Bandas armadas mataron a 47 personas en Haití. La noticia ya no llama la atención porque Haití es territorio de bandoleros que roban, violan y matan a placer. Lo mismo ocurre en Sudán, a lo mejor la mayor matanza del mundo actual, pero de la que ni tan siquiera nos enteramos. Y en el Congo, en Nigeria, donde la combinación entre pobreza e islamismo ha disparado la violencia en el Continente... contra los cristianos. O sea, contra la multinacional reaccionaria.

Haití, como tantos otros lugares de violencia extrema en el mundo, y cada día son más, no necesita ONGs, necesita, lo primero, un ejército que ponga orden y desarme a las bandas asesinas, y que prepare a un ejército nacional propio, digno de tal nombre, y que propicie una autoridad que cambie la ley de la selva por la ley de la norma justa.

Claro que para eso es necesario ejercer la llamada injerencia humanitaria (un brillante invento de san Juan Pablo II). Esto es: para acabar con la violencia y la miseria, se necesita intervenir en los países del Tercer Mundo. Sí intervenir, no sólo emitir comunicados de protesta, en aquellos Estados fallidos, que han llegado al hambre y al terror desde la tiranía. Por este orden: primero hay que desmontar la tiranía y hay que hacerlo a la fuerza, con un ejército. Luego, cuando el fuerte se vea obligado a respetar al débil, viene la ayuda humanitaria y, aún más que eso, la ayuda económica y profesional para convertir la miseria en mejora económica.

Esto parece que sólo lo ha entendido Donald Trump, y esta afirmación sirve para cuando le ha salido bien, como en Venezuela, y para cuando le ha salido mal, como en Irán.

Porque claro, la antítesis de la injerencia humanitaria es lo que nuestro nunca bien loado Pedro Sánchez llama derecho internacional, donde la única frontera que se puede violar en el mundo es la del Tarajal, en la ciudad de Ceuta.

Ejemplo de derecho internacional aplicado a Persia: el régimen de los ayatolás tomó el poder de forma violenta, y con el mismo fanatismo de hoy en día, en febrero de 1979 y desde entonces, casi 48 años, lleva aplastando a 93 millones de iraníes.

Al parecer, durante casi medio siglo, el derecho internacional no ha servido para acabar con los ayatolás. Pero gobiernos como el español continúan hablando con entusiasmo de ello.

Ojo, la injerencia humanitaria en Teherán -sí, empezó siendo humanitaria para hacer caer a los ayatolás, sólo que, al menos por el momento, ha fracasado- era el primer objetivo de Donald Trump, como lo era su bombardeo sobre Nigeria, donde se está perpetrando una sangría de cristianos.

Mientras tanto, ¿qué ha hecho Europa? Acogerse al derecho internacional, es decir, mirar hacia otro lado mientras los verdugos aplastan a sus víctimas durante décadas.

Lo primero, pasar de la era del derecho internacional a la de la injerencia humanitaria.