Como algunos de ustedes ya saben, hoy día 19 se cumplen cuarenta y cinco años de la muerte en su casa de Cádiz, con el crucifijo en la mano, tras haber recibido las Gracias sacramentales, y rodeado de su extensa familia, del eximio dramaturgo, poeta, novelista, guionista de cine y televisión, y articulista de prensa José María Pemán.
Y esta es una de las efemérides que, a pesar, de que casi todos estamos pensando en el acontecimiento deportivo de esta noche, no nos puede dejar indiferentes, a pesar de que muchos españoles no sepan quién es ese tal Pemán.
Hace unos cuántos años, me encontré casualmente con un antiguo alumno al que, tras el abrazo y las preguntas de rigor, le inquirí sobre sus lecturas actuales, pues era de los pocos que solía leer los libros que yo recomendaba en clase o en las tertulias informales en la cafetería de la universidad.
Me dijo que estaba leyendo a un determinado autor. Su nombre me resultaba totalmente desconocido y, al manifestarle esa ignorancia, con un aspaviento impostado de sorpresa mayúscula, exclamó: “Pero, cómo, profesor, ¿no conoce a…?” Yo encogí los hombros y puse una cara de sentirlo, cuando él comenzó a reírse y me dijo que tal autor no existía, pero que al verme recordó una escena en clase que se le había quedado grabada y decidió tomarme el pelo.
Me dio mucha pena que a las generaciones que han sufrido las perniciosas leyes educativas que se iniciaron en 1985 se les haya hurtado saberes y herramientas intelectuales fundamentales para entender la realidad, comprenderse a sí mismos y tener criterios sólidos para afrontar su vida en camino hacia la Otra
Lo que recordamos juntos era que, cuando me di cuenta de que los alumnos no sabían nada de la Historia de España anterior a la Guerra de la Independencia, les recomendé que, para comenzar a paliar esa tremenda carencia (de la cual ellos no tenían culpa, sino el nefasto sistema educativo español), deberían leer la “Historia de España contada con sencillez”, de Pemán. Al percatarme de que muchos no conocían a uno de los mejores poetas y articulistas del siglo XX, con un aspaviento de sorpresa mayúsculo exclamé la frase que da título a este artículo.
Una vez más, me dio mucha pena que a las generaciones que han sufrido las perniciosas leyes educativas que se iniciaron en 1985 se les haya hurtado saberes y herramientas intelectuales fundamentales para entender la realidad, comprenderse a sí mismos y tener criterios sólidos para afrontar su vida en camino hacia la Otra.
Y una vez más, recordé algunas de las conclusiones de mis investigaciones académicas sobre la desinformación y la manipulación de los medios periodísticos “regresistas”. Una de las más importantes es que, junto a la calumnia sistemática, la “técnica” manipuladora más dañina es el “silenciamiento activo” de los acontecimientos, personas e instituciones cuyo conocimiento pone en jaque la falsedad del “relato regresista” que se quiere imponer a través de la propia propaganda ideológica.
Pues bien, hete aquí que José María Pemán ha sufrido tanto la calumnia sistemática y permanente del social-comunismo, adobada por la inacción cobarde del centro-derecha sin convicciones, como el silenciamiento activo de la mayor parte de los medios de uno y otro perfil, durante las cuatro últimas décadas.
La “excusa” para esta persecución de José María Pemán ha sido su “colaboración con el Régimen franquista”, que resurgió con virulencia debido a la nefasta ley de memoria histórica de Zapatero que Rajoy no derogó. Y de ahí el reciente episodio de “la placa de Cádiz” que, como saben, ha terminado felizmente y ha sido restituida.
Pero el verdadero motivo de esas calumnias, de ese silenciamiento durante varias décadas, y de esa virulenta traca final es otro: toda la obra de Pemán está transida de un hondo sentido humano y cristiano, fruto de su sincera vivencia personal de un catolicismo verdadero y coherente. Obra que, además, por su espléndido arte divulgativo, por su sencillez narrativa, llega y gusta a todos las personas no infectadas por las “ideolatrías” fanáticas.
José María Pemán ha sufrido tanto la calumnia sistemática y permanente del social-comunismo, adobada por la inacción cobarde del centro-derecha sin convicciones, como el silenciamiento activo de la mayor parte de los medios de uno y otro perfil, durante las cuatro últimas décadas
El que este “silenciamiento activo” haya afectado también a otros excelentes escritores de vida y pensamiento católicos, que jamás colaboraron con el franquismo, como es el caso, por poner un solo ejemplo, de Julián Marías, uno de los mejores filósofos españoles del siglo XX, es una prueba fehaciente de lo que acabo de afirmar en el párrafo anterior.
Conocí personalmente al gran maestro gaditano, precisamente en una Iglesia de Jerez, allá por 1970, cuando yo tenía 16 o 17 años. Ya había visto su cara en la televisión, pues solía presentar brevemente el capítulo semanal de El Séneca, una serie de cuya idea y guion era autor, y que toda la gente de bien de España, entonces mayoritaria, veía con agrado y aprovechamiento moral. Y cuyas cintas, tiempo después, en una prueba más de sectarismo totalitario, fueron eliminadas de los archivos de TVE.
Por eso, cuando llegué a la Iglesia, un minuto antes de que comenzara la Santa Misa, me fijé en que en el segundo banco a la izquierda había un señor mayor, a cuyo lado estaba una señora que podría ser su hija, que me pareció que era el escritor gaditano. Cuando llegó la hora del “daros fraternalmente la paz”, me adelanté, le di la mano a ambos y me cercioré de que, en efecto, era él.
A la salida, algo emocionado porque entonces yo no había tenido la oportunidad de hablar con alguien tan importante, me acerqué y me presenté, diciéndole que yo quería estudiar periodismo y ser escritor. Con una sonrisa paternal en sus ojos y en su boca, me dijo que hacían falta muchos periodistas y escritores que buscarán la verdad y el bien. Le contesté que eso era lo que yo le había prometido a mi padre, poco antes de que él muriera. Asintió complacido y, cuando iba a decir algo más, su hija intervino para hacerle ver que lo estaban esperando para comer y que iban a llegar tarde…
Considero que es una verdad y un bien reconocer la grandeza de una figura de relieve universal y leer al menos algunas de sus obras. Aunque lo que más me ha interesado haya sido analizar sus excelentes artículos en la página 3 del ABC, con lo que más he disfrutado y lo que más bien me ha hecho y hace son sus poesías religiosas más conocidas, poseedoras de una indudable profundidad teológica y de cierta altura mística, pero laical y moderna, y que se hace asequible a las personas de buena voluntad.
Y, desde luego, a todos aquellos que hayan sufrido el sistema educativo imperante y no conozcan la maravillosa historia de nuestro país, sigo recomendándoles su breve “Historia de España contada con sencillez”.











