En estos días pasados seguramente todos hemos oído a amigos y vecinos comentar sus planes para las vacaciones. 'Que si esta vez vamos al norte, porque pensábamos ir a Málaga, pero, oye, como nos han quitado el AVE y las carreteras están como están… Que si por fin podemos hacer el viajecito a Estambul, pues el anuncio de la tele… Pues nosotros nos vamos a Praga…'. 

Lo que es muy raro que haya oído es algo así como “me quedo a vivir la Semana Santa con el deseo de que Dios aumente mi Fe, mi Esperanza, y mi amor a Él y al prójimo”.

Pues precisamente ese sería el mejor plan si fuéramos prudentes. Pues, como sabe, la prudencia consiste, en síntesis, en elegir los mejores medios para cumplir los mejores fines.

No hace falta que le diga que en la Semana Santa podemos rememorar y revivir los momentos cruciales de la Historia de la Humanidad que, en definitiva, es la Historia de la Salvación. Que en ella se nos manifiesta en su plenitud el Amor de Dios por los hombres en Cristo, que nos amó hasta el fin, hasta la muerte y muerte de Cruz.

Y también es un escaparate para entender la condición humana y la diversidad de los sentimientos y voluntades humanas ante tamaña demostración. Hoy como hace dos mil años, sigue habiendo posturas como la de Pilatos -quizás la más generalizada, como demuestra la indiferencia de tantos ante el genocidio silencioso de los concebidos en el vientre materno-, o como la de los jefes y miembros del sanedrín judío que, por odio a la Verdad y por mantener el Poder, consiguen que se asesine al Inocente. Y también la de los apóstoles que, pese a huir en un primer momento, se arrepienten de su cobardía y debilidad y continúan siendo fieles. Y, desde luego, la de la fortaleza y Amor de la Madre de Dios, de las santas mujeres y de san Juan.

Gracias a Dios, junto a los indiferentes, los ignorantes y los gobernantes cristófobos, actualmente hay todavía una gran cantidad de gente que participa de una u otra manera en la Semana Santa con fervor, unos retirándose unos días para meditar esos inefables misterios de nuestra fe y participando en las celebraciones litúrgicas solemnes; otros, llevando por las calles y plazas de nuestras ciudades, llenas de gente, las imágenes de Nuestro Señor y de la Virgen, a las que piropean, cantan, alaban… Y, algunos, las dos cosas.

Y esto es un enorme motivo de alegría. Que en esta sociedad materialista y hedonista es maravilloso que haya mucha gente que se sacrifique (los costaleros), hagan penitencia y se conmuevan, recen y lloren ante el recuerdo de la Pasión y Muerte del Señor y unan sus lágrimas a las de la Virgen Corredentora, representada en múltiples imágenes con diversas acepciones. Y me alegra muchísimo también que todo eso sea al aire libre, que se le de culto al Señor del Universo desde el suelo de nuestras calles y bajo el Cielo de nuestra Esperanza.

Pero no me negarán que, desde determinados ámbitos eclesiásticos, y desde esos laicos intelectuales que se consideran “cristianos adultos”, se menosprecia la devoción popular y ven en ella un peligroso emotivismo. Y, para colmo, aducen -esta vez con razón- que, desde hace unos años, se le ha dotado a las procesiones de Semana Santa, o a las representaciones teatrales de la Pasión, de la vitola de reclamo turístico, convirtiéndola así en un espectáculo atractivo más.

Que en esta sociedad materialista y hedonista es maravilloso que haya mucha gente que se sacrifique (los costaleros), hagan penitencia y se conmuevan, recen y lloren ante el recuerdo de la Pasión y Muerte del Señor y unan sus lágrimas a las de la Virgen Corredentora, representada en múltiples imágenes con diversas acepciones

Como también es cierto que algunos devotos se quedan en un mero sentimentalismo por falta de una verdadera formación doctrinal y una consecuencia moral y espiritual. Pero nada de eso justifica que se menosprecie las manifestaciones de cariño y piedad de niños que se manifiesta en esta Semana de Pasión. De todos modos, este debate importa poco, aunque sea conveniente no ser ingenuo y tener una visión real de las cosas, aunque duelan. Lo verdaderamente decisivo es que aquellos que creemos que Jesucristo nos redimió en la Cruz y, además, vislumbramos que en el momento actual de la Historia revive de modo especial en Su Iglesia y el mundo esa Pasión, volvamos a considerar y vivir con la mayor plenitud posible lo que sucedió en esa semana de abril del año 33, aunque sepamos que se renueva diariamente en la Santa Misa.

Y para vivir con plenitud esta Semana de Pasión (de la Resurrección escribiré gozoso la semana próxima) tenemos que activar nuestra fe, nuestra razón y nuestro corazón, en unidad y armonía.

Recuerdo la gran alegría que me dio leer la encíclica de san Juan Pablo II (escrita, como muchos hemos sabido después, al alimón con el entonces Cardenal Ratzinger, luego su sucesor Benedicto XVI) titulada Fides et Ratio, cuyo contenido hace honor al título, es decir, trata de esas dos alas para llegar a la Verdad se complementan y tienen que batir juntas en el mismo vuelo. Sin embargo, consideré que aún faltaba otra ala que también tenía que actuar indisolublemente unida a las otras dos: el corazón. Que incluye el sentimiento, la emoción, la compasión, las lágrimas… Y la voluntad.

Eso quedó subsanado con la primera encíclica de Benedicto XVI: Deus Caritas est. Y, sobre todo, con la Caritas in Veritate.

Desde esas encíclicas ha quedado muy claro, entre otras muchas cosas, que tenemos que meditar, metiendo la inteligencia y desde la fe y el amor, la Vida y enseñanzas de la Verdad encarnada; que los sentimientos no son malos, sino buenos, pero no son lo único y deben ser complementados y purificados por la voluntad; que poner el corazón, el cariño, la ternura, la emoción, no solo la fe y la razón, es necesario para demostrar nuestro amor a Dios y a los demás. No se trata, por tanto, de un aut-aut, o esto o lo otro; sino de un et-et, esto y también lo otro.

Esta unión de fe, razón y corazón como medio para vivir con plenitud la Semana Santa tiene muchas manifestaciones concretas que deben vivirse de una u otra manera, según la personalidad y circunstancias de cada persona. Decía Jean Guitton, con una “boutade” típica de los intelectuales franceses, que Dios no sabe matemáticas, pues solo sabe contar de uno en uno. Es decir, que no hay dos almas iguales y que cada caminante tiene una senda particular dentro del camino general.

Pero no podemos salirnos de ese camino. Por lo que, entre esas manifestaciones concretas que nos ayudan a vivir con plenitud esta semana, teniendo en cuenta esa triada de potencias, e independientemente de su participación o no en las procesiones y otros actos tradicionales, me parece que lo primero es hacer lo que ya probablemente hayan hecho ya: una confesión contrita y completa.

Y luego, meditar la Pasión y Muerte del Señor, y todo lo que le rodea, a través de la lectura reflexiva de un buen Vía Crucis (les sugiero el que dirigió el entonces Cardenal Ratzinger, en 2005, con san Juan Pablo II ya muy enfermo siguiéndolo desde su habitación, pues es una joya); de la nueva visión de la película de Mel Gibson La Pasión; de la vivencia de la Santa Misa diaria, que es la renovación incruenta del Sacrificio de la Cruz; de vivir los Oficios del Jueves Santo, la Hora Santa, y los del Viernes Santo, sin miedo a derramar lágrimas desde su alma o desde sus ojos también…

Que tengan, así, una santa Semana de Pasión.