
Hace apenas tres meses publicaba acerca del Papa: «La visita que reanimará el alma de España», cuando intuía que el evento llegaría a ser más que un acontecimiento religioso o institucional. En una nación fatigada por la confrontación política, la desconfianza hacia las instituciones y por una creciente sensación de incertidumbre moral, la presencia del sucesor de Pedro tenía la capacidad de recordar algunas verdades permanentes que suelen quedar sepultadas bajo el ruido cotidiano de la actualidad. Hoy, las imágenes han recorrido el mundo. Muchedumbres en las calles. Actos multitudinarios: la juventud del Papa con adultos y ancianos participando en una celebración que trascendía lo estrictamente religioso para convertirse también en un acontecimiento cultural y civilizatorio. Incluso muchos ciudadanos alejados de la práctica religiosa reconocieron la importancia del momento. Consumada la visita a Madrid, puede afirmarse que aquella intuición no era exagerada.
«España respondió» como explicó S.M. el Rey a Su Santidad. Y respondió de una forma que sorprendió a quienes llevan años anunciando la irrelevancia social del cristianismo. Porque la realidad posee una incómoda costumbre: termina imponiéndose a los relatos. Durante unos días parece que España recuerda algo de sí misma. No como una España electoral ni partidista, ni reducida a bloques enfrentados. No como una España de tertulia o encuesta, sino como realidad histórica más profunda, construida durante siglos alrededor de una determinada concepción del hombre, de la dignidad humana, de la libertad, de la responsabilidad y de la trascendencia.
Se ha puesto de manifiesto una evidencia que desde décadas se intenta ocultar bajo capas de corrección política y revisionismo cultural: el catolicismo sigue siendo una de las raíces fundamentales de España. Podrá discutirse la práctica religiosa. Podrá debatirse la evolución de las costumbres. Pero nadie, como bien ha explicado el Papa, puede comprender verdaderamente la historia española, su arte, su lengua, su arquitectura, sus instituciones o su sensibilidad moral sin comprender también la profunda huella que el cristianismo ha dejado en ellas.
En una nación fatigada por la confrontación política, la desconfianza hacia las instituciones y por una creciente sensación de incertidumbre moral, la presencia del sucesor de Pedro tenía la capacidad de recordar algunas verdades permanentes que suelen quedar sepultadas bajo el ruido cotidiano de la actualidad
Sin embargo, apenas concluidos los actos en Madrid, comenzó otro fenómeno mucho más conocido y menos espontáneo. La batalla por apropiarse de las palabras del Papa. Existe una tendencia moderna a interpretar toda realidad a través de categorías políticas. Se clasifica a las personas, a las instituciones e incluso a las religiones según los esquemas de izquierda y derecha. Sin embargo, el cristianismo nació dieciocho siglos antes de que tales categorías existieran. Pretender encerrar a un Papa dentro de un programa político resulta tan absurdo como intentar medir una catedral con una regla escolar. Sin embargo, eso es precisamente lo que ocurre una y otra vez. Diversos dirigentes políticos de la Izquierda moralista se apresuraron a mostrar su coincidencia con el mensaje de León XIV. Ministros, portavoces y comentaristas destacaron especialmente aquellas referencias relacionadas con la inmigración, la solidaridad internacional, la acogida de los más vulnerables o la preocupación por los excluidos. Nada habría que objetar a ello. Al contrario. Sería deseable que cualquier responsable público se sintiera interpelado por esas llamadas a la responsabilidad moral y a la dignidad humana. Pero la cuestión no reside en las palabras que se citaron. La cuestión reside en las que se omitieron. Porque León XIV no habló únicamente de inmigración, de acogida, de solidaridad. Habló también de la dignidad inviolable de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, de la responsabilidad moral de quienes legislan, de la verdad como fundamento indispensable de la convivencia, de la necesidad de preservar el significado auténtico de las palabras frente a quienes pretenden vaciarlas de contenido; y habló de una concepción integral de la persona humana que constituye precisamente el núcleo de la antropología cristiana.
Es aquí donde aparece la contradicción que muchos prefieren no examinar. La izquierda europea lleva décadas intentando apropiarse de la dimensión social del cristianismo mientras combate simultáneamente sus fundamentos antropológicos. He ahí la cuestión esencial. Se reivindica el cristianismo cuando habla de pobreza. Se cita al Papa cuando habla de inmigración. Se invoca el Evangelio cuando se refiere a los marginados. Pero desaparece repentinamente el interés cuando la Iglesia defiende la vida del no nacido, la familia como institución natural, la libertad educativa de los padres o la existencia de una naturaleza humana que no depende de la voluntad individual ni de las modas ideológicas.
Durante la Revolución francesa se intentó construir una Iglesia sometida al proyecto revolucionario. En el siglo XIX, liberales y reaccionarios buscaron igualmente una legitimación religiosa de sus respectivas posiciones. Los grandes totalitarismos del siglo XX comprendieron pronto que la Iglesia constituía un obstáculo precisamente porque existía una autoridad moral independiente del poder político. La historia demuestra que los poderes siempre han deseado una religión dócil. Una religión que bendiga sus proyectos. Una religión que confirme sus decisiones. Pero el cristianismo nunca fue llamado a confirmar al poder, sino a juzgarlo moralmente.
Nadie, como bien ha explicado el Papa, puede comprender verdaderamente la historia española, su arte, su lengua, su arquitectura, sus instituciones o su sensibilidad moral sin comprender también la profunda huella que el cristianismo ha dejado en ellas
Gilbert Keith Chesterton observó hace más de un siglo que el mundo moderno estaba lleno de virtudes cristianas que se habían vuelto locas porque habían sido separadas unas de otras y arrancadas del tronco que las sostenía. La frase conserva una actualidad extraordinaria. Porque la solidaridad separada de la verdad termina convirtiéndose en sentimentalismo. La compasión separada de la prudencia acaba degenerando en ingenuidad. La igualdad desligada de la libertad desemboca con frecuencia en nuevas formas de coerción. Y la fraternidad privada de cualquier fundamento trascendente acaba transformándose en una simple consigna política.
Benedicto XVI advirtió reiteradamente de un fenómeno semejante. Europa pretende conservar los frutos morales producidos por el cristianismo mientras corta las raíces que los alimentan. Pero ninguna civilización puede vivir indefinidamente de una herencia espiritual que ha decidido abandonar. La doctrina social de la Iglesia jamás ha sido una ideología. Precisamente por eso resulta incómoda. No encaja completamente en ningún programa político. Critica el egoísmo económico cuando degrada la dignidad humana, como también el colectivismo cuando anula la libertad. Defiende los derechos sociales pero también las responsabilidades personales. Protege al débil aunque igualmente recuerda la importancia de la familia, de las comunidades naturales y de la sociedad civil.
Por eso constituye un error frecuente identificar determinadas afirmaciones pontificias con una adhesión automática a los postulados de la izquierda contemporánea. La cuestión migratoria ofrece un ejemplo particularmente esclarecedor. Durante años se ha difundido la idea de que la posición de la Iglesia consiste simplemente en abrir fronteras y facilitar la acogida. La realidad es bastante más profunda. La Iglesia afirma que toda persona posee una dignidad inherente que debe ser respetada como el perseguido merece protección; que el necesitado merece ayuda. Pero también enseña que las comunidades políticas tienen derecho a ordenar razonablemente los flujos migratorios en función del bien común. El Papa León XIV ha declarado que una sola nación no puede hacerse cargo de los flujos migratorios. Sobre todo, insiste en que la verdadera solución comienza mucho antes de que el emigrante llegue a nuestras fronteras. Comienza en su país de origen. Comienza creando las condiciones necesarias para que millones de personas no se vean obligadas a abandonar aquello que aman. La verdadera compasión no consiste únicamente en gestionar las consecuencias de una tragedia, sino en evitar que la tragedia se produzca.
Se cita al Papa cuando habla de inmigración. Se invoca el Evangelio cuando se refiere a los marginados. Pero desaparece repentinamente el interés cuando la Iglesia defiende la vida del no nacido, la familia como institución natural, la libertad educativa de los padres o la existencia de una naturaleza humana que no depende de la voluntad individual ni de las modas ideológicas
Lo mismo sucede con la defensa de la vida humana. León XIV recordó que la dignidad de la persona no comienza cuando resulta deseada ni termina cuando deja de ser productiva. La dignidad humana no depende de la edad, ni de la salud, de la utilidad social o de la opinión de las mayorías. Esa afirmación constituye uno de los pilares fundamentales de la civilización cristiana.
Pero sin embargo, estos postulados apenas han ocupado espacio en muchos de los comentarios posteriores a la visita. La razón resulta evidente. Aceptar esa premisa obliga a revisar algunos de los presupuestos ideológicos dominantes en buena parte de la política contemporánea. Lo mismo ocurre con la familia, con la libertad religiosa, con el derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones o con la existencia de una verdad moral objetiva. Habló de la necesidad de preservar el significado auténtico de las palabras frente a quienes pretenden vaciarlas de contenido. Todos ellos forman parte del mismo edificio intelectual. No pueden separarse arbitrariamente sin peligrar gravemente su derrumbamiento. Pero los Papas suelen tener la incómoda costumbre de resistirse a esas simplificaciones. Porque hablan desde una tradición que no nació con las encuestas ni terminará con las próximas elecciones. Los gobiernos piensan en meses. Los partidos piensan en legislaturas. La Iglesia piensa en siglos. Y esa diferencia de perspectiva explica muchas incomprensiones.
Durante unos días parece que España recuerda algo de sí misma
Aleksandr Solzhenitsyn que conoció la manipulación sistemática de la verdad en los regímenes totalitarios, escribió que la línea que separa el bien del mal no atraviesa los Estados ni los partidos políticos, sino el corazón de cada ser humano. La observación sigue siendo válida. La gran cuestión planteada por León XIV no es si sus palabras favorecen a una ideología o perjudican a otra. La cuestión es si estamos dispuestos a escuchar el mensaje completo. No sólo aquello que confirma nuestras opiniones previas. También aquello que las cuestiona, que nos obliga a rectificar.
El cristianismo jamás ha sido una ideología de confirmación. Ha sido siempre una llamada a la conversión. Y la conversión comienza precisamente allí donde terminan las comodidades intelectuales. Quizá por eso el verdadero significado de la visita de León XIV no resida en las multitudes, ni en las ovaciones, ni siquiera en el éxito organizativo de los actos. Eso ya pertenece al pasado, pero no sus palabras que comprenden una exigencia incómoda para todos. Para la izquierda, porque no puede reivindicar la dimensión social del cristianismo mientras combate sus fundamentos antropológicos. Para la derecha, porque tampoco puede reducir el Evangelio a una mera defensa del orden o de las tradiciones. Para todos, porque el cristianismo no es una ideología destinada a confirmar nuestras opiniones sino una verdad destinada a juzgarlas.
Queda ahora, todavía, el siguiente periplo de Su Santidad por tierras españolas. El Espíritu Santo le siga iluminando.









