León XIV se ha despedido de África -donde ha realizado  un viaje apostólico, del 13 al 23 de abril, en Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial- y de este último país con una misa esta mañana en la que, en la homilía, ha señalado: "¡Gracias, Señor! Te alabamos y te bendecimos, porque has querido hacerte para nosotros Eucaristía, pan de vida eterna, para que podamos vivir para siempre. Precisamente ahora, queridos amigos, mientras celebramos este sacramento de salvación, podemos exclamar con alegría: “¡Cristo lo es todo para nosotros!”. En Él encontramos plenitud de vida y de sentido: «Si estás oprimido por la injusticia, Él es la justicia; si tienes necesidad de ayuda, Él es la fuerza; si tienes miedo de la muerte, Él es la vida; si deseas el cielo, Él es el camino; si estás en las tinieblas, Él es la luz» (S. Ambrosio, De Virginitate, 16,99). Con la compañía del Señor, nuestros problemas no desaparecen, pero son iluminados: así como toda cruz encuentra redención en Jesús, así en el Evangelio la historia de nuestra vida encuentra sentido. Por eso hoy cada uno de nosotros puede decir: «Bendito sea Dios, que no rechazó mi oración, ni apartó de mí su misericordia» (Sal 66,20). Él siempre nos ama primero; su palabra es para nosotros Evangelio, y no tenemos nada mejor para anunciar al mundo. Esta evangelización nos involucra a todos, a partir del Bautismo, que es sacramento de fraternidad, baño de perdón y fuente de esperanza. A través de nuestro testimonio, el anuncio de la salvación se hace gesto, se hace servicio, se hace perdón; en una palabra, se hace Iglesia".

El Santo Padre ha proseguido: "Como enseñaba el Papa Francisco, verdaderamente «la alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús» (Exhort. ap. Evangelii Gaudium, 1). Al mismo tiempo, cuando compartimos esta alegría, percibimos aún mejor el riesgo de «una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor» (Ibíd., 2). Ante tal cerrazón, es precisamente el amor del Señor el que sostiene nuestro compromiso, especialmente al servicio de la justicia y de la solidaridad. Por ello, os animo a todos vosotros, Iglesia que peregrina en Guinea Ecuatorial, a continuar con alegría la misión de los primeros discípulos de Jesús. Leyendo juntos el Evangelio, que seáis anunciadores apasionados, como lo fue el diácono Felipe. Celebrando juntos la Eucaristía, que deis testimonio con vuestra vidas de la fe que salva, para que la Palabra de Dios se convierta en pan bueno para todos".