Miedo y muchísima tensión. Sin pretenderlo, el último largometraje del director Rodrigo Sorogoyen es mucho más terrorífico que muchas propuestas que sobre ese género llegan a la gran pantalla. Porque en As bestas se retrata en primer plano la maldad de unos seres humanos que no resultan lejanos.

Una pareja francesa, Antoine y Olga, se instalaron hace un tiempo en una aldea en la Galicia profunda, en el interior. Desde el principio la convivencia con los lugareños no ha sido demasiado buena, sobre todo con sus vecinos, los hermanos Anta, lo que ha creado una situación muy tensa y aparentemente de no retorno.

Si algo admiro de Rodrigo Sorogoyen es que sus películas, coescritas en colaboración con Isabel Peña, recuerden Stockholm, Que Dios nos perdone, El reino y la serie televisiva Antidisturbios, siempre utilizan el suspense en tramas muy heterogéneas pero donde la amenaza de algo terrible subyace en el fondo. Aquí el amor y el odio se dan la mano sin solución de continuidad. Porque la pareja protagonista tiene una relación amorosa admirable que les mantiene firmes en su postura ecologista a pesar de tener que soportar el odio de sus vecinos, los brutales hermanos Anta. Porque en la cinta también se dirime el conflicto que se vive en muchos pueblos cuando llegan las empresas de energías renovables, en este caso de molinos de viento, y hacen ofertas económicas para que los campesinos abandonen sus cultivos o sus animales para dar paso a ese tipo de energías, en teoría menos contaminantes pero que están dejando el paisaje español como un verdadero erial.

Rodeado por un equipo técnico que se entiende muy bien con Sorogoyen y donde destaca el director de fotografía Alex de Pablo, el compositor Olivier Arson, el director de sonido Aitor Berenguer y el montador Alberto del Campo, todo fluye de una forma perfecta en este filme, donde las interpretaciones son de sobresaliente, tanto de los intérpretes foráneos como españoles o, lo que es lo mismo, de Marina Foïs, Denis Ménochet, Luis Zahera, Diego Anido y Marie Colomb.

Para: los que crean que en ambientes cerrados se crean auténticos monstruos.