La crisis de la Iglesia se resume de forma bien sencilla: los católicos no acuden al sacramento de la penitencia, los confesionarios crían telarañas y el grito maldito de "yo no me arrepiento de nada" se impone en todo el mundo.
Otros claman: "no existe el pecado sino los errores". Eso que se lo digan a quien han matado a su padre o han violado a su hija: dos errores como cualquier otro.
"Yo me confieso conmigo mismo". Sí, pero uno no puede perdonarse a sí mismo. Además, el perdón es para quien lo pide.
Pero hay más: no hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón. La frase de Juan Pablo II.
Todas las hermandades y cofradías de Semana Santa, todas las procesiones y todo el lenguaje creado al efecto (ejemplo: las estaciones de penitencia) tienen un sentido de sacrificio y de corredención. El cristiano no es masoquista, todo lo contrario, es un hedonista de mucho cuidado. Se siente heredero, como hijo de Dios que es. Sólo que sabe que la alegría es un árbol que tiene sus raíces en forma de cruz.
Confesión y comunión frecuentes, aconsejaban los antiguos predicadores. Pues bien, ahora hay que recordar la confesión semanal, también para recordar que el justo peca siete veces y que hay que perdonar, es decir, hay que pedir perdón, setenta veces siete.
Si los confesionarios están vacíos, las almas, también. ¿Por qué confesarse ante un cura? Porque Dios no humilla, el hombre sí. Y esto por la misma razón por la que el amor divino es superior al amor humano.
Es algo parecido a lo que sucede en las relaciones hombre-hombre y hombre-perro. Es más fácil querer a un perro que a tu pareja, porque el perro te puede morder, pero no ofender. El amor del hombre, que es amor libre, tiene más valor que el del perro y el amor de Dios, que ni ofende ni traiciona, tiene más valor que el amor del hombre... y es a quien hay que pedir perdón, de continuo.
Confesión frecuente... porque este mundo se ha vuelto viejo y, por tanto, tiende a su fin.










