En España ya no hay política, hay reparto de culpas. Un país entero convertido en plató de televisión donde los políticos ya no gobiernan, solo lloran, señalan y olvidan.
Pedro Sánchez ha perfeccionado el arte de la lágrima pública. Si hay incendios, visita las cenizas con gesto de actor de serie turca; si hay inundaciones, posa con botas de agua impolutas y mirada compungida; si hay víctimas, se cuelga del abrazo televisado. Es el “presidente llorón”, maestro del sentimentalismo tóxico: mucho sentimiento impostado, cero soluciones.
Yolanda Díaz convierte cada desgracia en oportunidad para estrenar vestuario ideológico: todo es culpa del capitalismo, de los ricos, de Ayuso, de Madrid, de Europa… de cualquiera menos de ella. Su gran política es coleccionar portadas de revistas y posar sonriente como si estuviera en un catálogo de cosmética. Los problemas reales —paro juvenil, salarios bajos, precariedad— no caben en su “sonríe, que viene el cambio”.
Alberto Núñez Feijóo, supuesto líder de la oposición, ha elegido el camino de la oposición invisible. Calla cuando debería hablar, balbucea cuando debería morder y, cuando se le espera con un plan, aparece con un PowerPoint descolorido que no ilusiona ni a su propia bancada. Feijóo no es oposición: es un funcionario gris que cree que gobernar consiste en esperar a que el adversario tropiece.
Y Santiago Abascal tampoco se libra: también ha hecho del señalar culpables un oficio. Eso sí, lo hace envuelto en la bandera nacional y con el himno de fondo. Su retórica está llena de eslóganes incendiarios y patrióticos, pero de aquello que el difunto Julio Anguita resumía en tres palabras —“programa, programa, programa”—, nada de nada. Mucha épica de plaza de toros, cero propuestas concretas.
El país de las lágrimas subvencionadas
No hay plan de vivienda, ni plan sanitario, ni plan energético. Lo que hay es plan de comunicación y manipulación de masas. Cada tragedia activa el protocolo: lágrimas televisadas, ruedas de prensa, culpables improvisados y titulares en medios afines, siempre bien lubricados con subvenciones.
España lleva casi tres años sin Presupuestos Generales del Estado. ¿A quién le importa? A nadie. El Gobierno gobierna sin cuentas, como quien juega al Monopoly con billetes falsos. Y los medios callan, porque el negocio de la lágrima da para muchas portadas y muchos contratos de publicidad institucional.
La oposición ausente
Lo más dramático no es que Sánchez gobierne a golpe de lágrima, sino que la oposición se lo permita. Feijóo se esconde, Abascal grita sin concretar y Díaz posa para Instagram. La oposición se limita a esperar su turno en el teatro de las culpas, como si todo se tratara de aguantar la cola hasta que la tragedia les favorezca en las encuestas.
El gran timo emocional
En España no se gobierna, se administra el espectáculo. No hay programas de acción, ni objetivos medibles, ni horizontes claros. Lo que hay es telenovela lacrimógena: tragedia, lágrima, culpable, rueda de prensa, olvido. Y vuelta a empezar.
Pedro Sánchez seguirá llorando en público, Yolanda Díaz seguirá repartiendo culpas entre “los ricos”, Feijóo seguirá escondido detrás de un PowerPoint y Abascal seguirá ondeando la bandera con el altavoz del himno a todo volumen. Y los españoles seguirán igual: sin médicos, sin casas, sin certezas, pero con un suministro inagotable de solidaridad impostada y culpables de ocasión.
España, ese país donde la política no gobierna, solo llora, acusa, grita y olvida.









