Hay eslóganes políticos que envejecen mal. Y luego está el “No a la guerra”, que ni siquiera envejece: simplemente se repite hasta convertirse en una canción machacona que no significa nada. Y es que, en España, pasa tanto y tan deprisa, que no da tiempo a centrar el análisis en algo concreto, porque llevamos semanas asistiendo a una sucesión de episodios políticos y sociales que, vistos en conjunto, parecen escritos por Valle-Inclán en una tarde especialmente inspirada. Un auténtico esperpento nacional, que no es el primero que hago, como saben bien los que me siguen.

El primer acto llegó con la reciente celebración del 8M, en el que no se habló de conciliación, maternidad, precariedad laboral o violencia. Y, aun así, la escena tenía algo de surrealista, porque el feminismo institucional español, lejos de aparecer unido, llegaba dividido en dos manifestaciones distintas. Por un lado, las organizaciones que sostienen que los hombres que se autoperciben mujeres deben ser considerados mujeres, liderado por el feminismo desquiciado de Irene Montero. Mientras que, por otro lado, aparecían las feministas apiñadas en torno a Lidia Falcón, que denuncian que los hombres trans borran el concepto mismo de mujer. Dos marchas, dos discursos enfrentados y un mismo eslogan pacifista: “No a la guerra”, que no sé bien qué pintaba en el día de las feministas, que no de la mujer, que estas juegan en otra liga.

Por otro lado, Pedro Sánchez volvía al circo mediático anunciando que España se posicionaba claramente «en cuatro palabras: no a la guerra». Pero el momento verdaderamente esperpéntico llegó apenas veinticuatro horas después. España protagonizaba una escena digna de manual: zarpaba la fragata más avanzada de la Armada española, la Cristóbal Colón.

El nuevo esperpento fue el ejercicio de contorsionismo político que siguió. La ministra de Defensa, Margarita Robles, y el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, tuvieron que navegar entre dos aguas: mantener la narrativa pacifista del Gobierno sin contradecir los compromisos militares de España. El resultado fue un espectáculo curioso de funambulismo retórico que podríamos resumirse así: no estamos en guerra, aunque participemos en operaciones militares que se parecen mucho a una guerra.

Todo ello para no desnudar el mensaje político del presidente Pedro Sánchez, que intenta sostener simultáneamente el discurso de la izquierda pacifista y las obligaciones estratégicas de un país miembro de la OTAN. La paradoja es que ni siquiera ese esfuerzo ha servido para movilizar al electorado progresista. Las encuestas siguen mostrando un desgaste creciente del Gobierno, pese a la constante activación de la vieja matraca ideológica izquierdista.

Mientras tanto, el espacio político a la izquierda del PSOE atraviesa su propio proceso de descomposición. Yolanda Díaz anunció recientemente su despedida del liderazgo de Sumar, aunque la noticia llegó con cierto retraso respecto a la realidad política: hacía tiempo que nadie parecía considerarla líder de nada. Esto no impidió que aportara su granito de arena al debate sobre la guerra: «El Gobierno está haciendo lo que tiene que hacer», lo que pasa es que con esa frase no sabemos bien qué es lo que tiene que hacer: ir a la guerra o no ir…

Pero el episodio del novelón esperpéntico que mejor resume el clima político de estas semanas tiene nombre propio: Sara Santaolalla. Primero, la analista denunció al periodista Vito Quiles por una supuesta agresión en plena calle. En cuestión de horas, el caso se convirtió en un asunto de estado, pues salieron públicamente a respaldar la de versión Santaolaya Félix Bolaños, ministro de la presidencia, y Pachi López, portavoz del PSOE en el congreso; y, para colmo, el propio ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, que llegó a afirmar que se haría todo lo posible por esclarecer los hechos.

El problema fue que los hechos se esclarecieron demasiado rápido. El juzgado rechazó la denuncia, el informe del médico forense desmontó la supuesta agresión y la orden de alejamiento solicitada fue denegada. Los vídeos difundidos desmentían la versión de la denuncia que se había presentado inicialmente.

Y aún quedaba el último giro del guion. Pocas horas después del archivo judicial, la delegación del gobierno en Madrid sancionó administrativamente a Vito Quiles con 10.400 euros por altercados en la vía pública. Una medida posible gracias a la conocida “ley mordaza”, aquella norma que la izquierda odiaba y prometió derogar cuando estaba en la oposición y que, después de siete años en el poder, sigue perfectamente vigente. Mientras tanto, Quiles ha anunciado que exigirá 250.000 euros de indemnización por daños morales a Santaolalla. El asunto promete nuevos capítulos.

Y para completar el esperpento nacional, la gala de los Goya, que volvió a convertirse en su tradicional aquelarre de titiriteros subvencionados que no hablan de cine, ni de arte, ni de proyectos… Una vez más se escucharon discursos contra la guerra, pero de una guerra que ya no existe que es la de Gaza y Palestina. Sin embargo, ni una palabra sobre Irán, donde las mujeres siguen siendo detenidas o condenadas a muerte por no llevar correctamente el velo. Al parecer, en Irán hay una guerra que resulta ideológicamente incómoda.

Pero entre la chapa de la sandía, las declaraciones contra los cristianos y el No a la guerra, no hubo tiempo de hablar de los muertos de Ademuz, los afectados por la DANA que siguen esperando ayudas o los ciudadanos canarios que aún viven en casetas de obra tras la erupción volcánica.

Pero esos problemas no caben en una pancarta. Así que seguimos con el ritual del “No a la guerra”, convertido ya en una consigna automática que sirve para todo y para nada. Un lema que se repite mientras las fragatas zarpan, los ministros improvisan explicaciones y los activistas se enzarzan en sus propias batallas internas. Así es el pacifismo político español: estar contra la guerra… incluso cuando se participa en ella.

Insumisas (Almuzara) Manuel Espín. Para esta nueva generación de mujeres que han perdido el norte de los orígenes, este libro es una referencia de verdaderas mujeres empoderadas, cuando verdaderamente no existían y su lucha fue real. Desde Emilia Pardo Bazán hasta el Lyceum Club Femenino, muestran la lucha de las mujeres en España por superar los prejuicios históricos que las relegaban al ámbito doméstico. Entre el sufragismo, la cultura y la política, muchas desafiaron normas sociales para conquistar educación, derechos y presencia pública durante los siglos XIX y XX.

¿Por qué la guerra? (Tusquets) Richard Overy. Para comprender y reducir la violencia humana es necesario analizar sus raíces biológicas, antropológicas, históricas y sociales. El historiador Richard Overy examina en este ensayo las causas profundas de la guerra, partiendo del célebre debate entre Sigmund Freud y Albert Einstein. Desde el Neolítico hasta la actual Guerra de Ucrania, analiza si la violencia nace del individuo o de las sociedades.

Opiniones que no sostengo (Encuentro) G.K. Chesterton. Este volumen reúne artículos de Chesterton dedicados a cuestiones culturales como la literatura y la educación, aunque sobresalen sus reflexiones políticas: la corrupción del gobierno británico, el riesgo de guerra y la posición que debía adoptar Inglaterra. Con su característico ingenio, Chesterton combina ironía y agudeza crítica. El autor, prolífico periodista que colaboró durante décadas con The Illustrated London News, firmó miles de ensayos periodísticos.