El PSOE de Pedro Sánchez no es una piedra en el camino en el histórico de su partido. Tampoco la desviación ocasional de ciertos dirigentes desafortunados. Quien quiera comprender la deriva moral, política y ética del socialismo español debe abandonar la idea de la existencia del “PSOE bueno” y el “PSOE malo”. La trayectoria de este partido es una línea de continuidad donde el poder aparece siempre como el objetivo supremo y la moral como un accesorio prescindible, mutable y readaptable en según qué circunstancias. Cambian las caras, los contextos y los discursos, pero permanece intacta, profundamente arraigada, su esencia: conquistar, conservar y ampliar el poder a cualquier precio.

Desde su fundador, Pablo Iglesias Posse, el partido dejó frases difíciles de encajar en una visión idealizada de la democracia liberal, como «Este partido está en la legalidad mientras la legalidad le permita adquirir lo que necesita; fuera de la legalidad cuando ella no le permita realizar sus aspiraciones». O su gran valedor, Francisco Largo Caballero, «No creemos en la democracia como valor absoluto. Tampoco creemos en la libertad.»  No son ni citas descontextualizadas por ultraderechistas de café. Es, desde entonces, una larga tradición política que no desean la democracia como un fin, sino como un instrumento que le aúpa al poder definitivo, y una vez conseguido, lo blindan para permanecer en él el mayor tiempo posible, como en Cuba, Venezuela… ¡Y Pedro Sánchez!

Se hizo especialmente visible durante la Segunda República. La izquierda española, durante años ha creado el mito de una república pacífica. Pero la realidad histórica es bastante menos rosa. El PSOE participó activamente en la radicalización política del país, alentó procesos revolucionarios como en Asturias y asumió las violentas reacciones incompatibles con la convivencia democrática.

Hoy, con Pedro Sánchez y la influencia ideológica de Zapatero -el imputado de moda-, el PSOE parece haber llegado a su expresión más descarada. La mentira se ha profesionalizado. Los “cambios de opinión” son su “manual de resistencia”. Los pactos políticos se convierten en ejercicios de “responsabilidad democrática”

Cuando definitivamente España se precipitó hacia la tragedia de la Guerra Civil, los socialistas habían creado el clima de violencia y el asesinato de José Calvo Sotelo, el crimen de estado como detonante definitivo. A ello se sumó el terror de las checas, la persecución religiosa y la quema sistemática de iglesias y conventos, con una persecución implacable por ser sacerdote, monja o simplemente católico practicante.

Tras cuarenta años de dictadura franquista, el PSOE regresó al poder convertido en un partido socialdemócrata, porque Felipe González abandonó el marxismo y presentó al partido como una fuerza moderna, pragmática y europeísta. España debía entrar en Europa, modernizarse. Y, ciertamente, hubo modernización. Pero también desindustrialización, dependencia económica y un sistema clientelar gigantesco, especialmente visible en Andalucía.

Durante décadas, Andalucía, con Manuel Chaves, tejió una estructura de poder orgánica. El partido, la administración y determinados sindicatos terminaron funcionando como piezas del engranaje de una administración paralela llena de trampas legales con empresas o fundaciones pantallas para sus manejos corruptos con el dinero de nuestros impuestos. De hecho, el caso de los ERE -el mayor caso de corrupción de la democracia española-, no es solo un fraude ni un episodio aislado de corrupción económica, era la radiografía de un sistema político construido para perpetuarse en el poder mediante redes de influencia, subvenciones, favores y dependencia social.

Los cerca de 679 millones de euros estafados de los ERE, no es solo dinero robado. Representan la cultura política donde el poder considera legítimo utilizar los recursos públicos para fortalecer su propia supervivencia. Y lo peor, es que lo más llamativo no fue el saqueo, sino la naturalidad con la que muchos sectores lo asumieron durante años. Un régimen clientelar prolongado en el tiempo, termina confundiendo la corrupción con la normalidad y el privilegio con los derechos adquiridos. Así es cómo se corrompe la red social que los mantiene.

Hoy, con Pedro Sánchez y la influencia ideológica de Zapatero -el imputado de moda-, el PSOE parece haber llegado a su expresión más descarada. La mentira se ha profesionalizado. Los “cambios de opinión” son su “manual de resistencia”. Los pactos políticos se convierten en ejercicios de “responsabilidad democrática”. Y bajo capas de propaganda bien diseñada para el consumo rápido en redes sociales y titulares de diez segundos, la ética más básica desaparece.

La pregunta, por tanto, no es por qué determinados dirigentes socialistas terminan envueltos en corrupción, manipulación o degradación institucional. La verdadera pregunta es por qué el PSOE reproduce una y otra vez esos comportamientos a lo largo de generaciones tan distintas. Y la respuesta es sencilla: porque para el PSOE, el poder no es un medio orientado al bien común, sino un fin en sí mismo. Sin duda, habrá socialistas buenos y honestos, son personas cuya condición personal no juzgo, pero mantenerse bajo el paraguas de un partido corrupto desde la razón o seguir votándole, les hace ser cómplices necesarios para que el mal siga existiendo.

El PSOE no deja duda de que, tras sus pretendidas afirmaciones éticas y políticas, la realidad es otra muy distinta. El cuerpo filosófico del partido, es decir, su código ético, desde donde se relaciona con el mundo, desde donde busca participar, conocer y ser reconocido, nos permite ver la incoherencia que se vive en la calle Ferraz de Madrid. En este aspecto debemos estar muy agradecidos a sus dirigentes que se empeñan tozudamente en mostrar qué y quiénes son los que están en el partido que votan engañados sus afiliados y seguidores.

Todos los hombres de Sánchez (Deusto) Ketty Garat. Una investigación incisiva sobre las redes de poder, lealtad y corrupción que rodearon el ascenso de Pedro Sánchez. A partir de la caída de José Luis Ábalos, Ketty Garat reconstruye un sistema basado en el control interno, las purgas políticas y la eliminación de la disidencia. El libro expone las complicidades entre dirigentes, empresarios y medios de comunicación, mostrando cómo el silencio, la traición y la propaganda terminaron convirtiéndose en herramientas esenciales para conservar el poder.

José Calvo Sotelo (Sekotia) Javier García Isac. El asesinato de José Calvo Sotelo, ocurrido el 13 de julio de 1936, simbolizó el derrumbe definitivo de la legalidad republicana. Esta obra reconstruye con documentación, fechas y testimonios uno de los crímenes más decisivos de la historia de España. Javier García Isac analiza el contexto de violencia política, las responsabilidades del Estado y el silencio posterior que rodeó el caso. Noventa años después, la figura de Calvo Sotelo continúa cuestionando los relatos oficiales y el uso político de la memoria histórica.

El PSOE en la historia de España (Esfera de los libros) Pío Moa. Salvo durante el franquismo, el PSOE ha sido la fuerza política con mayor influencia en la historia contemporánea de España, especialmente durante la Segunda República y desde su llegada al poder en 1982. Sin embargo, gran parte de la sociedad desconoce su verdadera evolución ideológica y política. En esta obra, Pío Moa analiza con rigor histórico y estilo divulgativo los más de ciento cuarenta años de trayectoria de un partido estrechamente ligado a las grandes transformaciones y crisis de España.