Vivimos en una época que se presenta como la culminación del progreso humano y, sin embargo, pocas generaciones han experimentado un vacío espiritual tan profundo como la nuestra. La posmodernidad, o mejor dicho, el poshumanismo decadente, no solo se cuestiona la certeza intelectual de Occidente; es que ha vaciado las cavidades más profundas del alma para rellenarlas de espumillón ideológico tan brillante como inconsistente.
Durante siglos, el hombre no era la medida de todas las cosas. Existía un Bien superior, una Verdad que trascendía, un Dios que llamaba al ser humano a elevarse por encima de sus propias limitaciones. Pero el hombre contemporáneo ha dejado de mirar hacia arriba para contemplarse únicamente en el espejo de sí mismo. Donde existía una ley moral inscrita en la conciencia, hoy predominan razones éticas, construidas sobre consensos temporales, emociones colectivas o intereses políticos. La moral discernía entre lo que era el bien y el mal. La nueva ética pregunta únicamente qué resulta aceptable según el consenso social.
La conciencia personal ha cedido a la colectiva, a la presión de la apariencia y a la legalidad. No actuamos porque algo sea justo, sino porque puede compartido, o peor, aprobado por los demás. Las redes sociales, se han convertido en el tribunal donde buscamos reconocimiento, incluso las propias tecnologías que las sostienen y las leyes actúan como verdadero tribunal inquisitorio.
Del mismo modo, la ley ha sustituido progresivamente la responsabilidad moral del individuo, porque Hacienda, la burocracia, la legislación creciente o la dependencia de la ayuda pública han terminado ocupando la conciencia que educada en la libertad supuestamente responsable. Porque cuando desaparece la autoritas interior, se sustituye con el control exterior.
Este proceso no ha sido casual. La religión del Dios protector ha ido siendo expulsada lentamente de las escuelas, de las leyes, del lenguaje público y de buena parte de la cultura. Se han erosionado las tradiciones y las costumbres que nos recordaban que pertenecemos a una larga cadena de generaciones. Nuestros antepasados han dejado de ser el legado agradecido para convertirse en el obstáculo que impide la liberación total de la autopercepción como un nuevo ser autónomo.
El progresismo cultural es responsable de la ruptura con nuestras raíces como una señal clara de identidad. Todo aquello que nos recuerda el común —la familia, la patria, la tradición, la religión o la herencia cultural— es sospechosamente heteropatriarcal. Con esta fractura, quedamos desligados de cualquier vínculo estable. Ya se sabe, es más fácil gobernar a quien ya no pertenece a nada.
Pero ante la desaparición de la religión trascendente, llegan las religiones mundanas. No prometen la salvación del alma, sino la redención terrena mediante la política, la tecnología, la identidad, el consumo y las agendas globalistas. Ordenar sobre la alimentación, el lenguaje, las relaciones personales, la educación e incluso nuestra propia comprensión del cuerpo humano. Solo lo humano justifica lo humano. El hombre ya no levanta la vista hacia quien lo trasciende; únicamente se contempla en el reflejo de sí mismo, o último caso otros hombres igualmente desorientados.
Sin embargo, ante esta debacle de la humanidad occidental, resurge una generación que ve agotada su esperanza en el hombre, en la democracia autocrática, el ecologismo manipulador, el animalismo denigrante de la persona, el feminismo que quiebra a la familia, que aísla al hombre y victimiza a la mujer desde el falso empoderamiento de "mi cuerpo mi decisión".
Especialmente entre los jóvenes comienza a surgir una búsqueda. Muchos de ellos no regresan a la Iglesia movidos por la costumbre, sino por necesidad. Buscan, y encuentran, una verdad que sostenga la vida que no se edifica sobre el éxito, el placer o la imagen. Son numerosas personas mayores, que conocieron una sociedad donde la fe formaba parte de la vida cotidiana, los que redescubren que aquello que parecía antiguo contiene una verdad sólida.
La historia de Abraham resume quizá mejor que cualquier otra el camino que necesitamos recorrer para salvar a nuestra civilización. Es cristiano, católico, confiar en Dios como lo Abraham, al que le prometió, ya en la ancianidad, una descendencia mayor que las estrellas del cielo; debemos confiar en Dios como Abraham, al que le pide que su único hijo, el que iba a darle la descendencia prometida, que le sacrifique por El; tenemos que confiar en Dios con la misma respuesta que Abraham daba a su hijo Isaac, cuando este le preguntaba dónde estaba el cordero para el sacrificio, y Abraham le respondía "Dios proveerá", y vaya si lo hizo... Así, debe ser nuestra fe, aunque nos parezcan locuras de Dios, confiar con la alegría de la esperanza de ver que nuestros deseos siempre se quedan cortos frente a los planes que Dios tiene para nosotros.
Debemos conducirnos con humildad, como quien reconoce que no puede salvarse a sí mismo; con la obediencia de quien acepta que la verdad no nace de sus deseos; y con la alegría de descubrir que, cuando el hombre deja de ocupar el lugar de Dios, Dios vuelve a ocupar el lugar del hombre.
Don Giussani. El ímpetu de una vida (Sekotia), de Fernando de Haro. El 22 de febrero de 2005, bajo una intensa aguanieve, más de 50.000 personas despidieron en Milán a Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación. Esta biografía recorre la vida del sacerdote que revolucionó la evangelización de los jóvenes, impulsando un movimiento presente en más de setenta países. Biografía basada en testimonios y documentos inéditos, Fernando de Haro retrata con sensibilidad humana y narrativa el legado de un maestro espiritual decisivo.
Tom Cruise y su misión: imposible (Encuentro), de Fabrice Hadjadj. En este original ensayo, Fabrice Hadjadj utiliza la figura de Tom Cruise y la saga “Misión: imposible” para reflexionar sobre el sentido de la vocación y el destino humano. A medio camino entre la filosofía, la teología y la cultura contemporánea, plantea una pregunta decisiva: ¿hemos sido llamados a una misión? Una invitación sugerente a redescubrir el propósito de la existencia y el valor de responder a esa llamada.
El nacimiento de un mundo nuevo (Galaxia Gutemberg), de Jeremy D. Popkin. Cuando hablamos de vaciamiento moral, tenemos que ir a los inicios. La Revolución francesa transformó para siempre la historia política de Occidente y sus ideales continúan alimentando el debate actual. El autor reconstruye con rigor y viveza los acontecimientos, protagonistas y contradicciones que marcaron el fin de la monarquía y el nacimiento de un nuevo orden.










