Casi al mismo tiempo, han hablado León XIV y el cardenal Pietro Parolin, de la Inteligencia artificial (IA) pero por caminos bien distintos.

De entrada, aunque el primero se ha empeñado, y supongo que hace bien, en presentarse como un hombre de Francisco para no romper la quebrada unidad de la Iglesia y, con el mismo objetivo, se ha negado a descabalgar a los primeros espadas del Papa Bergoglio, mismamente al secretario de Estado, Pietro Parolin, lo cierto es que uno y otro afrontan de forma muy diversa las situaciones.

Ejemplo: el papa Prevost ha aprovechado la última Audiencia General para pedir, de nuevo, que se aplique su encíclica Magnífica Humanitas: la máquina no es moralmente neutra porque, aunque idiota, detrás de la máquina siempre hay un hombre y la máquina puede multiplicar el sectarismo humano a gran velocidad. Por tanto, la máquina, idiota pero poderosa, no debe sustituir el juicio de valor del hombre, es decir, las decisiones morales del único ser creado racional.

Cuando León XIV nos dice que no debemos delegar nuestras decisiones en algoritmos, nos está hablando de inmoralidad pero, sobre todo, de amoralidad. Y en el siglo XXI hay muchos más amorales que inmorales

Dicho de otra forma, la máquina no debe convertirse en la conciencia de la humanidad: o, en palabras de León XIV, en esa audiencia general del miércoles 16 de septiembre, no se pueden delegar las decisiones humanas en los algoritmos. Es el papel que le corresponde sólo a Dios y éste, al revés que la máquina, ha otorgado libertad al hombre.

Así, mientras León XIV habla del sustrato de la IA, en plena polémica política -tonta e interesada, como casi todas las tormentas de los políticos y las económicas de las grandes empresas- el cardenal secretario de Estado, Pietro Parolin enfocaba el asunto desde un ángulo diferente, más laico, es decir, más mundano: es urgente gobernar la IA, preocupa que algunos países actúen por su cuenta.

Con todo respeto, eminencia, eso es una tontería. La regulación política o comercial no suele servir para nada a nadie y al Cuerpo Místico menos que a nadie. La regulación es una cuestión mercantil, que sólo la solicita aquel que está perdiendo la carrera de la competencia y cuota de mercado.

Y sí, la libre competencia es importante, ya lo creo, para resaltar la igualdad de oportunidades, pero no puede acabar en aquella guasa de los años noventa y su legislación anti-monopolio: el día en que se descubra una vacuna contra el cáncer las autoridades anti-monopolio prohibirán su aplicación hasta que otro competidor no descubra otra vacuna contra el cáncer, a fin de que el mercado pueda comparar.

Inteligencia artificial. La IA es poderosa pero, como todo lo poderoso, el hombre bueno la utilizará para el bien y el hombre malo para el mal. Eso es lo que importa

Parolin habla de normativas, de la ley positiva para controlar la IA. Prevost habla de ley natural. Lo segundo es mucho más importante que lo primero y, en cualquier caso, lo segundo sería lo único que debería preocuparle a un cardenal de la Iglesia.

Por otra parte, León XIV no nos está hablando de inmoralidad sino de amoralidad... que es peor. Inmoral es el que contraviene la ley natural, que hace el mal porque le conviene. Amoral es aquel que no va contra su conciencia simplemente carece de conciencia. No va contra la norma moral actúa al margen de ella. Y si encuentra un algoritmo que le indique el camino más eficaz para conseguir su objetivo no se para un segundo a preguntarse si ese objetivo es bueno para su bien individual o para el bien común.

Traducido: un acuerdo entre países sobre la IA es una chorrada. La IA es poderosa pero como todo lo poderoso el hombre bueno la utilizará para el bien y el hombre malo para el mal. El inmoral utilizara la IA para el mal, si le conviene. Si no, no. El amoral es más peligroso -de ahí la preocupación de León XIV- porque 'pasa' del bien y del mal: si el algoritmo le resulta cómodo lo utilizará, sin reparar en causas ni en consecuencias. En el siglo XXI hay más amorales que inmorales. 

La IA no es ni buena ni mala pero es un instrumento de poder inmenso. Una pistola no es ni buena ni mala, pero en manos de un malvado sirve para matar. Por eso, precisamente, porque la IA no es buena ni mal, sólo poderosísima (tan idiota como poderosa) y no se le debe permitir que rija nuestras vidas, Pero les aseguro que eso no podrá impedirlo ninguna regulación normativa. Apelemos a la conciencia no al Boletín Oficial del Estado.