Sr. Director:
Las aulas españolas han dejado de ser lugares de aprendizaje para convertirse en escenarios de confrontación constante. Según el macroestudio estatal de STEs‑i 2026, ocho de cada diez docentes de la escuela pública perciben un aumento de agresiones verbales y físicas por parte de sus alumnos, con cifras cercanas a la unanimidad en Navarra, Ceuta, Extremadura y Cataluña.
“Queremos enseñar sin tener que tolerar insolencias, desconsideraciones, ofensas o vejaciones, y sin sentirnos desprotegidos ante situaciones de conflicto cada vez más habituales”, denuncian los docentes.
Los conflictos van más allá de las aulas: insultos, acoso y campañas de descrédito en redes sociales se han normalizado. La burocracia y la falta de recursos convierten la enseñanza en un acto heroico, con bajas por estrés y ansiedad que se multiplican, mientras el prestigio social del docente se erosiona.
II. Enseñar no es educar: la línea que separa la formación de la instrucción
Confundir educar con enseñar es un error que está destruyendo la sociedad. Educar corresponde a la familia: transmitir valores, formar el carácter y desarrollar la conciencia moral. Enseñar es instruir: impartir conocimientos, habilidades y saberes. La escuela ha asumido responsabilidades que no le corresponden, mientras se descuida la función central de la familia.
El Código Civil español, artículo 154, es claro: la patria potestad recae sobre los padres, quienes deben velar por la educación y formación integral de sus hijos. Mientras se cumpla, ninguna autoridad externa tiene legitimidad para interferir. La escuela no puede sustituir la familia sin destruir la base misma de la sociedad.
III. Roma como espejo: familia, tradición y enseñanza pública
Los romanos sabían distinguir entre educar y enseñar. La educación se basaba en el mos maiorum (costumbre de los antepasados), un conjunto de normas, valores y preceptos que cada ciudadano debía respetar y transmitir. La familia era el núcleo: la madre supervisaba los primeros años y el pater familias (jefe de familia) guiaba la formación hasta la mayoría de edad.
Solo después de este periodo, los jóvenes ingresaban a la enseñanza elemental, secundaria o superior. La enseñanza institucionalizada complementaba la educación familiar, formando jóvenes competentes y responsables, preparados para la vida pública y privada. Universidades como la de Constantinopla (actual Estambul) consolidaban la instrucción y la investigación, asegurando la transmisión de cultura y valores durante siglos.
Roma sobrevivió milenios porque combinó familia, tradición y enseñanza sistemática. La escuela, junto con la familia, era el instrumento que mantenía la cohesión social y la continuidad de la civilización.
IV. La España contemporánea: autoridad docente bajo ataque
Hoy, los docentes españoles se enfrentan a una doble crisis: la pérdida de autoridad y el desprestigio social. Aulas masificadas, burocracia excesiva y familias que desacreditan a los docentes han convertido la enseñanza en un campo de batalla. La libertad pedagógica ha degenerado en ausencia de normas, y la escuela intenta suplir funciones parentales que no le corresponden.
El resultado es devastador: alumnos desorientados, docentes agotados y familias desinformadas. La transmisión de conocimientos y valores se tambalea, mientras la sociedad se expone a un riesgo mayor: perder su memoria, sus tradiciones y su capacidad de autogobierno.
V. Tradición, libertad y responsabilidad histórica
La educación no se garantiza con presupuestos ni con leyes pasajeras. Es un acto cultural y ético que define la continuidad de la sociedad. La libertad auténtica necesita raíces y normas; sin transmisión de valores y saberes, la civilización se erosiona desde dentro.
Recuperar la autoridad del docente, el respeto de la familia y el prestigio de la enseñanza es un deber colectivo. La enseñanza institucionalizada protege a la cultura de la manipulación, la frivolidad y las modas pedagógicas, preservando lo que funciona y permitiendo que las futuras generaciones puedan construir sobre bases sólidas.
VI. Enseñanza en Hispania prerromana: familia y comunidad como base
Antes de Roma, la península Ibérica estaba habitada por clanes, tribus y gentes (grupos supra-familiares) organizados en redes de parentesco y solidaridad directa. La cohesión social no se basaba en leyes abstractas ni derechos universales, sino en la protección mutua, la hospitalidad pactada y las relaciones de clientela:
- Pactos de hospitalidad: acuerdos entre tribus para que un miembro de una comunidad fuera protegido y tratado como propio cuando visitaba otra tribu.
- Relaciones de clientela: un agricultor ofrecía parte de su cosecha a un caudillo o grupo militar a cambio de protección, evitando acosos externos y asegurando su seguridad.
- Devotio ibérica: servicio militar y protección mutua con juramento ante los dioses, donde el cliente recibía manutención y estatus social a cambio de fidelidad absoluta, incluso hasta la muerte.
Estos sistemas funcionaban porque la familia y la comunidad eran la base de la solidaridad y la confianza. Nadie podía sentirse verdaderamente responsable de personas que no conocía; la protección y la cohesión se construían sobre la cercanía y el conocimiento del otro.
VII. La romanización: mestizaje cultural y enseñanza pública
Con la llegada de Roma, se produjo un mestizaje cultural. Los romanos, expertos en copiar lo que funcionaba, adoptaron y adaptaron instituciones locales y griegas, creando un sistema de enseñanza pública coherente:
- La educación temprana permanecía en la familia.
- La instrucción formal comenzaba a los siete años, con centros educativos estatales y privados.
- El objetivo era formar ciudadanos competentes, responsables y comprometidos con la comunidad, preparados para la vida pública y privada.
Roma logró unir tradición, familia y enseñanza institucionalizada, consolidando una civilización que duró siglos y cuya huella sigue presente en Europa. La clave era clara: solo se conservan los conocimientos y valores que se transmiten de manera sistemática y respetada.
VIII. Decadencia romana: advertencia histórica
La caída de Roma nos deja una advertencia invaluable. La civilización comenzó a decaer cuando:
- Los ciudadanos perdieron contacto con los valores tradicionales del mos maiorum.
- Se adoptó un estilo de vida de ocio y libertinaje (panem et circenses, pan y circo) que reemplazaba la virtud por el entretenimiento.
- La autoridad familiar y social se debilitó, incluyendo la pérdida del respeto al pater familias y la función educativa de la familia.
- El Estado se sobreendeudó, despilfarró recursos y distribuyó bienes de manera indiscriminada, desincentivando la productividad.
El resultado fue un colapso progresivo, antes de la invasión de los pueblos externos: una sociedad moralmente debilitada, económicamente dependiente y culturalmente vacía.
IX. Paralelos contemporáneos: España en la encrucijada
La situación actual en España presenta similitudes inquietantes:
- La enseñanza y la autoridad docente están debilitadas.
- La familia pierde centralidad en la educación moral.
- La sociedad glorifica el ocio, la mediocridad y el consumo sin responsabilidad.
- La burocracia y las políticas educativas ideologizadas reemplazan el criterio y la eficacia.
Si no se recupera la distinción entre educar y enseñar, si no se protege a los docentes y se reconoce su autoridad, España podría enfrentar un deterioro comparable, aunque menos dramático que el de Roma, en términos de cohesión social, respeto a la cultura y transmisión de conocimientos.
X. Reflexión final: Enseñar es decidir durar.
La enseñanza no es un servicio opcional: es el acto mediante el cual una sociedad decide si quiere sobrevivir y prosperar. La educación familiar y la instrucción pública son los pilares de cualquier civilización que se precie de avanzar.
El mensaje es inequívoco:
- La familia debe transmitir valores y formar la conciencia moral.
- La escuela debe instruir y proteger el conocimiento.
- Los docentes merecen respeto, autoridad y reconocimiento social.
- La tradición, la memoria histórica y la experiencia acumulada son la base de la libertad y la continuidad cultural.
En última instancia, enseñar es un acto de responsabilidad histórica. Descuidarlo equivale a entregar el futuro de nuestros hijos y de España a la improvisación, la mediocridad y la confusión. La enseñanza y la educación de nuestros hijos no pueden ni deben depender de políticos ni de modas pasajeras: es un deber colectivo que define la supervivencia de la nación.










