Decía Chesterton que algo malo ocurre cuando hay que explicar lo evidente. Servidor añadiría... o cuando hay que recordar aquello que nuestros tatarabuelos, a lo mejor semi-analfabetos, no lo sé, conocían a la perfección.
Y también era el mismo Chesterton quien recordaba que, de cada 10 herejías que había afrontado la Iglesia a lo largo de su historia, una era de origen materialista y las otras nueve de origen espiritual. Al parecer hay que tener más en cuenta al cuerpo.
Y como la teología y la antropología siempre caminan superpuestas y al unísono, resulta que los arqueólogos consideran que se puede hablar de inicio de una civilización cuando una tribu empieza a honrar a sus difuntos allá donde puede honrarles: en su cuerpo, ya separado de su espíritu.
Además, nuestro cuerpo no es nuestro, es prestado. No lo hemos comprado en El Corte Inglés, nos ha sido regalado. También por ello, lo católico no es la incineración sino el entierro, porque el cuerpo resucitará, glorioso, siempre que no haya acabado en el infierno, que les puedo asegurar que existe y no está vacío, más que nada porque Cristo lo cita una y otra vez en el evangelio.
Nuestro cuerpo resucitará liberado de las cadenas del espacio y el tiempo, a imitación del Cuerpo de Cristo, resucitado en el siglo I de nuestra era, para no conocer la muerte nunca más.
Y por cierto, las cenizas del difunto no pueden esparcirse en el mar o en la naturaleza. Yo sé que esto es muy hermoso y que el ambiente general es que nada mejor que otorgar el cuerpo al planeta, a la madre Gaia -la madre que la peinó- y así no confundir las cenizas de nuestros prójimos con alguna especie exótica para cocinar, confusión que ya se ha dado en el pasado para desazón de vivos y muertos.
No, las cenizas producto de la incineración -permitida pero desaconsejada por la Iglesia- deben depositarse en un recinto sacro, en un columbario, mismamente... pero la tumba es mejor.
Nota: por todo esto, también, la profanación de cadáveres es algo muy grave.










