Tras esa maravillosa semana pasada en la que, gracias a Dios, al Papa León, y a la estupenda respuesta de gran parte del pueblo español, brilló de nuevo en nuestro país públicamente la Luz de la Verdad, el Bien y la Belleza, esta semana no hemos tenido más remedio que sufrir con la oscuridad tenebrosa de mentiras y maldades. Nuevas investigaciones, descubrimientos, declaraciones y sentencias sobre una corrupción institucionalizada. Y con ello, entre otras cosas, se nos aboca a una incertidumbre esencial que se manifiesta en tres preguntas-clave interrelacionadas: “¿Sabremos algún día la verdad?” “¿Cuál es la corrupción más importante” “¿Llegará a hacerse justicia?”.

Dejaré para la próxima semana mi hipótesis sobre la tercera. Ahora intentaré dilucidar las dos primeras.

Y lamento mucho decirle ya, de sopetón, que hasta que no se cambien las bases del actual sistema jurídico-político, e, incluso, me atrevería a decir, que, hasta el día del juicio final, no sabremos la verdad significativa de la corrupción que nos ha asolado y nos arrasa, aunque ahora se conozcan y prueben pequeñas verdades parciales. Lógicamente, con el paso del tiempo, se irán sabiendo y verificando más intríngulis y aspectos, pero el proceso será tan lento que posiblemente Usted y yo no lo veamos en esta tierra.

Y es que, salvo el resto fiel que busca la verdad, la minoría que detenta el poder ideológico, político y mediático, y la gran parte de la población que lo sustenta y apoya, lleva muchos años sin importarles un bledo la verdad, e instalada en la mentira, vivida y expresada en todas sus variantes con total impunidad.

En estos últimos años me he acordado muchas veces de un episodio de Los viajes de Gulliver que me llamó mucho la atención en mi adolescencia. Lo resumo: presenciaba Gulliver un juicio del rey en una de las islas extrañas donde recaló. Y se quedó maravillado cuando el rey sentenció con una pena mínima a alguien que había robado y dictó pena de muerte para uno que había mentido. Ante la manifestación de extrañeza del pequeño aventurero, el rey le preguntó que qué era peor: robar lo material o robar el alma…

Se nos aboca a una incertidumbre esencial que se manifiesta en tres preguntas-clave interrelacionadas: “¿Sabremos algún día la verdad?” “¿Cuál es la corrupción más importante” “¿Llegará a hacerse justicia?”

Años después, leí en la Summa Theológica de santo Tomás de Aquino que “los hombres no serían capaces de vivir juntos si no tuviesen confianza unos con otros, esto es, si no se dijesen la verdad”. Y esta frase explica muchas cosas de las que han sucedido y suceden en nuestro país, en el que la convivencia cada vez se hace más y más irrespirable.

También, y ante las declaraciones institucionales, judiciales o ante los medios de algunos de los personajes presuntamente implicados en la trama, o de los representantes del corifeo mediático, me he acordado muchas veces de una canción que, como divertimento inocente, cantábamos los componentes del equipo deportivo del Instituto donde estudié en Jerez, cuando íbamos en el autobús camino de una de las otras ciudades gaditanas a competir en los campeonatos escolares.

La canción de marras decía así: “Y ahora que vamos despacio (bis)/ vamos a contar mentiras, tralará/ vamos a contar mentiras./ Por el mar saltan las liebres (bis)/ por el monte las sardinas, tralará/ por el monte las sardinas…”. Y así, varias estrofas más con parecidos disparates que nos hacían reir.

No voy a pormenorizar las veces que, en el Parlamento, o en los juzgados, o en las televisiones, han saltado por el mar las liebres y por el monte las sardinas. Esta semana, sin ir más lejos, han sido varias. La diferencia es que los actores de este esperpento valleinclanesco no lo cantan para divertirse, sino que llevan el texto escrito (o memorizado) y lo leen o proclaman con seriedad, circunspección y contundencia: “Yo nunca, nunca jamás…”.

Y lo peor de todo es que hay mucha gente que quiere creérselo, porque le interesa creérselo o porque está abducido por una ideología y unos partidos que han desechado la verdad y viven de la mentira. No en vano pienso que la negación de la realidad es la base de la blasfemia contra el Espíritu Santo, que es uno de los signos de nuestro tiempo, como repite nuestro director, Eulogio López.

No pongamos el foco de la corrupción en unas cuántas joyas, por poner un ejemplo entre muchos, sino en la corrupción de los fundamentos antropológicos (la dignidad humana) de la sociedad

De ahí que, ante las actitudes y acciones de determinados personajes que todos tenemos presente, y al pairo de las leyes y decretos promovidos por ellos, también me haya venido a la cabeza en reiteradas ocasiones ese texto conocido por muchos del libro de los Proverbios: “Seis cosas hay que detesta el Señor, y siete son las que abomina su alma: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos que derraman sangre inocente, corazón que maquina planes maliciosos, pies presurosos para correr al mal, testigo falso que profiere mentiras, y sembrador de discordias entre hermanos”.

Cambiando lo que haya que cambiar, estas palabras del autor sagrado y, por tanto, de Dios, sirven para que tengamos una adecuada y justa jerarquía de las verdades que debemos defender. Es decir, para que demos importancia a lo que verdaderamente la tiene y no pongamos el foco de la corrupción en unas cuántas joyas, por poner un ejemplo entre muchos, sino en la corrupción de los fundamentos antropológicos (la dignidad humana) de la sociedad, como nos ha recordado el sucesor de Pedro: el derecho a la Vida, a la Verdad, a la Justicia y a la Libertad y en proteger el papel insustituible de la familia.

Ese maravilloso texto de Proverbios podría servir también para hacer un retrato-robot de los personajes mefistofélicos de todos los tiempos y de todos los países. Incluidos, como Usted ha considerado ya, los actuales. Pero eso lo dejamos al juicio de Dios. Y ya lo contemplaremos con un gozo inefable si, con la Gracia de Dios, nuestro retrato-robot se corresponde con el de las Bienaventuranzas que recoge San Mateo en su Evangelio.

La conclusión es la de siempre en mis escritos y que ahora actualizo: los que hemos gozado de la presencia del Papa en nuestro país, y hemos meditado sus palabras y sus gestos con afán de seguirlos, en cuanto suponen seguimiento de la Verdad, de Cristo, tenemos ahora más Luz y más fuerza para dar esa batalla cultural, moral y espiritual en pro de la Verdad que libera. No sólo, repito, en el plano político, sino previa y fundamentalmente en el antropológico, sin el que el anterior jamás se logrará.

Y llénese de esperanza recordando la promesa de Fátima. Y la que le dio el Señor al padre Hoyos respecto a nuestra querida España.