De mis artículos anteriores se desprende que meditar y revivir la Pasión y Muerte del Señor, a través de las celebraciones litúrgicas, de la oración personal, de las devociones tradicionales, de las manifestaciones culturales, de las procesiones de Semana Santa… es maravillosamente bueno y necesario, y enormemente fructífero.

Pero he querido resaltar también que sería aún mejor, y dotaría de plenitud de sentido a esa Semana de Pasión y a toda la vida cristiana, que, además de en la Liturgia de la Iglesia, a esa tormenta espiritual salutífera, siguiera, con la misma fuerza y fervor, la consideración y celebración de la ubérrima primavera llena de luz, alegría y esperanza que supone la contemplación de la Resurrección de Cristo y su promesa de la Gloria eterna a quienes confían en Él.

Y este pensamiento, como saben los lectores de mi último libro, Aquel que se salva, sabe, ha anidado en mi corazón desde que, cuando era un jovenzuelo imberbe, medité el maravilloso poema anónimo No me mueve mi Dios para quererte…

De ahí que, cuando muchos años después vi la película La Pasión, de Mel Gibson, al principio con cierto escepticismo, pues, por diversos motivos no me habían satisfecho las anteriores películas sobre el Señor, pero, pronto, conmovido y orante, al acabar, tras unos minutos de silencio general, comenté en voz alta, exultante, que “por fin, se ha hecho un filme que refleja del mejor modo posible lo que fue aquella muestra infinita del amor de Dios; lo que quiso sufrir para redimirnos del pecado y abrirnos las puertas del Cielo; la misión corredentora que dio a Su Madre; las diversas posturas y reacciones de los hombres: la indiferencia ante la Verdad, la vesania y la crueldad, la cobardía, la volubilidad de las opiniones, la manipulación de las masas… Y la fidelidad de un número pequeño de personas admirables…” Y, tras una breve pausa, añadí: “Aunque acaba con la imagen luminosa de Jesús Resucitado, esa secuencia me parece demasiado breve, pues la Resurrección es lo que dota de plenitud de sentido a la Pasión. Pero, bueno, espero que Gibson haga pronto una película igual de fiel sobre la Resurrección…”

Por fin, aunque ha tardado un mundo, veintidós años nada menos, y tras muchas vicisitudes de toda índole, ya ha comenzado el rodaje de esa película tan necesaria y que tanto bien hará, si se realiza con el mismo espíritu de fe, documentación fiel, y arte que su precuela.

Por lo que respecta al espíritu parece que va bien la cosa, pues ante las dificultades propias de la tarea y las embestidas de los enemigos de la fe y la verdad que han intentado boicotearla por todos los medios posibles, los promotores decidieron rezar una oración que ellos mismos idearon y que dice así: “Reina del Cielo, la bendita entre las mujeres, vestida de Sol y coronada de estrellas, te rogamos contemples a todos tus hijos que buscan la gloria de Tu Divino Hijo. Te rogamos envíes tu defensor, Miguel, para que proteja de los ataques de Satanás a cuántos estamos comprometidos en santos proyectos y nos preserves de todo mal espiritual y físico”.

Junto a la buena noticia de que en Marzo de 2027 se estrenará “La Resurrección de Cristo”, hay que alegrarse también de que, poco a poco, vayan incorporándose, como colofón necesario de la Semana Santa, las procesiones de Jesús Resucitado.

El Tiempo Pascual es un tiempo en que, con esa alegría de la Resurrección en el corazón, debemos recordar los acontecimientos sublimes que le sucedieron

Aunque aún hay bastantes ciudades y capitales que, como Madrid, a pesar del enorme auge que ha adquirido su Semana Mayor, no la hayan establecido todavía, este año, tras 90 años de ausencia, en Fuenlabrada han logrado que Jesús Resucitado vuelva a pasear por sus calles, llenas de fieles emocionados. Y en la ciudad donde nací, Jerez de la Frontera, se ha realzado enormemente el Domingo de Resurrección con una procesión más numerosa que vitoreaba, acompañaba o llevaba a hombros una nueva imagen escultórica, de mayor tamaño y realce artístico que la anterior. Y en Cádiz y Sevilla también va adquiriendo poco a poco la tradición y el fervor que tienen sus famosos pasos de Vírgenes dolorosas y de Cristos crucificados.

Además, en la plaza de Cibeles de Madrid, como ya sabemos, se celebró por cuarto año, con una numerosísima participación, sobre todo de jóvenes, la Fiesta de la Resurrección organizada por la AcdP, en la que, además de las canciones de Hakuna o la del joven Catela, celebrando la Victoria de Cristo, el Cardenal leyó un largo mensaje del Papa León en el que dio pautas para vivir en Cristo Resucitado, amarlo y seguirlo.

Como para lograr esa meta no basta que exultemos ante el triunfo de Cristo, ni que cantemos alegres canciones de alabanza y esperanza en la Gloria futura, ni los buenos deseos de llevar ese gozo a los demás, sino que es necesario que encontremos el verdadero y profundo sentido de Sus enseñanzas, meditando la Sagrada Escritura, y encontrarnos con su divino Amor en la Eucaristía, el Tiempo Pascual es un tiempo en que, con esa alegría de la Resurrección en el corazón, debemos recordar los acontecimientos sublimes que le sucedieron, meditando en lo que Jesús dijo, hizo, decretó e instauró antes de irse al Cielo, y en el significado para la Iglesia y para cada uno de sus hijos de la maternal protección de Su Madre, la Corredentora, Madre de la Iglesia, y de la venida y la acción del  Espíritu Santo.

Es muy útil para que no tengamos miedo a nada ni a nadie en esta guerra de paz

La liturgia de la Iglesia, con una sabiduría maravillosa y secular, es la que, de modo primordial, nos ayuda enormemente en esa tarea durante estos cincuenta días, con la idónea selección de las lecturas y de las diversas oraciones.  Pero, además, como devoción privada, ya hay fieles que, tras contemplar la Pasión y Muerte del Señor a través del Vía Crucis durante la Cuaresma y la Semana Santa, especialmente los viernes, meditan también los domingos de este tiempo Pascual, el Vía Lucis. En él se contemplan y meditan catorce estaciones que van desde la Resurrección del Señor y las apariciones a Su Madre Santísima, a las santas mujeres, a los discípulos de Emaús… hasta Su Ascensión a los Cielos y la Venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles, a través de María Virgen.

Una devoción que se inició hace bien poco y que todavía no se ha generalizado pero que es utilísima, entre otros frutos, para tener unos criterios cristianos sólidos, en el que fe, razón y corazón se unen, ante la batalla cultural, moral y, sobre todo, espiritual, en la que ya estamos inmersos y en la que todos los cristianos estamos implicados.

Y también es muy útil para que no tengamos miedo a nada ni a nadie en esta guerra de paz, en la que, entre otras muchas verdades que arrojen verdad y luz sobre la Babel actual, debemos manifestar con nuestras palabras y actos que, según le dijo el Señor Jesús a Santa Faustina; “la humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la misericordia divina”.