En su nueva campaña, con motivo del 8M, la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) se inspira en cinco mujeres cuya huella ha atravesado los siglos y ha dejado una marca profunda en la historia espiritual, cultural y política del mundo. En primer lugar, la Virgen María, madre de Jesús, constituye para millones el modelo por excelencia de confianza, humildad y fortaleza ante la adversidad. 

Junto a ella, y ya en los primeros siglos del cristianismo, destaca Santa Mónica (siglo IV), ejemplo de perseverancia y esperanza en el ámbito familiar. Durante años rezó incansablemente por la conversión de su hijo Agustín, quien acabaría convirtiéndose en uno de los pensadores más influyentes de la historia cristiana. Su historia muestra cómo la santidad puede ejercerse desde la discreción del hogar y, sin embargo, tener consecuencias históricas.

Siglos más tarde, en el terreno de la responsabilidad pública, emerge la figura de Isabel la Católica (1451–1504), reina de Castilla y protagonista decisiva en la configuración política de España. Su impulso a la empresa americana y su sentido de misión histórica estuvieron profundamente marcados por su fe, integrando convicciones religiosas y acción de gobierno en un momento clave para Europa.

Santa

 

Juana de Arco (1412–1431) encarna la valentía y la fidelidad a la propia conciencia. Siendo apenas una adolescente campesina, lideró tropas francesas en la Guerra de los Cien Años movida por su fe, y murió con solo 19 años. Su canonización posterior la convirtió en símbolo universal de coraje moral frente a la adversidad.

Finalmente, ya en el siglo XX, la figura de Teresa de Calcuta (1910–1997) proyecta esta misma llamada en el corazón de la modernidad. Fundadora de las Misioneras de la Caridad, dedicó su vida al cuidado de los más pobres entre los pobres en la India. Su servicio radical y silencioso fue reconocido internacionalmente, entre otros galardones, con el Premio Nobel de la Paz.

A través de estas mujeres -tan distintas en época, cultura y responsabilidad- la campaña subraya una convicción común: la santidad no es una meta reservada a figuras excepcionales, sino una vocación universal que puede vivirse en cualquier circunstancia.