La decadencia de la democracia de nuestro tiempo, no necesita de estructuras externas para hacerla caer, desaparece desde el interior, porque algunos líderes aprovechan sus propios mecanismos legales para alterar el equilibrio institucional, para perpetuarse en el poder, aunque se mantengan una cierta estética democrática.

España se encuentra en ese punto caliente, donde la corrupción y la caída en vacío del gobierno de Pedro Sánchez, le lleva a retorcer la ley para sacar un nuevo conejo rojo de la chistera, ahora es la denominada "ley de nietos", una derivada de la Ley de Memoria Democrática. Lo preocupante no es solo el reconocimiento de la nacionalidad a descendientes de españoles en el exterior, una cuestión que, planteada con criterios jurídicos objetivos y de consenso político, podría resultar perfectamente legítima. De hecho, lo votó y lo defendió el PP. Lo que es inquietante, es la sospecha —cada vez más extendida— de que esta ampliación extraordinaria del censo electoral responde a un evidente cálculo político con el que se adultera el censo electoral a favor del PSOE.

Pensemos. Si cientos de miles de nuevos españoles adquieren el derecho a participar en unas elecciones generales de un país que realmente desconocen, que nos les afecta ni afectará los resultados ni sus consecuencias, resulta inevitable preguntarse qué impacto tendrá sobre la voluntad real de los que sí residen, trabajan y sostienen diariamente el país. ¿Qué prisas, o peor, qué necesidad real hay para poner en marcha este proceso de modo tan urgente, que se desprecian los protocolos más elementales de filtrado, y el uso de procedimientos excepcionales y sin un amplio consenso parlamentario?

Vamos más allá. Cuando la propia Ley de Memoria Democrática nació, lo hizo profundamente condicionada y al dictado de EH Bildu durante su negociación parlamentaria para dar el apoyo a Pedro Sánchez en 2023. Sin embargo, para muchos españoles, aquella norma perseguía dos grandes objetivos políticos: modificar el relato histórico sobre el terrorismo de ETA y su contexto político, diluyendo responsabilidades y facilitando un progresivo blanqueamiento de quienes nunca han realizado una verdadera autocrítica, y sentar las bases ideológicas para una transformación constitucional hacia un modelo plurinacional y, eventualmente, republicano. Es decir, el atropello directo del modelo constitucional del 78.

Para más señas, en la intervención de Mertxe Aizpurua en el debate de la nación del 24 de junio, fue la única fuerza política que salió en defensa del presidente, donde aprovechó para recordarle la hoja de ruta y señaló a Sánchez como valedor del proyecto final pactado.

Puede compartirse o rechazarse esa interpretación, pero resulta difícil negar que la Ley de Memoria Democrática constituye una pieza clave dentro de un proyecto político mucho más amplio y todavía por descubrir.

La derivada de esta ley, la denominada ley de nietos, parece responder a esa misma lógica. Todo, resulta raro, desde la utilización reiterada del decreto-ley, método que se ha convertido en una constante de la presente legislatura hasta las prisas y el factor sorpresa, que cogió a todo el Congreso con el pie cambiado.

Tampoco deja de sorprender el silencio durante meses por buena parte de la oposición, mientras diversos analistas alertaron desde el primer momento de las posibles consecuencias electorales de esta medida y, sin embargo, el Partido Popular apenas reaccionó mientras el proceso avanzaba. Solo ahora, quizá ya demasiado tarde, cuando el alcance potencial comienza a hacerse visible, busca el apoyo en las instituciones europeas para intentar frenar una iniciativa que considera incompatible con determinados principios del derecho comunitario. Y digo yo, ¡no es una locura, que una cuestión que afecta directamente a la soberanía española termine encontrando refugio y solución en Bruselas!

Una democracia también necesita que las reglas electorales sean estables, previsibles y aceptadas por todos los actores políticos. No es democrático actuar por atajos, trampas legales e interpretaciones torticeras, como hacen los abogados de la mafia para salvar a sus capos.

Y esto no es nuevo y, aun así, seguimos sin aprender, a no ser que lo que se quiera es poner en marcha la estrategia de la perpetuación en el poder. Y ojo, porque no fue de un día para otro, sino el cúmulo de pequeñas modificaciones que finalmente debilitaron los contrapesos institucionales. Países hispanoamericanos con gobiernos inicialmente elegidos democráticamente y que utilizaron sucesivas reformas para consolidar posiciones de poder cada vez más difíciles de revertir, son un faro de alerta democrática que desde Europa se mira desde la distancia y la pasividad.

España no es Cuba, ni Venezuela ni Nicaragua, y conviene evitar equiparaciones simplistas. Sin embargo, toda democracia debería aprender de esas experiencias para impedir que determinadas dinámicas puedan reproducirse en nuestro país.

Yo me pregunto, por ejemplo, cosas como: ¿Todavía existen mecanismos jurídicos capaces de revisar esta estrategia, si realmente altera el orden constitucional? ¿Podrán los tribunales pronunciarse antes de que no tenga marcha atrás? ¿A quién corresponde la determinación si el procedimiento utilizado es respetuoso con el orden constitucional, al Tribunal Supremo o, en su caso, al Tribunal Constitucional, colonizado por Sánchez? Y, sobre todo, ¿están las instituciones españolas dispuestas a ejercer con independencia el control que exige cualquier Estado de Derecho?

La calidad de una democracia se mide, sobre todo, por la confianza de los ciudadanos de que nadie pueda manipular las reglas del juego democrático para garantizar su permanencia en el poder. Y la sensación que sobrevuela en España es la inseguridad constitucional, la manipulación legislativa y, lo más triste, el secuestro del poder en el Congreso.

Reiniciar España (Esfera de los libros), de José Javier Esparza. La etapa iniciada tras la caída del bloque soviético en 1989 y marcada por el globalismo toca a su fin. Un nuevo escenario, dominado por el interés nacional de las grandes potencias, redefine el equilibrio internacional. Ante este cambio, España y Europa deben replantear su rumbo, comprender las causas de su declive y aprovechar esta transformación histórica como una oportunidad para reconstruirse y comenzar una nueva etapa.

El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg), de Daniel Innerarity. La democracia atraviesa un momento de profunda incertidumbre que obliga a preguntarse cómo protegerla y fortalecerla. ¿Sus amenazas proceden de dirigentes incapaces, de una ciudadanía desorientada o de quienes dicen defenderla? Este ensayo reflexiona sobre su futuro, invitando a revisar críticamente sus principios, sus prácticas y los desafíos que deberá afrontar para preservar su legitimidad y capacidad de adaptación.

Brutalismo político (Almuzara), de Daniel Eskibel. En una política dominada por la comunicación prefabricada, algunos líderes consiguen imponerse contra todo pronóstico. Esta obra analiza las claves de ese fenómeno a través de cinco principios esenciales y explica cómo funcionan las estrategias de persuasión, la segmentación del electorado y la construcción del liderazgo. Un ensayo práctico y provocador para comprender cómo se conquista y se ejerce el poder político en el siglo XXI.