Porque la nueva guerra contra Irán conducirá a la escalada total. La guerra de los 12 días: antecedente inmediato. El último gran choque directo entre Israel e Irán —conocido ya como la guerra de los 12 días— marcó un antes y un después en Oriente Próximo.

El enfrentamiento se desarrolló a lo largo de casi dos semanas, en una secuencia de ataques y represalias que, aunque contenida en el tiempo, fue extraordinariamente intensa. La motivación declarada del ataque israelí fue frenar lo que Tel Aviv consideraba una amenaza existencial: el programa nuclear iraní y la red regional de milicias aliadas de Teherán. Bajo ese marco, Israel lanzó operaciones aéreas y de precisión con armamento avanzado: misiles de largo alcance, munición guiada de alta precisión, drones de ataque y operaciones encubiertas orientadas a la “decapitación” de mandos enemigos. La respuesta iraní no se limitó a lo simbólico.

Por primera vez, Teherán empleó una combinación coordinada de misiles balísticos, misiles de crucero y drones en cantidades suficientes para saturar los sistemas defensivos israelíes, incluida la ruptura parcial del Iron Dome y de otros escudos antimisiles multinivel. El mensaje fue claro: Israel no es invulnerable. El conflicto se cerró formalmente con una intervención pactada de Estados Unidos. Washington ejecutó bombardeos limitados sobre instalaciones nucleares iraníes, buscando restablecer la disuasión sin provocar una guerra abierta. Días después, Irán respondió con un ataque controlado contra una base estadounidense en Qatar, cuidadosamente calibrado para no causar víctimas humanas. Fue una salida negociada, no una victoria estratégica para nadie.

Teherán empleó una combinación coordinada de misiles balísticos, misiles de crucero y drones en cantidades suficientes para saturar los sistemas defensivos israelíes, incluida la ruptura parcial del Iron Dome y de otros escudos antimisiles multinivel. El mensaje fue claro: Israel no es invulnerable

El cambio de paradigma: de la contención al todo o nada. Desde entonces, el escenario ha cambiado radicalmente. Israel ha mostrado su voluntad de continuar la guerra y llevarla más lejos. Sin embargo, Estados Unidos ha rechazado, al menos, dos intentos israelíes de arrastrarlo a un conflicto mayor, principalmente por una razón: la falta de potencia de fuego y de garantías políticas para asegurar un cambio de régimen en Irán sin desencadenar una guerra regional o global. Aun así, Washington ha ido concentrando progresivamente activos militares en la región: portaaviones, bombarderos estratégicos, sistemas antimisiles y bases reforzadas. En las últimas semanas, según diversos reportes, Estados Unidos habría intentado una vía diplomática: acordar con Irán una operación “limitada”, similar a la anterior, que permitiera a todos salvar la cara. La respuesta iraní fue tajante: no habrá más ataques limitados.

Si Irán vuelve a ser atacado, responderá “con todo” contra los activos estadounidenses en la región. *Irán no está solo* Este endurecimiento de la postura iraní no surge en el vacío. A este contexto externo se suma un frente interno deliberadamente tensionado. En los últimos meses, Irán ha sufrido graves disturbios sociales que han dejado varios miles de muertos, presentados en Occidente como protestas espontáneas, pero estrechamente vinculados al deterioro económico provocado por la presión especulativa contra la moneda iraní. La caída del rial, inducida por sanciones, bloqueo financiero y ataques coordinados a los mercados, ha generado una inflación asfixiante que ha golpeado duramente a las capas populares. Sobre ese malestar real se han apoyado operaciones de desestabilización encubiertas, con protestas amplificadas, coordinadas y radicalizadas mediante redes sociales y células organizadas, que Teherán atribuye a la acción conjunta del Mossad y la CIA. Para el liderazgo iraní, este episodio ha confirmado que la guerra contra Irán no es solo militar, sino también económica, psicológica y social, orientada a provocar el colapso interno del Estado antes del golpe final.

En paralelo, en las últimas semanas se ha informado de la llegada a Irán de aviones procedentes de China y Rusia, presuntamente cargados con material militar avanzado.

Más allá del detalle técnico, el mensaje geopolítico es inequívoco. El relato del “programa nuclear” como causa central del conflicto ha perdido credibilidad incluso en los discursos oficiales. Cada vez se reconoce con mayor claridad que el verdadero objetivo es el derribo del régimen iraní. Irán lo sabe. Y sabe también que, en ese escenario, su existencia como Estado unificado está en juego. La experiencia reciente pesa: Hezbolá no utilizó su arsenal a tiempo, Israel logró descabezar y dejar prácticamente inoperativo al principal aliado armado de Teherán en la región. La lección aprendida es brutal y simple: defenderse a medias equivale a desaparecer. Rusia y China, por su parte, tampoco pueden permitirse mirar hacia otro lado. Irán es un socio estratégico clave y un pilar relevante del mundo de los BRICS. Permitir que Estados Unidos ataque y derribe a uno de sus principales aliados sin respuesta supondría aceptar un precedente inasumible. *El riesgo de la escalada total* Un ataque directo a Irán hoy no sería como antes. Conllevaría una respuesta masiva, coordinada y sostenida, basada en misiles y drones de última generación. Ya demostraron que pueden romper los sistemas de defensa israelíes, y pueden volver a hacerlo. También disponen, según múltiples análisis militares, de capacidad para neutralizar o incluso hundir un portaaviones estadounidense.

Una escalada de este tipo, sostenida durante días, llevaría a Israel a una decisión extrema: el uso de armamento nuclear contra Irán. Para algunos, este escenario incluso conecta con lecturas proféticas, como la de Zacarías 5, que describe un ataque con un “rollo volador” de diez metros de largo, con una cabeza de plomo en la que está “la maldad”. Por Bernardita Soubirous, vidente de Lourdes, se recoge además la advertencia de que “una gran bomba caerá en una ciudad de Persia”. Y ahí la guerra dejaría de ser regional. Rusia y China moverían ficha. La guerra a gran escala estaría garantizada.

La lección aprendida es brutal y simple: defenderse a medias equivale a desaparecer. Rusia y China, por su parte, tampoco pueden permitirse mirar hacia otro lado

España ante el abismo. En este contexto, España debe actuar con lucidez. Si se invoca el artículo 5 de la OTAN, Pedro Sánchez debería ponerse de perfil. Esta guerra, de producirse, será breve pero devastadora, y España debe quedar al margen. Al menos, nuestro país ha adoptado una posición moralmente decente frente al genocidio de Gaza. Mantenerse fuera de una escalada global y seguir enfrentados políticamente al Estado de Israel no es solo una opción ética: es una necesidad estratégica. Porque la próxima guerra contra Irán no será una más. Será el detonante de algo mucho peor.