Sr. Director:

La lectura no es un mero entretenimiento ni un lujo intelectual; constituye el eje sobre el que se organiza el pensamiento humano. Hoy, cada vez más personas leen menos, y quienes leen, muchas veces no comprenden lo que leen. Este fenómeno no se limita a aquellos que concluyen la enseñanza básica: incluso en niveles universitarios abundan carencias graves de comprensión lectora. La raíz de esta deficiencia no se encuentra exclusivamente en la falta de hábito, sino en laincapacidad de dominar con propiedad la propia lengua.

La comprensión lectora no es un acto pasivo: exige analizar, relacionar, interpretar y reflexionar. Cuando la comprensión falla, la mente no se ejercita; se estanca. Las palabras, que deberían ser herramientas para organizar la experiencia y conceptualizar la realidad, se vuelven símbolos vacíos. De aquí se deriva un empobrecimiento intelectual que afecta la autonomía del pensamiento y la capacidad crítica, pues pensar es, en esencia, hablar consigo mismo. Sin un dominio profundo del idioma, la reflexión se limita a fragmentos, clichés o ideas recibidas sin examen, sin reflexión.

Lengua y pensamiento

Pensar no es simplemente acumular información; es nombrar, clasificar, distinguir matices, formular relaciones lógicas y construir sentido. La lengua es la matriz de todo pensamiento. Una mente que carece de vocabulario preciso, de matices semánticos y de comprensión de estructuras sintácticas está irremediablemente limitada. La pobreza lingüística genera pensamiento empobrecido, superficial y dependiente, incapaz de sostener un juicio autónomo o una reflexión profunda.

El empobrecimiento del idioma proviene de diversas fuentes: la enseñanza deficiente, la tendencia a aceptar neologismos y extranjerismos innecesarios, la lectura superficial y la ausencia de hábito lector. Todo ello limita el acceso a los registros expresivos, la capacidad de conceptualización y la riqueza de los matices, fundamentales para la reflexión compleja y la acción crítica.

El diccionario como instrumento de pensamiento

El diccionario, lejos de ser un recurso trivial, es un instrumento indispensable del pensamiento. Consultarlo correctamente permite acceder a significados precisos, matices semánticos, registros y relaciones entre términos. Pero su uso exige formación: se requiere saber cómo buscar, cómo comparar acepciones y cómo aplicar los términos al discurso propio. El diccionario es, en última instancia, un manual de pensamiento; cada palabra comprendida amplía la capacidad de conceptualizar y discriminar ideas.

Ignorar el diccionario o usarlo superficialmente equivale a limitar el pensamiento. La riqueza de la lengua se encuentra no solo en conocer palabras, sino en entender sus matices, aplicarlas con precisión y articularlas en razonamientos coherentes.

La lectura: hábito y ejercicio de la mente

La capacidad de leer no es algo innato; es un ejercicio que requiere disciplina y práctica sostenida. Así como el paladar del gourmet se educa para diferenciar sabores, aromas y texturas, la mente lectora se desarrolla al enfrentarse con palabras, ideas y matices en un ejercicio constante. La lectura superficial, fragmentaria o mecánica no produce comprensión ni reflexión: solo el hábito sostenido y la atención consciente generan mente crítica y pensamiento autónomo.

Este hábito no solo fortalece la capacidad de comprensión, sino que educa la sensibilidad intelectual, la capacidad de discernir, de conectar ideas y de pensar de manera autónoma. La lectura profunda es, por tanto, un motor de autonomía mental y de enriquecimiento cultural.

La deficiente enseñanza de la lectoescritura y sus terribles consecuencias

El declive de la comprensión lectora y del dominio del idioma tiene raíces históricas profundas. Durante siglos, la enseñanza de la lengua se ha alternado entre enfoques rígidos, memorísticos y normativos, y enfoques laxos o improvisados que descuidan la comprensión profunda. En muchos sistemas de enseñanza, la memorización y la repetición han desplazado la reflexión, el análisis crítico y la argumentación.

Es importante distinguir entre enseñanza y educación. La primera se refiere al proceso sistemático de transmisión de conocimientos; la segunda, a la formación integral del individuo, capaz de juzgar, reflexionar y actuar con criterio. La enseñanza debe recuperar su función de formación del pensamiento, pues sin ella, la educación formal se vacía de contenido intelectual y crítico.

Consecuencias del empobrecimiento lingüístico

El debilitamiento de la lengua no es un asunto meramente académico: tiene consecuencias culturales, sociales y cognitivas profundas. Quien no domina su idioma tiene dificultades paraexpresar ideas complejas, captar matices, organizar pensamientos y participar críticamente en la sociedad. La pobreza del idioma limita la abstracción, la conceptualización y la autonomía intelectual, generando individuos dependientes de opiniones externas y sin capacidad de análisis riguroso.

Además, la pérdida de riqueza lingüística afecta la vida cultural y social, pues el pensamiento crítico, la reflexión ética y la creatividad dependen de la capacidad de expresión precisa y matizada. Recuperar la lengua no es un capricho: es una necesidad para la autonomía intelectual y la vida democrática.

La lectura, el pensamiento y la cultura

La lectura profunda y consciente es un ejercicio integral del pensamiento y la cultura. No solo permite comprender textos complejos, sino que fortalece la capacidad de juzgar, reflexionar y construir ideas propias. Cada palabra, cada frase, cada matiz contribuye a la formación de la mente crítica. La lectura desarrolla el discernimiento, la sensibilidad intelectual y la capacidad de relacionar conocimientos de distintas áreas.

La práctica constante de la lectura convierte el ejercicio intelectual en hábito, y el hábito en instrumento de autonomía mental. La mente entrenada mediante la lectura se vuelve capaz de enfrentar ideas complejas, de cuestionar prejuicios y de construir juicios propios, lo que constituye la base del pensamiento libre y responsable.

Conclusión: la lengua, la lectura y el pensamiento como pilares de la mente

La lectura, el dominio del idioma, el uso consciente del diccionario, la práctica constante del hábito lector y una enseñanza que priorice la comprensión y el pensamiento crítico son inseparables. Descuidar cualquiera de estos elementos condena al empobrecimiento intelectual, limita la reflexión y amenaza la autonomía de la mente.

Recuperar la riqueza de la lengua, cultivar la lectura profunda y ejercitar la mente son condiciones indispensables para pensar con claridad, expresar ideas con precisión y participar en la vida cultural y social con autonomía. Sin estos pilares, las palabras se vacían, el pensamiento se empobrece y la libertad intelectual queda comprometida. Con ellos, la mente alcanza su plenitud, capaz de comprender la complejidad del mundo y de actuar con criterio, reflexión y libertad.

Anexo Histórico-Filosófico: Lengua, lectura y pensamiento a través de la historia

I. La Antigüedad clásica: lenguaje y razón

En la Grecia antigua, la lengua era considerada la herramienta fundamental del pensamiento. Platón y Aristóteles subrayaron la necesidad de definir términos con precisión para poder razonar correctamente. Para Platón, el diálogo era un instrumento para ordenar las ideas y distinguir lo verdadero de lo falso; sin palabras precisas, la mente no podía ejercitarse en la lógica ni en la reflexión ética.

Aristóteles, en su Organon, establece que la lógica depende de la correcta articulación de los términos, de su clasificación y de la identificación de relaciones entre conceptos. En este sentido,pensar es hablar consigo mismo, utilizando la lengua como instrumento para organizar y jerarquizar las ideas, y la lectura como vehículo para ampliar el conocimiento de términos, conceptos y matices.

En Roma, Cicerón profundizó la relación entre palabra y virtud, señalando que el dominio del idioma no solo era un asunto de claridad retórica, sino de formación moral y política, pues la capacidad de expresarse correctamente influye directamente en la capacidad de actuar con juicio en la vida pública.

II. La Edad Media: escolástica y comprensión textual

Durante la Edad Media, la enseñanza se centró en el latín, lengua vehicular del pensamiento académico y religioso. La lectura estaba condicionada por la transmisión de textos sagrados y filosóficos; comprenderlos exigía dominio del idioma, atención al detalle y disciplina intelectual. Los escolásticos, como Tomás de Aquino, insistieron en la importancia de la precisión terminológica para poder razonar sobre temas complejos de teología y filosofía.

Sin embargo, el latín como lengua cerrada y elitista limitó la formación de un pensamiento crítico amplio en la población general. La comprensión textual dependía de la competencia lingüística, y quienes carecían de ella quedaban excluidos de la reflexión académica.

III. Renacimiento y Humanismo: recuperación del idioma y la lectura

El Renacimiento significó un renacimiento del pensamiento y la lengua. Humanistas como Erasmo de Róterdam defendieron la lectura profunda de los clásicos en su lengua original, insistiendo en que la comprensión cabal del idioma es condición previa para el pensamiento autónomo y la reflexión ética. La lectura ya no era solo un acto de memorización: era un ejercicio de discernimiento, análisis crítico y cultivo de la virtud.

En este período, la lectura se vinculó a la libertad del pensamiento: dominar la lengua permitía a los intelectuales ejercitar juicio propio y cuestionar autoridades establecidas, aunque siempre dentro de los límites de las estructuras políticas y religiosas de la época.

IV. Siglos XVII y XVIII: ilustración y lengua crítica

Con la Ilustración, el idioma se convirtió en instrumento de emancipación intelectual. Pensadores como Voltaire, Montesquieu y Rousseau subrayaron la importancia de la claridad y precisión lingüística para construir argumentos racionales y críticos. La lectura de obras filosóficas y literarias se convirtió en un medio para cultivar el pensamiento autónomo y desarrollar la capacidad de crítica social y política.

En este contexto, la lengua ya no era solo vehículo de comunicación, sino herramienta para organizar la experiencia, conceptualizar ideas y distinguir la verdad del prejuicio. La comprensión lectora pasó a ser condición indispensable de la ciudadanía ilustrada: sin dominio del idioma, no es posible formar juicios ni participar activamente en la vida pública.

V. Siglo XIX: pedagogía y alfabetización

En el siglo XIX, la enseñanza se centró en la alfabetización y el dominio de la lengua escrita como base de la formación intelectual. Pedagogos como Pestalozzi y Froebel desarrollaron métodos que enfatizaban la comprensión, el razonamiento y la expresión precisa. La lectura dejó de ser un acto mecánico de memorización y se orientó hacia la formación del pensamiento crítico y la autonomía intelectual.

El siglo XIX muestra con claridad que enseñar sin desarrollar la comprensión del idioma es inútil, pues se limita la capacidad de los individuos de pensar, argumentar y participar críticamente en la sociedad. La lectura profunda se consideró un hábito que debía cultivarse desde la infancia para formar ciudadanos capaces de reflexionar, discernir y actuar con juicio.

VI. Siglo XX: declive y recuperación parcial

Durante gran parte del siglo XX, la enseñanza sufrió fluctuaciones: mientras algunas corrientes pedagógicas insistieron en el razonamiento crítico y la comprensión profunda, otras privilegiaron lamemorización, la repetición y la acumulación fragmentaria de información, olvidando quedominar la lengua es indispensable para pensar. Esto generó generaciones con carencias profundas de vocabulario, comprensión y capacidad de reflexión, aún entre quienes completaron estudios superiores.

Filósofos y pedagogos contemporáneos, como Fernando Savater, insistieron en la relación inseparable entre lengua, lectura y pensamiento: quien no comprende su idioma no puede comprender textos complejos, construir razonamientos sólidos ni formar juicios autónomos. La lectura deja de ser hábito de pensamiento y se convierte en ejercicio mecánico o superficial.

Asimismo, se puso de manifiesto que la práctica constante de la lectura, junto con el uso del diccionario y la atención a matices semánticos, es la vía para reconstruir la riqueza del idioma, fortalecer el pensamiento y recuperar la autonomía intelectual.

Reflexión final del anexo

El análisis histórico muestra un hilo conductor: el pensamiento depende del idioma, la comprensión lectora y la práctica reflexiva. Desde la Antigüedad hasta el siglo XX, los grandes pensadores subrayaron que pensar sin palabras precisas es imposible, y que la lectura profunda es un instrumento para desarrollar la mente crítica y autónoma. La enseñanza que descuida estos aspectos genera empobrecimiento intelectual y limita la capacidad de los individuos para interactuar con la cultura, la sociedad y la historia.

Recuperar el dominio del idioma, educar la lectura, ejercitar la comprensión y valorar el diccionario como herramienta de pensamiento no es un lujo, sino una necesidad histórica y cultural. Solo así se puede garantizar que el pensamiento humano permanezca rico, preciso y capaz de enfrentar la complejidad del mundo contemporáneo.