
Donald Trump ha anunciado, con la solemnidad del fracasado que ha renunciado a la victoria pero no acepta la derrota: que el Estrecho de Ormuz se abrirá el próximo viernes, como si eso fuera una victoria a su pertinente guerra de Irán que resultaba justificable, sólo en el caso de que tuviera como único objeto liberar a los iraníes del yugo de los ayatolás.
Y ni tan siquiera se trata de una victoria económica: los barcos mercantes, los petroleros de Ormuz, seguirán pendientes de los ataques de iraníes, que baten marcas en la liguilla del fanatismo mundial.
En definitiva, Trump ha perdido la batalla de Irán porque no ha conseguido liberar a los iraníes, es decir, porque no ha conseguido tumbar a los ayatolás.
Ahora bien, es verdad que Europa no le ha ayudado, cuando debía haberlo hecho y es verdad que la proposición iraní no ha salvado sus diferencias para colaborar, para aprovechar el ataque norteamericano, como está claro que los países del Golfo, sobre todo Arabia saudí, presuntos aliados de Washington no se han atrevido a enfrentarse directamente a los chiítas iraníes.
Y en cuanto Trump ha empezado a oler a cadáver, Rusia ha atacado la Iglesia de la Dormición, catedral ortodoxia de Kiev. ¿En qué crees, Putin, en la Madre Rusia, en el panteísmo nacionalista, este sí, fascistoide, que adora a la nación?
Encima, Benjamin Netanyahu hace la guerra por su cuenta sin el respeto judío a las leyes de la guerra, que ha sido una de las claves de la victoria hebrea sobre los musulmanes, desde 1948. Son las leyes de la Guerra que inventara la española Escuela de Salamanca: no atacar primero, respuesta proporcionada al ataque y la violencia sólo como ariete de la justicia y la defensa, sólo como legítima defensa.
El fracaso de Irán ha propiciado otras desgracias: la venenosa Delcy se rebela en Venezuela y fuerza a Hispanoamérica a elegir. Con personas como Lula, Sheinbaum o Petro, Hispanoamérica tendrá que volver a elegir entre su catolicismo liberador o entre su esclavizador comunismo indigenista.
El Islamismo saquea África y China e India se convierten en las dos grandes potencias mundiales, anticristianas y liberticidas. Mientras, Europa continúa revolcándose en el vomito de su propia degeneración. Es incapaz de rearmarse y, encima, algunos de sus líderes, por ejemplo, el español Pedro Sánchez, han elegido la tiranía china porque odian la civilización cristiana occidental, a la que pertenecen.
El fracaso de Trump en Irán lo pagaremos todos pero 'todos'... también somos culpables. En primer lugar, por no haberle apoyado. Es la guerra mundial por trozos, corregida y aumentada.









