Ida y vuelta Madrid-Barcelona, en AVE, en días sucesivos. En el primer trayecto, el tren se detuvo al poco de entrar en la comunidad autónoma de Cataluña y permaneció parado durante cuarenta minutos. Por megafonía nos informaron de que la culpa la tenía un tren que iba delante, parado por problemas técnicos. En definitiva, llegamos al destino con cuarenta minutos de retraso.

Al día siguiente, también a primera hora, la misma historia, salvo que esta vez el tren se detuvo en varias ocasiones a lo largo del trayecto, siempre por problemas técnicos. Salvo una: “Debido a la presencia de animales próximos a la vía, tu tren AVE circula con una demora aproximada de 17 minutos”, nos informó Renfe mediante un SMS al móvil. Como era de esperar, la demora, efectivamente, se dilató aún más y llegamos al destino con más de 20 minutos de retraso.

Vamos camino de cuatro meses desde el fatídico accidente de Adamuz y viajar en alta velocidad, lejos de recuperar el brío, cada día va peor. Si no es la infraestructura, es un tren averiado o, incluso, animales que circulan por donde no deben. Es decir, ni siquiera se arreglan las vallas que protegen las vías. Cada vez es más frecuente escuchar que ya no merece la pena viajar en tren. Ahora sale a cuenta coger el avión.