
La Creación de Adán, pintada por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina en 1512, es una de las obras más icónicas del Renacimiento y tal vez incluso de la humanidad. Evoca aquel momento bíblico descrito en el Libro del Génesis, donde Dios infunde vida al primer hombre, Adán, en un gesto casi tangible y las manos extendidas sin tocarse del todo.
Tanto tiempo después, el hombre juega hoy en día a ser Dios tras crear la IA (el Adán digital de la nueva era). En ambos hitos coincide el hecho que los creadores crean sus creaciones a imagen y semejanza. Es más, al igual que en el Antiguo Testamento, a las nuevas criaturas se les dota de inteligencia, memoria, emociones y conciencia.
Así el nuevo Adán camina a marcar un hito en el devenir de la humanidad, acabando con el fin del monopolio de la inteligencia. Desde el punto de vista ontológico, si ya no somos los únicos "inteligentes", ¿qué es lo que nos hace todavía humanos? Tal vez las emociones, la capacidad de sentir amor y odio.
Pero qué pasará cuando las máquinas inteligentes emulen sentimientos y conciencia –como constataba en 2018 el autor de las “e-Mociones en la IA” – con una frontera cada vez más difusa entre la biología y el silicio, en la que la tecnología "hackea" y reconfigura nuestra arquitectura emocional.
Como en la Creación de Adán de Miguel Angel, parece que en la actualidad no vivimos en la realidad, sino en el relato que nuestro cerebro construye sobre ella. La IA son ya casi máquinas que han "leído" toda la narrativa humana y ahora son capaces de generar relatos coherentes. Si dejamos que el Adán digital decida qué historias consumimos o cómo interpretamos el mundo, nuestro "cerebro narrativo" humano corre el riesgo de volverse pasivo, igual que el brazo lánguido en el fresco de la Capilla Sixtina.
En el fresco renacentista, la energía fluye de Dios hacia Adán, mientras que en la IA lo hace de la máquina hacia el humano (¿o es al revés?). Las máquinas inteligentes no sienten (todavía) del todo, pero es un catalizador de pasiones humanas tan potentes que pueden alterar nuestra química cerebral. Estamos ante una "creación" con “e-Pasiones” en una red de datos y emociones compartidas que, sin alma propia, es capaz de mover el alma del creador.
No se si nos hemos percatado pero Miguel Angel humanizó lo divino. Hoy en día, sin embargo, parece que estamos viviendo un nuevo Renacimiento del silicio en el que la IA está "divinizando" lo humano al convertir nuestras huellas digitales en una inteligencia autónoma.
En ese periplo sacro, no alcanzamos a ver si el Adán digital será capaz de crear también arte con alma o si se queda solo en la superficie.
Hay tantas eclosiones en lo digital que los gases del volcán en erupción no nos deja disipar el horizonte. Pero una cosa parece cierta, cada vez cobra menos sentido permanecer y resistirse al cambio, cuando lo único que no cambia es el cambio.
Por lo que a Europa y los europeos se refiere, en la época del romanticismo del silicio haría falta menos laca, performances y más Realpolitik. Que hayamos gozado del glorioso pasado, no nos garantiza ningún futuro floreciente. El verdadero peligro no es la máquina que piensa, sino el brazo que permanece lánguido y pasivo.









