Una semana más, Hispanidad realiza una crónica recogiendo las últimas informaciones sobre la persecución -incluso genocidio- contra los cristianos, una realidad silenciada en muchos medios y en muchos gobiernos occidentales.

Empezamos en Pakistán donde, según el último informe sobre libertad religiosa 2025 de Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), "la discriminación estructural persistente y la cultura de impunidad siguen socavando la libertad religiosa, lo que a menudo equivale a persecución. Es especialmente preocupante el aumento de las acusaciones de blasfemia, muchas de ellas aparentemente falsas y cada vez más vinculadas a las redes sociales, junto con los frecuentes actos de violencia colectiva que siguen a tales acusaciones. También es preocupante la ampliación de la legislación sobre blasfemia a través del proyecto de ley de modificación del Código Penal, que amplió el artículo 298.A del Código Penal de Pakistán reforzando un marco jurídico propenso al abuso". "En consecuencia, las perspectivas para la libertad religiosa en Pakistán siguen siendo negativas, tanto para las comunidades minoritarias como para los miembros de la mayoría musulmana, que también se ven afectados por esta dinámica". 

En ese país, según añade la organización Universitarios Católicos,  los cristianos "se enfrentan a violencia criminal, acoso sexual y exclusión social por parte de grupos islamistas, que perpetran ataques a iglesias, secuestros y apostasías forzadas (conversiones violentas al islam)".

En ese país, el sacerdote argentino padre Federico se dedica a ayudar y salvar cristianos mediante el proyecto PaX, con el que ya ha salvado a 93. 

Nos vamos a México, país que, según el último informe sobre libertad religiosa 2025 de Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN), “sigue enfrentándose a un panorama desolador de asesinatos de clérigos y laicos, así como de agresiones, extorsiones y profanación de lugares de culto y objetos sagrados, todo ello agravado por un clima de flagrante impunidad. El crimen organizado, el tráfico de drogas, los conflictos por la tierra y la corrupción continúan. Otros informes han concluido que México es uno de los lugares más peligrosos del mundo para el trabajo pastoral. Ante la falta de acción del Estado, en las zonas dominadas por el crimen organizado, los líderes religiosos alzan su voz contra la violencia y asumen el papel de protectores de sus comunidades. Esto los convierte en objetivos para imponer el miedo y el silencio a los habitantes de los pueblos, lo que a su vez permite a los grupos criminales seguir traficando con armas y drogas. La tensión que se genera en un país oficialmente laico, pero con una fuerte presencia religiosa, a menudo sale a la superficie en los debates y en las decisiones que se toman a nivel ejecutivo, legislativo y judicial. Los llamamientos al respeto de la laicidad del Estado y al principio de separación entre la Iglesia y el Estado suelen suscitar sospechas sobre cualquier acción o decisión que reconozca la dimensión espiritual y/o religiosa de las personas. Las perspectivas de futuro, ya de por sí negativas, han empeorado tras los cambios en el Gobierno y en el poder judicial, que favorecen la impunidad y alientan la audacia de los delincuentes. Los mexicanos se quejan de que su derecho a vivir en paz y seguridad se ha visto amenazado por una cooperación inesperada e implícita, difícil de cuantificar, entre la actividad de las bandas criminales y la omisión del Gobierno, lo que ha dado lugar a una espiral de violencia que priva a la población de los derechos humanos más básicos, como el derecho a la libertad religiosa”.

En ese contexto, el sacerdote mexicano José Filiberto Velázquez Florencio ha sido amenazado de nuevo por el crimen organizado, por lo que ha tenido que abandonar su domicilio y su labor en el estado de Guerrero. 

El sacerdote de la Diócesis de Chilpancingo-Chilapa ha sido amenazado por su implicación para tratar de hacer frente a la violencia, a través del Centro de Derechos de las Víctimas de Violencia Minerva Bello, del que es director, y la Casa del Peregrino: “Yo creo que por la paz merece dar la vida, no me arrepiento, yo creo que lo volvería a hacer y lo seguiría haciendo”. 

En declaraciones a Aciprensa, el padre Velázquez Florencio explicó que su huida se debió a “un riesgo inminente por unas amenazas (…) [tenemos] información de alguien de primera mano, de que buscaban hacerme daño. Ya lo habían intentado sin éxito, pero ahora seguían buscando cómo”. 

Pese a ello, estaba dispuesto a aguantar las amenazas. Pero el obispo de su diócesis lo convenció para salir de su ciudad: “Era mejor salir, bajar el perfil para que disminuyera el riesgo”, señala el sacerdote. 

“Yo sé que muchas personas están preocupadas o están orando por mí. A mí también eso me ha llevado a tener una relación más íntima con Dios”, aseguró.