Sr. Director:
Tras la fiesta de la Ascensión, llega la de Pentecostés, una de las más importantes. Es el Día del Apostolado Seglar, y, en su Vigilia, se unen, en oración con el Obispo, las distintas asociaciones laicales. El Espíritu Santo cambió a los Apóstoles, de cobardes, a valientes, fieles testigos de Cristo resucitado, hasta el martirio.
El Espíritu Santo es el gran desconocido, incluso para muchos cristianos, aunque se le invoca al rezar “el Gloria”. Es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Se le llama también, el Paráclito (Abogado, Defensor, Consolador). La Unidad y Trinidad de Dios es un Misterio incomprensible para el hombre en este mundo. Al Espíritu Santo se le representa por símbolos: uno de ellos, la paloma. Es el “Amor” que transforma los corazones y los hace misericordiosos, “Fuerza” que alienta para obrar con rectitud, “Luz” que nos ilumina interiormente, “Unción” que nos impulsa a proclamar la verdad, “Consolador” incomparable. Él es “Dulce Huésped del alma”, a la que convierte en su templo cuando vive en gracia. Debemos suplicarle que nos conceda sus siete sagrados dones (sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios) y sus frutos: caridad, gozo espiritual, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia, y castidad.









