
Las noticias de esta semana, comenzando por los resultados de las elecciones andaluzas, el auto del juez Calama sobre las andanzas de José Luis R. Zapatero y la reacción ante ese auto del Presidente del Gobierno, de sus ministros y su partido, y la de los distintos medios de comunicación, me han llevado a reflexionar una vez más sobre esas palabras proféticas de Chesterton, de hace más de un siglo, en el que decía que llegaría un momento en que habría que blandir la espada para demostrar que la hierba es verde.
Desde luego, aunque mi amigo Gilbert se refería a más aspectos de la falta de amor o respeto por la verdad, no sólo a la negación de la evidencia, es innegable que esta aberración ha alcanzado características de epidemia global y que esta semana ha vuelto a mostrar un pico elevado.
También me ha venido a la cabeza aquel día en el que, estando con un conocido viendo un partido de fútbol por televisión en un bar del barrio, el árbitro pitó un penalti clarísimo, indubitable, contra el equipo del que ambos éramos simpatizantes. Él, inmediatamente, empezó a despotricar contra el juez de la contienda, y a enhebrar un discurso victimista sobre la persecución hacia “nuestro equipo”. Cuando paró un momento para respirar, intervine para decirle que esta vez no era así, pues la infracción de “nuestro” defensa era clarísima y que mirara la pantalla pues estaban repitiendo la jugada en la “moviola”. En vez de hacerme caso, me miró extrañado, y me afeó que yo no defendiera a “nuestro” equipo. Como el momento no era propicio para explicarle que uno de mis principios es “Amicus Plato, sed magis amica Veritas”, me limité a decirle: “es que ha sido penalti, hombre”.
Considero, querido lector, que a usted no le hace falta que le explique la similitud de esta reacción de mi conocido con la de muchos votantes, en un caso, y con la de un sinfín de políticos y periodistas, en otro. Ya no importa la verdad, la realidad, aunque sea evidente, sino el interés del partido político, el triunfo del relato que se quiere imponer, la defensa de “los nuestros” ante “los otros”; “que la verdad no te estropee un sensacional reportaje”, o ponga en peligro los “favores” del Poder…
Lógicamente, esta actitud tiene sus raíces filosóficas, su causalidad y calificación ética y espiritual, y sus consecuencias personales y sociales.
Ya no importa la verdad, la realidad, aunque sea evidente, sino el interés del partido político, el triunfo del relato que se quiere imponer, la defensa de “los nuestros” ante “los otros”; “que la verdad no te estropee un sensacional reportaje”, o ponga en peligro los “favores” del Poder
En cuanto a lo primero, podríamos resumirlo, en la ruptura con el realismo y la irrupción antitética del idealismo, cuya cumbre fue Hegel. Una anécdota, que ya he contado en uno de mis libros, puede servir para entenderlo. Estaba el filósofo alemán acabando de explicar su teoría dialéctica de la Historia, cuando un asistente se levantó para decirle que esa teoría no concordaba con determinados hechos históricos comprobados. Hegel, entonces, respondió: “Pues si mi teoría no concuerda con los hechos, peor para los hechos”.
Como saben, la soberbia hegeliana influyó notablemente, con las aportaciones de posteriores de Niestzche y de otros, en el Nazismo y, por otro lado, en el Comunismo. Marx y Engels, sus deudores principales, afirmaban que “la verdad es todo y solo aquello que favorece la Revolución Comunista”. De ahí que, un siglo después, la restitución de la verdad real fuera para el sindicato polaco Solidaridad la base para luchar contra la mentira totalitaria. En muchas pancartas de sus valientes manifestaciones podía leerse “2+2=4”.
Y ya que hemos introducido el término ético y espiritual soberbia, cabe afirmar que este es el pecado original de toda negación de la evidencia y, por ende, de todas las formas de mentira, entre las que se encuentran las ideologías que han dado lugar al planteamiento actual de lo “woke”. No en vano se tilda al diablo de “padre de la mentira”.
Las consecuencias personales y sociales de no aceptar la realidad y, por tanto, la verdad que, en palabras de Antonio Machado, “es lo que es, aunque se piense al revés”, son enormes y, desde luego, no se pueden resumir en un artículo. Con lo que, de nuevo, recurriré a otro suceso histórico. Esta vez más cercano en el tiempo y que Usted recordará. Cuando la ministra socialista Bibiana Aido, impulsora por delegación de una nueva ley del aborto, más criminal que la anterior, declaró que el feto no era un ser vivo, se le hizo ver fehacientemente cómo un feto en el seno materno se movía, respiraba, su corazón latía… Y se le preguntó si acaso el que estaba viendo no era un ser vivo. Entonces, en voz baja y balbuceando, dijo “bueno, pero no es un ser humano”.
Soberbia, cabe afirmar que este es el pecado original de toda negación de la evidencia y, por ende, de todas las formas de mentira
Todas las leyes inhumanas y perturbadoras de la vida y de la convivencia social han comenzado por la no aceptación de la verdad. De hecho, el relativismo que ha imperado en el siglo XX y que ha derivado en nuestros días, como le gusta repetir al director de Hispanidad, en la blasfemia contra el Espíritu Santo, tienen en esa actitud su origen y fundamento. Como también es el origen y fundamento del ateísmo y de las herejías. Y de las tiranías y de los totalitarismos como ya demostraran de distinta manera, entre otros, George Orwell y Juan Pablo II.
Precisamente, el santo Papa polaco, de feliz y excelsa memoria, al contemplar la situación en que se encontraba el mundo y la propia Iglesia, poco antes de su muerte exclamó: “Tenemos que amar y defender la Verdad, aunque quedemos solo doce”.
Pienso que todavía somo más de doce los que amamos la verdad y, por tanto, la libertad, más que a Platón, siendo éste cualquier persona, institución, teoría, interés o cosa.
Por lo que es urgente que usted y yo nos tengamos que plantear, cada uno en sus circunstancias concretas, cómo estamos defendiendo la verdad. Si me aceptan la sugerencia, quizás sea un buen comienzo pedirle diariamente a La Verdad, a Cristo, que nos enseñe y ayude a ser humildes (o sea, a “andar en verdad”, que decía nuestra santa Teresa) y valientes, desde Su Cátedra en la Cruz, y desde su Presencia Viva en la Eucaristía. Y, con el Rosario en la mano, hacer lo que Él nos indique. Seguro que, entre otras cosas, hará que recordemos aquello que san Juan Pablo II nos dijo en Cuatro Vientos: “la verdad se propone, no se impone”; o quizás nos anime a leer o releer la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI; o que nos impela a Confiar en Él y no tener miedo a ser mártires de la paciencia o de la coherencia.









