemanas, hombre realmente intelectual, considerado por los propios alemanes como la máxima inteligencia actual de su país.

En su libro "Luz del Mundo", en el prólogo sobre la conversación con el periodista alemán Peter Seewald, Benedicto XVI hace un dramático llamamiento a la Iglesia y a cada persona en particular y sostiene imperturbable: "Se podrían enumerar muchos y graves problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta visible en el mundo".

Para el estilo de la vida actual, posiciones como las que sostiene la Iglesia Católica se han convertido en una tremenda provocación. Pero la muerte de Dios, celebrada por Nietzsche, sólo generó más soledad en un hombre más violento. El Papa cree que la era del relativismo, "que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos", se acerca a su fin.

En la noche del mundo el hombre siente nostalgia de Dios. En la inquietud postmoderna se dibuja una búsqueda del "otro", pues hay hambre y sed de darle sentido a una vida tan frágil.

En "Luz del Mundo" se percibe la precisión del pensamiento de Benedicto XVI, y se hace visible un resplandor de la luz del mundo, de Jesucristo, que quiere salir al encuentro de cada ser humano, sin excluir a nadie.

Clemente Ferrer

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