Sr. Director:

Mientras los jóvenes católicos nacidos a partir de 1995 no piden cambios doctrinales en la Iglesia, sino claridad, tradición y formación, el obispo Nial Coll ha lanzado un mensaje directo en que el debate sinodal centra buena parte de la agenda eclesial irlandesa:  la nueva generación de católicos no busca experimentos con la fe, la doctrina, la liturgia y la moral de la Iglesia, ni discusiones interminables. Busca la Verdad. Jesucristo es la Verdad.

En muchas ocasiones, los procesos sinodales suelen concentrarse en estructuras y procedimientos que nada tienen que ver con la vida real de los fieles. De ahí que muchos se preguntan en qué cree realmente la Iglesia y cómo ésta debe presentar la doctrina y la moral católicas en la actualidad con convicción y confianza, siempre apoyados en la gracia de Dios.

Una sinodalidad no anclada en la Escritura, en la Tradición y en el Magisterio de la Iglesia corre el peligro de convertirse en una serie de reuniones y discusiones interminables sin una dirección clara. No puede haber verdadera renovación eclesial sin una clara formación integral para todos los miembros del Pueblo de Dios. La sinodalidad debe mantener unidas la escucha y la enseñanza, el discernimiento y la autoridad, la oración y la docilidad al Espíritu Santo. Sinodalidad y tradición no se excluyen, ya que ambas se necesitan mutuamente.

Gracias a Dios contamos con el Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, aprobado por San Juan Pablo II y promulgado por el mismo Papa el 11 de octubre de ese mismo año. Este catecismo se presenta como un texto de referencia para una catequesis renovada en las fuentes vivas de la fe. Contiene lo que la Iglesia Católica cree, los santos misterios que celebra, la vida moral y la oración cristiana.

Decimos esto en un momento en que la Conferencia Episcopal Alemana ha solicitado a Roma que apruebe un reglamento según el cual se habilitaría a laicos, hombres y mujeres espiritualmente calificados y formalmente comisionados por el obispo diocesano para poder predicar en las celebraciones litúrgicas, también en las Misas.

La solicitud alemana colisiona con el derecho canónico vigente desde 1983.  Este código establece que entre las formas de predicación de la Palabra de Dios destaca la homilía, que es parte integrante de la liturgia y está reservada al sacerdote o el diácono.

En 1997, la instrucción vaticana Ecclesiae de Mysterio profundizó en el fundamento de la citada prohibición:  la homilía no es una función delegable, sino un acto estructural e inseparablemente unido a la acción sacramental que compete al ministro ordenado en virtud del sacramento del Orden Sacerdotal.

En el año 2023,  el cardenal  A. Roche  dirigió una carta formal al entonces presidente de los obispos alemanes respondiendo directamente a los mandatos aprobados en la  V  asamblea sinodal del Camino Sinodal Alemán celebrada ese mismo año en Frankfurt. El cardenal Roche escribió: "Palabra y Sacramento son realidades inseparables y no pueden ser disociadas ni delegadas, ya que su ejercicio es expresión de la sacra potestas conferida por el sacramento del Orden. Hacer de la homilía una cuestión funcional llevaría inevitablemente a que el ministerio ordenado perdiera su especificidad"

El actual presidente de los obispos alemanes tiene previsto viajar a Roma para solicitar también la recognitio vaticana para los Estatutos de la proyectada Conferencia Sinodal Alemana, nueva estructura permanente destinada a implementar en Alemania algunas de las resoluciones del proceso sinodal de toda la Iglesia Católica, que probablemente concluya en octubre de 2028. Ni el Concilio Vaticano II ni el Magisterio posterior han dado su aprobación ni su visto bueno para que un laico (varón o mujer) pueda predicar en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia.

Ni siquiera el Papa Francisco, ni ahora el Papa León han dado permiso ni autorización alguna para cambiar o modificar el Estatuto de las Conferencias Episcopales. También se han opuesto a la ordenación de mujeres, al celibato opcional de los sacerdotes y otras excentricidades por el estilo.

Debemos repetir nuevamente que la Iglesia de Cristo no es una democracia ni nada parecido, sino que su estructuración es jerárquica por voluntad del mismo Jesucristo. Y aunque todos los miembros de la Iglesia poseen la misma dignidad, no todos realizan la misma función ni el mismo ministerio.

Los pastores de la Iglesia (obispos, presbíteros y diáconos) están al servicio de los demás fieles en el ministerio de la Palabra, de la Liturgia y de la Caridad.

Los fieles cristianos laicos (varones y mujeres) tienen la misión de ser sal de la tierra y luz del mundo en medio de la sociedad, como fermento en medio de la masa.

La vocación de las y los laicos consiste en iluminar y ordenar todos los asuntos temporales de tal manera que se lleven a cabo según el espíritu de Jesucristo, y se desarrollen y sean para gloria del Creador y Redentor.

Las y los laicos ejercen el apostolado con su trabajo por evangelizar y santificar a las almas y por perfeccionar y saturar de espíritu evangélico el orden temporal, de tal forma que su actividad en este orden dé claro testimonio de Cristo y sirva para la salvación de las almas.  Dios llama a los y las seglares a que, con el fervor del espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento (Cfr. A.A., 2) 

Ciertamente hemos de orar y trabajar por una Iglesia verdaderamente sinodal, es decir, en comunión, participación y misión. Pero esto no significa hacer lo que quiera la mayoría, ni siquiera lo que decida una o varias diócesis de la Iglesia,  ya que la Iglesia se rige por la voluntad de Cristo que Él mismo confió a los Apóstoles y a sus sucesores los obispos, siempre bajo la autoridad del Sucesor de Pedro, es decir, del Papa.

Si yo no obedezco al conjunto de la Iglesia, ni al Papa, ni a mi propio obispo, ni a mi superior legítimo, estoy atentando contra la unidad y la comunión de la Iglesia, y por tanto me estoy colocando yo mismo fuera de ella. 

Es necesario obedecer a Jesucristo, al Papa, al colegio episcopal, al propio obispo, al superior, al conjunto del Cuerpo Místico de Cristo que es la Santa Iglesia de Dios.