
Toda España pendiente de la eutanasia de Noelia, hay un hospital blindado para ejecutarla a las 19:00 horas y llega la Conferencia Episcopal Española y emite un comunicado: Nota de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida: «contemplamos con profundo dolor la situación de Noelia».
"Hoy contemplamos con profundo dolor la situación de Noelia, esta joven de 25 años cuya historia refleja una acumulación de sufrimientos personales y carencias institucionales que interpelan a toda la sociedad. Su situación no puede ser interpretada solo en clave de autonomía individual, sino que exige una mirada más honda, capaz de reconocer el peso del sufrimiento psicológico, la soledad y la desesperanza".
Empieza con buen pie la nota, pero la alegría dura poco, siguiente párrafo: "Queremos subrayar que la eutanasia y el suicidio asistido no son un acto médico, sino la ruptura deliberada del vínculo del cuidado, y constituyen una derrota social cuando se presentan como respuesta al sufrimiento humano. En este caso, no estamos ante una enfermedad terminal, sino ante heridas profundas que reclaman atención, tratamiento y esperanza".
Intentan arreglarlo los obispos con la siguiente frase: "La dignidad de la persona humana no depende de su estado de salud, ni de su percepción subjetiva de la vida, ni de su grado de autonomía. Es un valor intrínseco que exige ser reconocido, protegido y promovido en toda circunstancia. Por ello, la respuesta verdaderamente humana ante el sufrimiento no puede ser provocar la muerte, sino ofrecer cercanía, acompañamiento, cuidados adecuados y apoyo integral". Pero, de verdad, ¿era necesaria la frase de "enfermedad terminal"? ¿Es necesario crear la confusión, dejar la puerta abierta a interpretaciones y no ir al fondo de la cuestión?
La vida debe ser protegida, desde la concepción hasta la muerte, sea cual sea el estado de vida o salud, ni enfermedad terminal, ni 'perrito que me ladre'... y si esto no lo tienen claro los obispos, estamos apañados.









