Ocurre en Lucas 16, 31. Es la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. Nuestro rico, que se está tostando en el infierno, pide a Abraham que envíe a Lázaro para que sus hermanos no acaben en ese lugar de tormento. Si un muerto vuelve del Hades y les habla seguro que cambiarán. La respuesta de Abraham: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas no se convencerán ni aunque resucite un muerto".

El Evangelio no duda en situar la confianza en la persona, en su palabra, por encima incluso de los hechos, que, supuestamente, son el material del que está hecho el rigor y la verdad: si no escuchan a los maestros morales no rectificarán ni aunque un cadáver vuelva a la vida. Pero para confiar en alguien hay que tener un factor llamado humildad: reconocer que hay alguien por encima de mí y de mi inteligencia. 

La sociedad digital ha creado la inseguridad más total en la verdad, por tanto, vivimos en la era de la confusión. No es capacidad crítica, es la convicción de que nada puede ser verdad o de que toda afirmación resulta, cuando menos, sospechosa.

La saturación informativa de la sociedad digital genera confusión, duda y ruido, Y la duda es horrible, estado mental en el que vive la humanidad actual. Y los hay tan idiotas que alaban esa duda y denigran las convicciones, el único estado en el que el hombre puede sobrevivir

La única solución a esta desconfianza general es la confianza en Cristo, el único que está por encima de la inteligencia artificial porque es el creador de la inteligencia natural. Ya saben, la IA no existe, porque la inteligencia o es natural o no es inteligencia. Pero sí que la IA multiplica la capacidad, que no la presencia, de la inteligencia natural. 

Y no olvidemos que en Cristo no solo empieza la confianza: es que también acaba en Él.

Por lo demás, la saturación informativa genera confusión, duda y ruido. Y la duda es horrible, estado mental en el que vive la humanidad actual. Y los hay tan idiotas que alaban esa duda y denigran las convicciones, el único estado en el que el hombre puede sobrevivir.

La sociedad digital ha reducido la evidencia. Hay que acudir a una fuerza incluso superior a la evidencia: la confianza. ¿En quién? Yo lo tengo claro, pero a esa pregunta debe responder cada cual.