A mí don Mariano Rajoy nunca me ha parecido un tipo interesante. Tuve que seguirle como periodista cuando fue presidente del Gobierno y siempre me pareció un estafermo, una gelatina sin esqueleto, cuyo ideario era tan cambiante como el tiempo, quizás porque, para él, distinguir lo bueno de lo malo era una pérdida de tiempo.

Un día le pregunté en rueda de prensa que tenía que ofrecer al votante católico y se enfadó, hasta allá donde puede enfadarse una gelatina, que es con el desprecio, me respondió que él era católico pero no quería que le votaran como católico. Y se enfadó mucho. Es decir, que le importaba un pimiento el cristianismo.  

No, no es un personaje que me caiga simpático. Forma parte del elenco de esa derecha pagana, moralmente tibia y políticamente cobardona, que ha colaborado al envilecimiento del pueblo español y que, a su vez, ha puesto en bandeja a Sánchez su imperio de la vileza. 

Pero ahora toca defender a Rajoy. Ahora mismo ha dicho que la Selección francesa de fútbol juega sin franceses, por la abundancia de negros en sus filas, que no es otra cosa que una ironía en la obviedad.

De inmediato, se ha iniciado el rasgado de vestiduras, un luminoso espectáculo que nadie debe perderse, porque a los buenos también nos gusta reír. 

Rajoy es un racista impenitente. Y esto lo dice, atención, hasta Agrupación Nacional, el partido de Marine Le Pen, que no deja de ser cosa de mucha risa. 

También lo dice el ministro de Exteriores de Francia, Jean Nöel Barrot, quien, visiblemente exaltado, monta un numerito de bronca diplomática y de paso aprovecha para llamar imbécil a un expresidente del Gobierno de España: es racismo o estupidez, quizás ambas cosas. ¡Jean, campeón!, no seas un hipócrita idiota o, al menos, no seas una idiota hipócrita. 

Lo políticamente correcto llega a que hasta el Frente Nacional, creado por un hombre que aseguraba que se había comprado en una casa de campo para que sus nietas no vieran un moro cada vez que se asomaban por la ventana, clama contra el racismo de Rajoy, quien se ha atrevido a escribir una ironía menor, tal como que los jugadores de la selección francesa son muy buenos pero no son franceses.

Esta chuminá es la que ha disparado la hipocresía de lo políticamente correcto con rasgado de vestiduras incluido, hasta alcanzar cotas desconocidas. 

Y así, mientras Pedro Sánchez y José Manuel Albares, dos intelectuales de fuste, acariciaban a los franceses, el primero desde París, en una crisis política donde fue ninguneado por Macron, Merz y Starmer y abofeteaban a su compatriota Rajoy, hasta Lamine Yamal, cómo no, volvía a confundir racismo cono ofensa a la religión para hablar de integración en el fútbol. Precisamente él, otrora estrellita que, a sus 19 años, recién cumplidos ya ha sembrado ofensas por media España además de presentar una vanidad presuntuosa que resulta impropia de su edad.

 

 

Todo este asunto no es baladí, porque como califiquemos de racista la obviedad acabaremos en la barbarie woke. Recuerden cómo empezaron en Estados Unidos con una población, la de raza negra, situada, en tanto que población perseguida, por encima de la ley y, lo que es peor, de las costumbres. Con los miembros peores de esa raza convertidos en sinvergüenzas impunes, aplaudidos por la sociedad blanca por temor a que le llamaran racista.

Y como abusemos de los delitos de odio -ahora ya hablamos de 'odiadores', como si de un oficio se tratara- llegará un momento en que no podremos decir nada, no podremos ni hablar... salvo para repetir las estupideces políticamente correctas. Recuerde que los delitos de oido no son sino el nombre de la nueva censura, verdaderamente salvaje, vigente en el siglo XXI que podrías resumir así: si discrepas de mí, del poder, es que eres un delincuente que debe ser perseguido. 

Una de las grandes victorias de Satán en el mundo actual es esta: los delitos de odio, penados en España con hasta cuatro años de prisión. 

Mariano, esta vez toca defenderte.