
Parece que también el director de este diario electrónico, que el día 20 cumplió sus primeros treinta años (felicidades), es consciente de la gravedad de la prostitución terminológica, pues el día 14 escribió que “en tiempos de crisis los conceptos más serios son los términos más prostituidos: amor y libertad, principalmente”.
Me encantaría explicarles cómo se ha desarrollado esta intencionada y malvada tergiversación: sus causas ideológicas y sus gravísimas consecuencias. Pero me es imposible realizarlo en un artículo. Por lo que les recomiendo la lectura de un libro que sí lo hace admirablemente: La Revolución sexual global. La destrucción de la libertad en nombre de la libertad, de Gabriele Kuby, “una valiente guerrera contra las ideologías que, en última instancia, dan como resultado la destrucción del hombre”, según la piropeó Benedicto XVI.
Como la segunda parte del título, podría haber sido, con idéntica adecuación con el contenido, La destrucción del amor en nombre del amor, cabe afirmar que su lectura sirve para entender las dos prostituciones principales a las que se refería Eulogio López.
A mí me ha servido para entender mejor, horrorizado, la maldad humana que ha seguido al “Seréis como dioses”, y aquello de Dostoievski: “Cuando Dios no existe, todo está permitido”, que en realidad se manifiesta en que, cuando no seguimos la ley natural impresa por Dios en nuestros corazones, y no defendemos sus prescripciones ante los diversos tiranos que nos imponen su “relato” lleno de mentira, acabamos siendo esclavos de un sistema radicalmente antihumano.
Que es, precisamente en lo que estamos. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que El Estado servil que profetizo Hilaire Belloc hace un siglo ya está aquí. Y que las profecías de la Sagrada Escritura y de tantos santos y verdaderos videntes sobre “los últimos tiempos” han comenzado a cumplirse.
Sin embargo, no acabo de comprender cómo la mayoría de los católicos españoles se han dejado esclavizar; cómo han aceptado, apenas sin oposición, la tiránica imposición de conceptos falsos y leyes antihumanas, o el expolio de nuestros derechos, libertades y dineros.
Y no es porque no hayamos tenido la posibilidad de enfrentarnos intelectual y vitalmente a la Gran Mentira del “regresismo”. Por ejemplo, aunque muchos hayan olvidado lo que aprendieron de sus padres y en el Catecismo escolar, San Juan Pablo II, en su maravilloso Pontificado, se las ingenió para recordarnos todas las verdades que necesitamos saber y practicar, aplicadas a todos los ámbitos de la actividad humana. Labor de recuerdo doctrinal, espiritual y moral, que quedó sintetizado en el Catecismo de 1996. Y en su ejemplo imborrable.
Pero, claro, como me contó un buen amigo y he comprobado muchas veces, a Juan Pablo II se le aplaudió y vitoreó allá por donde pasaba. Pero ni se le leyó ni se le siguió.
No hace falta ser un lince para darse cuenta de que El Estado servil que profetizo Hilaire Belloc hace un siglo ya está aquí
Precisamente, san Juan Pablo II nos legó esta breve definición de libertad: “¿Qué es la libertad humana? La respuesta se puede entrever ya en Aristóteles. Para él la libertad es una propiedad de la voluntad que se realiza por medio de la verdad. Al hombre se la da como tarea que cumplir. No existe libertad sin verdad. La libertad es una categoría ética”.
Ciertamente le habrá venido a la cabeza la frase de Nuestro Señor que recoge San Juan: “La verdad os hará libres”.
Y también que esa tarea que cumplir desde la verdad es el bien. Bien propio y ajeno, y común, en todas sus facetas: espiritual, moral, cultural y social.
Y quizás recuerde esas palabras que Cervantes pone en boca del Ingenioso Hidalgo: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los Cielos: con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.
Lo que se ha denominado el espíritu quijotesco es profundamente cristiano, católico. Y ese don de la libertad, y el de la dignidad, es uno de los talentos que, en una de sus parábolas, Jesucristo nos dijo que está muy requetemal que lo escondamos bajo tierra y no lo hagamos fructificar. Y no es excusa que nos hayamos dormido, ni siquiera en los laureles. Pues, en otras de sus parábolas, nos dijo que el diablo sembró la mala semilla “mientras los hombres dormían”.
No sé si Edmund Burke tuvo esto en cuenta cuando afirmó que “para que triunfe el mal basta que los buenos no hagan nada”. Pero sí sé que la inacción de la mayor parte de los católicos, el no usar su libertad para hacer el bien en todos los ámbitos, enfrentándose con valentía a los sembradores de la mentira y el odio, a los que quieren hacernos de nuevo esclavos, es una de las razones que explican la situación actual de nuestro país.
A Juan Pablo II se le aplaudió y vitoreó allá por donde pasaba. Pero ni se le leyó ni se le siguió
Tenemos que recuperar el espíritu quijotesco y la fe cristiana que ha inspirado las gestas de tantos de nuestros conquistadores y evangelizadores en nuestra gloriosa historia. Junto a ese recuerdo, nos puede ayudar también contemplar con admiración los testimonios de valentía, dignidad, fe, amor y libertad de los mártires de la II República y la guerra civil, que ha ido recogiendo el insigne historiador Javier Paredes en artículos semanales en estas pantallas y que ahora ha publicado en un libro titulado “Hasta el Cielo”.
No sé si llegaremos de nuevo al martirio de sangre. Pero si sé -también por experiencia propia- que luchar decididamente por denunciar la mentira, enfrentarse a la burocracia injusta y esclavizadora, defender la verdad, la vida, la familia, la justicia y la libertad, conllevan sufrir, en diversos modos, el martirio de la coherencia. Pero también sé por fe, razón, confianza en Dios y experiencia, que Nuestro buen Dios y Su Madre Santísima siempre nos ayudan, amparan y nos dan una felicidad que ninguna riqueza mundana puede igualar. Además del Cielo, cuando Dios quiera que le entreguemos el alma.
Como Jesucristo nos ganó ese Cielo, junto con la libertad de los hijos de Dios, en la Cruz, no vendría mal que, ante esa Cátedra de Amor, le pidiéramos diariamente que nos impela y ayude a usar nuestra libertad para luchar por la Vida, la Verdad, la Familia, la Justicia y la Libertad. Y comprobaremos que la Gracia de Dios hace que Su yugo sea suave y su carga ligera.












