
Me dirán que todavía es pronto para calibrar la simplificación regulatoria propuesta por el Consejo de Gobierno del BCE, en diciembre, y puede que sea cierto, pero también lo es que uno de los mayores problemas de la UE actualmente es la lentitud de actuación, provocada por una burocracia y unos protocolos tan asfixiantes como ineficientes.
En cualquier caso, los banqueros llevan muchos meses pidiendo una simplificación real de las normas y lo que reciben como respuesta es justo lo contrario.
Sin ánimo de ser exhaustivo, podemos decir que con la crisis financiera la regulación se centró en los requerimientos de capital, cada vez más elevados. Entonces, el banco bueno dejó de ser el que tenía poca morosidad y pasó a ser el que tenía mucho capital.
Pero eso fue sólo el principio, porque la bola de nieve ha ido creciendo con los años, de tal forma que en el supervisor ha ido incorporando otros elementos como los riesgos operativos, de gobernanza, etc. y otros aún más complicados de calibrar como los riesgos climáticos. Por ejemplo, el riesgo que supone conceder una hipoteca para una vivienda situada en una zona inundable.
En otras palabras, todo es susceptible de ser analizado. Y eso es lo que está haciendo el BCE, que ahora quiere examinar la resistencia de los bancos a la tensión geopolítica actual y, atención, los riesgos derivados de la implantación de la inteligencia artificial.
¿De verdad camina el sector hacia la simplificación regulatoria? Luego está lo que comentábamos al principio: la lentitud de Bruselas para tomar medidas, y más aún si pueden suponer una reducción de la burocracia.
En el sector no hay señales que inviten al optimismo. “Todavía no estamos viendo avances tangibles de esa simplificación”, afirmó esta semana Gloria Ortiz, consejera delegada de Bankinter. Lo peor es que vamos en sentido contrario: cada vez es mayor y más compleja.









