Hace apenas unos días explicábamos en estas páginas que la escalada de la guerra en Oriente Medio era prácticamente inevitable. La dinámica estratégica llevaba meses construyéndose y enero aparecía como el momento más probable para que el conflicto se ampliara. Los acontecimientos de estas primeras jornadas parecen confirmarlo.
Conviene ahora mirar el conflicto desde el otro lado del tablero: ¿qué pretende realmente Irán y cuáles son sus bazas? Porque Teherán no necesita ganar una guerra convencional contra Occidente o contra Israel para lograr sus objetivos. Su estrategia histórica ha sido siempre otra: prolongar los conflictos, multiplicar los frentes y elevar el coste político, económico y militar de cualquier intervención. En ese esquema, Irán dispone al menos de tres cartas principales:
Primera baza: el estrecho de Ormuz La primera es el control del tráfico energético mundial a través del estrecho de Ormuz. Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercia en el mundo pasa por ese punto estratégico entre Irán y la península arábiga. Ayer sábado 28 de febrero, el cierre del estrecho fue anunciado. Es un movimiento de enorme alcance estratégico cuyas consecuencias todavía no se han reflejado plenamente en los mercados. Pero es solo cuestión de tiempo. Las próximas semanas mostrarán el verdadero impacto. Un bloqueo sostenido o incluso intermitente del estrecho provocará inevitablemente una fuerte escalada del precio del petróleo.La historia ofrece precedentes. Cuando el cierre del Canal de Suez durante las crisis del 67-75 alteró las rutas energéticas globales, el impacto en el comercio y en el precio de la energía fue inmediato. Hoy el sistema económico mundial es todavía más dependiente del flujo continuo de petróleo. Si el bloqueo de Ormuz se prolonga, el barril podría dispararse fácilmente hacia niveles de 200 o incluso 300 dólares. Un shock energético de esa magnitud desencadenaría efectos en cadena: inflación inmediata, paralización de sectores industriales y una presión enorme sobre los mercados financieros. Y conviene recordar que las bolsas occidentales se encuentran actualmente en máximos históricos. Muchos indicadores apuntan a niveles de sobrevaloración muy elevados. Al mismo tiempo, los registros de operaciones comunicados por directivos a la SEC estadounidense muestran una tendencia muy clara: las ventas de insiders han dominado ampliamente sobre las compras. En un entorno así, un shock energético podría desencadenar una corrección abrupta o incluso una crisis financiera de gran magnitud.
Si el bloqueo de Ormuz se prolonga, el barril podría dispararse fácilmente hacia niveles de 200 o incluso 300 dólares
Segunda baza: la guerra en la sombra. La segunda carta es menos visible pero potencialmente más peligrosa: la activación de redes clandestinas. Irán ha desarrollado durante décadas una arquitectura de influencia basada en organizaciones, milicias y células que operan fuera de su territorio. Algunas se encuentran en Oriente Medio, pero otras están implantadas desde hace años en Europa y en Estados Unidos. Desde el punto de vista militar se trata de guerra asimétrica. Pero para el ciudadano occidental el término es mucho más familiar: terrorismo islamista. No hacen falta operaciones de gran escala. Bastan ataques puntuales, sabotajes o acciones simbólicas para generar miedo social, saturar los sistemas de seguridad y elevar la presión política sobre los gobiernos occidentales. Es una estrategia de desgaste.
Terrorismo islamista. No hacen falta operaciones de gran escala. Bastan ataques puntuales, sabotajes o acciones simbólicas para generar miedo social, saturar los sistemas de seguridad y elevar la presión política sobre los gobiernos occidentales. Es una estrategia de desgaste
Tercera baza: desestabilizar el Golfo. La tercera carta es quizá la menos comentada, pero puede resultar decisiva: la desestabilización interna de los países del Golfo. Estados como Emiratos Árabes Unidos, con centros económicos globales como Dubai o Abu Dabi, presentan una característica estructural singular: la población nacional es muy reducida en comparación con la enorme población extranjera que sostiene sus economías. En algunos de estos países los ciudadanos autóctonos representan apenas una fracción del total de residentes. Este equilibrio demográfico convierte a estas sociedades en sistemas extremadamente sensibles a crisis políticas o sociales. Si se produjera un proceso de agitación interna, el impacto podría ser rápido y profundo. Irán conoce bien esa vulnerabilidad. Durante años ha desarrollado redes de influencia política, religiosa y económica en la región. En un escenario de guerra prolongada, la activación de tensiones internas podría generar disturbios, desestabilización política o incluso movimientos revolucionarios de inspiración islamista. Si algo así ocurriera, el equilibrio estratégico de Oriente Medio podría cambiar de forma inesperada, inclinándose a favor de Irán y debilitando la posición de Estados Unidos en la región.
En un escenario de guerra prolongada, la activación de tensiones internas podría generar disturbios, desestabilización política o incluso movimientos revolucionarios de inspiración islamista
Un escenario de escalada global La estrategia iraní no busca necesariamente una victoria militar inmediata. Su lógica es distinta: ampliar el conflicto, elevar su coste y forzar a sus adversarios a combatir en múltiples frentes simultáneamente. En ese contexto, incluso un episodio militar de gran impacto —como el eventual hundimiento de un portaaviones estadounidense tras varios días de ataques intensos que saturen las defensas aéreas de los grupos de combate— tendría consecuencias estratégicas enormes. Un acontecimiento así alteraría radicalmente la percepción de poder en la región y en el mundo. Cerrar el estrecho de Ormuz, activar redes clandestinas y presionar a los estados del Golfo forman parte de un mismo diseño. Si esa estrategia prospera, el conflicto dejará de ser una guerra regional para convertirse en una crisis global. El riesgo es que una guerra innecesaria termine desencadenando algo mucho mayor: una crisis económica de escala histórica y una espiral de confrontación internacional cuyos límites todavía nadie puede prever.











