Este año se cumplirá el 75 aniversario de la declaración por parte del Papa Pío XII del dogma de la Asunción de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma a los cielos.
Fue exactamente el día 1 de noviembre del año 1950 cuando este Santo Padre proclamó en Roma este dogma mariano, mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus.
Dijo el Papa ante una multitud incontable de fieles:
"Con la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la Nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de fe divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo"
Esta verdad de fe que los cristianos creyeron prácticamente desde el principio y que ya se celebraba desde hacía siglos tanto en Oriente como en Occidente tuvo su culmen en la proclamación del dogma por parte del Papa Pío XII.
Por cierto, es la última verdad de fe proclamada como dogma por la Santa Iglesia Católica.
La Asunción de la Virgen María constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo Jesucristo y una anticipación de los demás cristianos.
La importancia de la Asunción para nosotros radica en la relación que hay entre la Resurrección de Jesús y la nuestra.
María, una mujer de nuestra raza, ser humano como nosotros, creyente y elegida por Dios desde toda la eternidad para ser la Madre del Salvador, se halla gloriosa en el cielo, en cuerpo y alma.
Porque el cuerpo también es importante.
No somos cuerpo por una parte y alma por otra, sino uno en cuerpo y alma, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica.
Recordemos que un dogma es una verdad de fe, revelada por Dios en la Sagrada Escritura o contenida en la Tradición de la Iglesia, que además es propuesta por la misma Iglesia como realmente revelada por Dios para ser creída por todos los fieles.
En el caso de los dogmas, el Papa actúa "ex cáthedra", es decir, en virtud de la autoridad suprema que tiene como Vicario de Cristo y Cabeza visible de la Iglesia, Maestro supremo de la fe para todos los cristianos.
El Catecismo, citando L.G. 59, dice:
"La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y colocada junto al Trono del Señor como Reina del Universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y Vencedor del pecado y de la muerte"
Explicó en su día San Juan Pablo II:
"Mientras que para los demás hombres, la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María la glorificación de su cuerpo se anticipó por singular privilegio divino"
Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen es posible comprender el plan de la providencia divina sobre la humanidad: después de Cristo, el Hijo del Padre, María es la primera criatura humana en la que se realizó el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos.
La Virgen Santísima nos muestra el destino final de quienes escuchan la Palabra de Dios y la cumplen.
La Madre Asunta nos estimula a elevar la mirada del corazón hacia el cielo, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre y donde está también la humilde Sierva de Nazaret, ya en la gloria celestial.
Hacia allí nos encaminamos guiados por la fe, movidos por la esperanza y por el amor a Dios y a nuestros prójimos.
Alzamos la mirada al cielo para contemplar a la Inmaculada Virgen María cubierta de gloria y honor en virtud del Misterio Pascual de su Hijo Jesús.
Porque María amó a Dios sobre todas las cosas, porque se fió de Él completamente, porque le alabó todos los días de su vida, porque amó también a todas las criaturas, porque nada se ahorró para sí, sino que todo lo invirtió en la causa del Salvador y se dejó llevar por los impulsos del Espíritu Santo, por todo eso y seguramente por otras muchas razones, María se durmió en el Señor y pasó de este valle de lágrimas al Reino eterno, donde todo es eterna claridad; no sólo en su alma, sino también en su cuerpo.
Por eso decimos: Asunta al cielo en cuerpo y alma.
Ella, la Madre del Señor, nos precede en la peregrinación de la fe y nos alienta y estimula con su amor de Madre.
Le pedimos que nunca nos deje de su mano y que nosotros no nos apartemos jamás de Ella, pues tan necesitados estamos de su cariño y de su ternura.
Somos hijos de Dios y somos hijos también de María, la mejor Madre.
Llévanos contigo, Virgen Inmaculada, y danos un corazón semejante al tuyo.









