Al hacer el plan de los temas sobre los que iba a escribir en esta Cuaresma, pensé en aquellos que son omitidos o silenciados por los medios. Así los dos primeros: arrepentimiento y oración. Lo mismo me parecía que sucedía con dignidad. Y esto es lógico, pues su desaparición del vocabulario oficial y mediático es uno de los síntomas del proceso de deshumanización y descristianización de la sociedad.
Pero hete aquí que, en estos días pasados, he visto u oído en cuatro ocasiones este término. Desde luego, habría sido mejor que no se hubiera empleado, pues se utilizó en dos ocasiones, en sendos actos públicos, para calificar a determinadas personas cuyos actos están en las antípodas de lo que es la dignidad. En otra ocasión, para aplicarlo a las mujeres que defienden el aborto, en la manifestación feminista del día 8. En la cuarta, para aplicarlo a los animales.
Consideré también que esas aplicaciones no eran otra cosa que nuevas y diversas manifestaciones de la blasfemia contra el Espíritu Santo, en cuya era ya hemos entrado de hoz y coz. Y recordé la sustancia del contenido de la encíclica de san Juan Pablo II Mulieris dignitatem y los documentos del Vaticano de este siglo Dignitas Personae y Dignitas Infinita…
Y me estremecí de nuevo al pensar en tantos atentados y tan graves y tan extendidos contra la dignidad humana, que se ven como cosas buenas o normales, aceptadas por gran parte de la sociedad; que son verdaderas tragedias permanentes; y que manifiestan con claridad meridiana esa tremenda rebelión del hombre contra la Ley Natural impresa por Dios en el corazón del hombre.
Pero no voy a escribir sobre esas abyectas aberraciones. Pues, gracias a Dios, Hispanidad.com las lleva denunciando desde siempre, desde el aborto hasta la discriminación injustísima de la madre de familia.
Pero sí veo enormemente conveniente que pensemos si, aunque no estemos de acuerdo con esos ataques a la dignidad humana y, de modo activo, no los propugnemos ni los verifiquemos, estamos haciendo todo lo posible por defender la dignidad humana y nosotros actuamos de verdad de acuerdo con esos dones que la configuran.
Y es que, por una parte, existe la dignidad ontológica, la que tenemos todos los seres humanos por igual, por el mero hecho de ser creados por Dios, como seres anfibios de alma y cuerpo dotados de una serie de dones: inteligencia y voluntad, conciencia moral y libertad, capacidad de comunicación y ciencia; destinados a participar de la Gloria; etc, etc. Dones que no dio ni a los astros, ni a las plantas, ni a los animales.
Por una parte, existe la dignidad ontológica, la que tenemos todos los seres humanos por igual, por el mero hecho de ser creados por Dios. Y, por otra, está la dignidad de ejercicio, que es la que nos merecemos con nuestros actos
Y, por otra, está la dignidad de ejercicio, que es la que nos merecemos con nuestros actos, con cómo desarrollamos esos dones de acuerdo con su correspondencia con la verdad y el bien o, por el contrario, con la mentira y el mal. En el primer caso, somo dignos y en el segundo no. Aunque hay grados en los dos ámbitos, pues hay una excelencia en el bien, a la que todos debemos tender y que tiene que ver con el desarrollo de las virtudes, como ya vieron, en el ámbito filosófico desde Aristóteles y Sócrates en la Antigüedad, hasta Byung-Chul Han en nuestros días.
Y, desde luego, desde Cristo, tanto la dignidad ontológica como la de ejercicio se subliman. La primera, al hacernos Hijos de Dios por la Gracia, no sólo criaturas; la segunda, al darnos ejemplo de la Verdad y el Bien sublimes e indicarnos que la excelencia de la dignidad humana es la Santidad, el cumplimiento de Sus mandamientos, para lo que es imprescindible el desarrollo de las virtudes.
Y, entre esas virtudes, y a la vista de la situación actual de nuestra sociedad, son imprescindibles, entre otras muchas, el amor a la verdad y a la libertad, la humildad y la actitud de servicio, y la coherencia. Aunque hoy solo podemos considerar brevemente la primera.
Creo que no me dejará por mentiroso si le digo que vivimos en medio de un sistema basado en una Gran mentira, que se alimenta diariamente de otras pequeñas y medianas mentiras, que se propagan por diversos medios instalados en la mentira. Pues bien, siguiendo a Benedicto XVI, pienso que tenemos que considerar que:
Al igual que la necesidad de amar, el deseo de la verdad pertenece a la misma naturaleza del hombre.
El compromiso con la verdad es el alma de la justicia y da fundamento y vigor al derecho a la libertad. Quien se compromete con la verdad debe rechazar la ley del más fuerte, que se basa en la mentira.
Defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son formas exigentes e insustituibles de caridad.
La verdad que nos hace libres es Cristo, porque sólo Él puede responder plenamente a la sed de vida y amor que existe en el corazón humano.
Quizás convendría que pensemos si acaso ese reinado de la mentira ha adquirido esas gigantescas proporciones porque los católicos no hemos amado suficientemente la verdad
Tras leer estas frases llenas de verdad, quizás convendría que pensemos si acaso ese reinado de la mentira ha adquirido esas gigantescas proporciones porque los católicos no hemos amado suficientemente la verdad, ya sea por falta de humildad (que, según santa Teresa es “andar en verdad”), por connivencia con el poder o por otros intereses políticos, o por mera incoherencia cobarde y acomodaticia. Es decir, porque no hemos obrado de acuerdo con las exigencias de nuestra dignidad.
De ahí que me parece oportuno que reflexionemos sobre ello. Y para eso, quizás nos pueda servir, en el orden humano natural, aquellas palabras que Dante pone en boca de Ulises, en el canto XXVI de la Divina Comedia: “No olvidéis vuestra estirpe y nacimiento: para vivir cual bestias no se os hizo, sino para alcanzar la virtud y el conocimiento”.
Y en el orden de la fe, aquella proclama de San Luis, rey de Francia: “Tengo en mayor consideración la pila donde fui bautizado que la catedral donde fui coronado. Pues la dignidad de hijo de Dios que me fue conferida por el bautismo es mayor que la gobernante de un reino. Esta última la perderé al morir, la primera será mi pasaporte para la vida eterna”.












