
Enriquecimiento, inmoralidad y asesinatos, estas son las tres dimensiones con las que los historiadores han calculado el volumen de la masonería. Otra cosa es lo que dicen los masones de sí mismos y sus mariachis, lo que produce el mismo efecto en quien lo escucha que aquella película española, Los ladrones somos gente honrada, en la que José Luis Ozores, Antonio Garisa y Pepe Isbert nos hacían troncharnos de risa. Y esas tres dimensiones, ancho, largo y alto, le sirven a Enrique de Diego para calcular el pernicioso volumen de la masonería actual en España, con nombres y apellidos, en su nuevo libro titulado El PSOE, instrumento de la masonería; por cierto, dicho libro está en el número 1 en ventas de una conocida página, de cuyo nombre claro que puedo acordarme, pero no quiero escribirlo. Una pista: es la misma en la que usted está pensando.
El secretismo de la masonería pretende tapar las malas artes de sus miembros, pero lo que ocurre es que por muchas mantas que se le eche encima, al final el dinero se acaba viendo. Y eso es lo que ocurrió en 1820, fecha que se considera el momento de la gran expansión de la masonería en España. La causa del impresionante crecimiento de la secta durante la etapa del Trienio Liberal (1820-1823), en el reinado de Fernando VII (1814-1833), la explica muy bien Mariano Tirado y Rojas, que perteneció a la masonería, y arrepentido años después contó lo que había pasado desde el principio. Vemos lo que escribe Mariano Tirado y Rojas de cómo se forraron los masones, por si lo de 1820 guarda algún parecido con lo que sucede en la España gobernada por Pedro Sánchez:
“Constituidos del modo que queda dicho ambos Orientes, el de Argüelles tomó posesión del poder en la persona de su Gran Maestre, cuyo primer cuidado fue entrar a saco en el Tesoro público para enriquecer a las logias y a los afiliados a ellas.
Sobre este punto es curioso y muy instructivo lo que dice Sierra Comas en sus Misterios de las sectas secretas, obra contemporánea de los hechos que narra y de incuestionable autoridad en este punto, por hallarse su autor muy al tanto de los sucesos ocurridos en aquel entonces. De Lozano Torres dice que siendo tesorero de Hacienda malversó 80 millones de reales, que fueron a ingresar en totalidad o en gran parte en las arcas del Gran Oriente; de Argüelles, que giraba por millones de una manera escandalosa; de Toreno, de Mendizábal y de Canga-Argüelles, que estando pobres como el día que nacieron, se vieron ricos de la noche a la mañana, hasta el punto de poder dotar Canga-Argüelles a una hija suya en la suma de 320.000 reales en oro.
Con estos datos, y sin recurrir a otros, hay más que suficiente para que el lector se halle al tanto de la moralidad masónica y para que se explique cómo han podido desaparecer en brevísimo espacio de tiempo, los productos de incautación, presupuestos extraordinarios, empréstitos y demás sangrías hechas por los gobiernos del liberalismo en las venas de la antes próspera y dichosa, y hoy miserable y desventurada España”.
El secretismo de la masonería pretende tapar las malas artes de sus miembros, pero lo que ocurre es que por muchas mantas que se le eche encima, al final el dinero se acaba viendo
No, no exagera Tirado y Rojas y todavía se queda corto. Me permito añadir un dato más a lo que dice este autor. Cuando Argüelles tomo posesión de su cargo en 1820 se apoderó de 720.000 reales del erario público, justificando esa rapiña como cobro de haberes atrasados, por haber sido separado del cargo seis años antes por los absolutistas. Y por hacernos una idea de lo que esa cantidad significa, diré que 720.000 reales equivalían a todos los sueldos de un catedrático de Universidad de entonces durante 48 años. Y no fue solo Argüelles, porque siguiendo su ejemplo el resto de sus compañeros hicieron otro tanto.
En cuanto a la inmoralidad, la segunda dimensión de la masonería naciente, he comprobado en mis investigaciones sobre los libros en la época de Fernado VII, que uno de las novelas que con mayor fuerza contribuyó a crear una mentalidad antirreligiosa fue una novela pornográfica, en la que se cuentan las aventuras entre Dirrag, un depravado jesuita, y Éradice. Semejantes guarrerías, publicadas de forma anónima e importada de Francia, fue tan difundida por los ilustrados franceses y aquí por sus seguidores hispanos, que su autoría llegó a atribuirse a Diderot (1713-1784), aunque en realidad el autor fue el siniestro Jean-Baptiste de Boyer (1704-1771), guarro en todos los sentidos ya que a su paso dejaba un olor insoportable, porque presumía de no cambiarse nunca de ropa interior.
Y como tercera dimensión de la aparición de la masonería en España hay que referirse a los asesinatos. Con la patraña de que los muertos por la epidemia del cólera en Madrid de 1834 se debían a que los frailes habían envenenado las fuentes de la capital de España, solo en la noche del 17 al 18 de julio asesinaron a 80 religiosos. Y eso fue solo el principio porque en los meses siguientes asesinaron a 19 frailes en Zaragoza, 23 en Reus y 16 en Barcelona. Y quien dirigía entonces el Gobierno, que era el famoso dramaturgo Martínez de la Rosa y que, por lo tanto, sabía muy bien de lo que hablaba en un relato posterior afirmó sin ambages que “fue público y notorio que aquella catástrofe fue obra de las sociedades secretas para precipitar la revolución y arrojar del mando al partido moderado, aprovechándose del terror que difundió la aparición repentina del cólera, inventando lo del envenenamiento de las aguas como otras absurdas que inventaron en otras capitales”.
La veta satánica de las logias les ha debido llevar a la conclusión a los Hijos de la Viuda de que ya que no pueden acabar con Dios, al menos lo van a intentar con el hombre, por aquello de que fue creado por Él a su imagen y semejanza
Como decía, las fechorías de la masonería se han pretendido tapar con una manta, y esa tapadera no es otra cosa que reducir la acción de la masonería a una pretendida defensa de los valores en alza de entonces, como eran los de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Versión que han difundido incluso escritores e historiadores que yo clasifico en el grupo de los católicos moderaditos. Y esto explica que usted, querido lector, si se educó incluso en colegio con ideario católico, puede que haya visto a su profesor de Historia poner los ojos en blanco cuando pronunciaba el triple lema, que no se sabe si es que porque sabían idiomas o porque entraban en trance, los muy cursis hablaban en lenguas y lo decían en francés: Liberté, Égalité, Fraternité.
Pues la gran aportación del libro de Enrique de Diego consiste en descubrir los nombres de quienes ahora han cogido el testigo de la masonería descrita hasta aquí, personajes que incluso han empeorado al máximo su objetivo. Y ojalá estuviera equivocado Enrique de Diego cuando afirma que en la actualidad lo que se propone la masonería es el exterminio de la especie humana. Y para mí que no le falta razón cuando descubre esta pretensión masónica, otra cosa es que lo consigan. Y digo que no le falta razón, porque la veta satánica de las logias les ha debido llevar a la conclusión a los Hijos de la Viuda de que ya que no pueden acabar con Dios, al menos lo van a intentar con el hombre, por aquello de que fue creado por Él a su imagen y semejanza. Esto es lo que escribe Enrique de Diego:
Ojalá estuviera equivocado Enrique de Diego cuando afirma que en la actualidad lo que se propone la masonería es el exterminio de la especie humana
“Voy a referirme a un hecho histórico que sacudió los cimientos del PSOE, después del cual el socialismo muta hacia otra cosa y se presta al exterminio de la especie. Me refiero a la caída del Muro de Berlín sucedida el 9 de noviembre de 1989. No me tiene nadie que contar la historia, porque es un tiempo que he vivido. Mientras Francis Fukuyama nos entretenía suicidamente con su libro, inspirado en Koseve, torpe discípulo de Hegel, El fin de la historia, afirmando que el capitalismo y la democracia liberal habían triunfado definitivamente para el resto de los siglos, el socialismo, y el PSOE, entraban en pánico ante su derrumbe total, en España programando el programa 2000, para entonar el obituario con numerosas plañideras. Pero al tiempo tenían todo el poder cultural, el educativo, el mediático, de la inteligencia media, la que no crea pero difunde ideas como aparato de propaganda, los discípulos de Louis Althusser se inventaron una pseudo ideología woke –les he dedicado mi libro a su patraña, El virus woke, (Amazon)- que rebotada en las Universidades norteamericanas fue deglutida y aferrada con la pasión desesperada del náufrago por una izquierda que puso precipitadamente el cartel de Se vende. Al rescate acudieron prestas la superlogias, de las que formar parte en exclusiva grados 33, de los Rothschild y de los Rockefeller. La palinodia desde el género fluido hasta el desquicie del islamo-izquierdismo –remito al lector de nuevo a mi libro fundamental “El virus woke”- se convirtió en el nuevo programa de la izquierda, destructor del Estado nación y nueva argamasa de una izquierda sometida los pretendidos ‘amos del mundo’ y alejada de la izquierda clásica marxista, basada en la lucha de clases, a una izquierda que hacía del vicio contra natura todo un programa político de fuerte impronta malthusiana”.
Sin duda, este párrafo que les he transcrito es para mí lo más importante del libro. Y yo comprendo que si me han aguantado la lectura hasta aquí, estén inquietos por saber quiénes son los masones actuales, porque como dije antes el autor de este libro los descubre con su nombres y apellidos. Pero no seré yo quien les diga quién es el asesino de esta película en la cola de la taquilla del cine, porque para averiguarlo hay que sacar la entrada, sentarse en la butaca y leer el libro de Enrique de Diego.
Javier Paredes
Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá









