Las imágenes de las películas de guerra que nos llegan desde hace años —tanques avanzando, misiles surcando el cielo, mapas con líneas de frente— han quedado obsoletas. Hoy, son territorios menos visibles, pero mucho más determinantes: la economía, la tecnología y en los medios de comunicación o las redes sociales, por eso el control del relato es imprescindible. En las filas de los ejércitos, no solo hay artilleros, ahora también se incluyen expertos en vender lo que sucede de cara al mundo, convertido en un espectáculo.
Es real, sí, existe una tensión constante entre los imperios, especialmente con Estados Unidos y China como protagonistas y la Unión Europea, atrapada en una posición a medio camino entre la dependencia y la aspiración de autonomía, que cada día se hace más complicada, porque la guerra no es una declaración formal, ahora llega por los sistemas que sostienen la vida cotidiana, la vida más ordinaria que todos vivimos: los semiconductores, el verdadero “petróleo” del siglo XXI. Solo hay que recordar la denominada crisis de los chips para darnos cuenta de lo que sucedió con el sector de la automoción. Sin ellos, no hay industria, ni defensa, ni telecomunicaciones, ni inteligencia artificial.
En Washington se dieron cuenta pronto y activaron una política agresiva de restricciones a la exportación de tecnología avanzada hacia China, mientras incentivaba la producción nacional con inversiones multimillonarias. Pero Pekín sabía que esto iba a suceder más pronto que tarde y aceleró su autosuficiencia con planes estatales a largo plazo. Y entonces, Europa se da cuenta de que mientras llegaban inmigrantes, el estado del bienestar se desangra y tratan de coser las costuras con miles de millones de euros, se da cuenta de que depende en gran medida de Asia para el suministro de los chips que necesita su industria y trata de reaccionar -tarde, muy tarde, con iniciativas como la Ley Europea de Chips, aún muy lejos de garantizar cierta soberanía real en sus decisiones.
Pero en realidad no se trata solo de producción, sino de control. La aldea global primero, y hoy el globalismo, desarrolló la denominada cadena de suministro global, que durante décadas fue garantía de prosperidad compartida y que ha terminado convertida en un campo de batalla estratégico. La pandemia fue el primer aviso en el que Europa se vio totalmente desprovisto de la capacidad de reaccionar y mascarillas, medicamentos o componentes básicos se convirtieron en productos de lujo en cuestión de semanas. Empresas que durante años deslocalizaron sin reservas, ahora pretenden replegar las operaciones hacia territorios “seguros”. España, a pesar de las políticas disgregantes de Pedro Sánchez, también lo ha vivido en sectores como la automoción o la industria farmacéutica, donde la dependencia exterior ha revelado vulnerabilidades críticas.
Y es que, quien controla la cadena de suministro, controla las naciones por su estabilidad. Y sin más, solo hay que mirar hacia el estrecho de Ormuz. No es necesario ser analista y un líder internacional para vivirlo en tus propios bolsillos, de momento… La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha insistido en la necesidad de «reducir riesgos sin romper vínculos», una fórmula que refleja el delicado equilibrio europeo, que, por un lado, no puede prescindir de China, pero tampoco ignorar la presión estratégica de Estados Unidos.
El segundo frente, menos tangible pero tan decisivo como el primero, es el del relato, y las plataformas digitales han convertido la información en un arma de influencia masiva. Millones de jóvenes consumen contenidos a través de un algoritmo cuyo funcionamiento real escapa al control público. Washington lo considera un riesgo de seguridad nacional; Bruselas, un problema de soberanía digital. Lo que nos lleva a cuestionarnos, no es solo quién recopila los datos, sino quién decide qué ve cada usuario.
El terreno informativo no se nutre de hechos, sino de impactos emocionales. En este contexto, la línea entre información, entretenimiento y manipulación se diluye. Elon Musk, al frente de X (antes Twitter), lo expresó con crudeza al afirmar que «quien controla el algoritmo, controla la conversación pública». Una afirmación que, sintetiza el núcleo del problema. Y volvemos a mirar a Europa, que trata de regular este ecosistema con normas como la Ley de Servicios Digitales, pero llega tarde y con herramientas limitadas, porque carece de grandes plataformas propias y depende tecnológicamente tanto de Estados Unidos como de Asia. Pero los tapones de las botellas de plástico no se nos caen por el suelo, eso sí.
El tercer eje de esta guerra silenciosa es la desglobalización selectiva. Es decir a una reconfiguración que se está realizando bajo nuestros pies en las relaciones económicas, que ya no se rigen únicamente por la eficiencia, sino por criterios de seguridad. Por ejemplo, Estados Unidos refuerza alianzas industriales con países afines; China consolida su influencia en África y América Latina; y Europa trata de no quedarse fuera de ninguno de los dos espacios, con resultados desiguales. ¡En fin!
Pero sería un error pensar que la globalización ha muerto, solo que ha dejado de ser neutral. Este cambio de paradigma obliga a replantear decisiones que durante décadas eran lógica económica. Hoy, pesan más las implicaciones geopolíticas de acuerdo comercial o cada dependencia tecnológica.
La guerra en Ucrania ha evidenciado la dependencia energética europea y su alineamiento con Estados Unidos, o la tensión en torno a Taiwán, vemos cómo pone en juego el control de la principal industria mundial de semiconductores. No son conflictos aislados, sino piezas de un tablero global en el que las potencias ensayan sus estrategias sin enfrentarse directamente.
Las guerras del siglo XXI no buscan necesariamente derrotar al enemigo, sino condicionarlo. Se trata de limitar su margen de maniobra, erosionar su influencia y moldear el entorno en el que toma decisiones. En este sentido, Europa se encuentra en una encrucijada. ¿Puede aspirar a una autonomía estratégica real o resignarse a ser un actor secundario en una partida que otros están definiendo? La cuestión no es menor, porque de esa decisión dependerá no solo su posición en el mundo, sino su capacidad para preservar su modelo político, económico y cultural.
La guerra de los chips (Península) Chris Miller. El pulso geopolítico actual gira en torno a los semiconductores, pieza esencial de toda tecnología moderna, desde armamento hasta electrodomésticos. Su producción condiciona la economía global, el poder militar y el desarrollo industrial. Aunque Estados Unidos lideró históricamente este sector, su ventaja se reduce frente a China y otros actores. Como explica el autor, esta disputa puede provocar escasez y una nueva Guerra Fría tecnológica.
Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos (Foca) Augusto Zamora. Un ensayo que descompone ideas, teorías y figuras clave del escenario sociopolítico actual con tono ágil e irónico, sin renunciar al rigor. Interpela tanto a quienes desconfían del discurso dominante como a quienes aún no lo cuestionan. Esta edición revisada, actualizada en 2023, consolida una obra de referencia en geopolítica que perfila el tránsito hacia un orden multipolar con una China en ascenso, una Rusia reactivada, unos Estados Unidos en retroceso y una Unión Europea debilitada.
Geopolítica de la alimentación (Catarata) Gilles Fumey. Una obra imprescindible para comprender los retos actuales del suministro global. La alimentación ya no depende solo de producir, sino de un entramado vulnerable afectado por la pandemia, la guerra en Ucrania y el cambio climático. Estados y multinacionales compiten por el control de recursos y decisiones clave. El libro analiza cómo este pulso influye en nuestra dieta y en el futuro de la seguridad alimentaria.










