En tiempos de confusión quienes pretenden aclarar el sentido de los tiempos pueden meter la pata. Y cuanto más eruditos, peor. El mexicano Alberto Villasana es un erudito católico... y ha metido la pata hasta las corvas, con un análisis, cuando menos precipitado, sobre la renuncia de Benedicto XVI. Juan Carlos García de Polavieja ha salido al paso y gustosamente le cedo esta tribuna. Un poco de humildad a la hora de interpretar el presente de la Iglesia nos vendría bien a todos. Pasen y lean:

 

Alberto Villasana se equivoca

(Por J.C. García de Polavieja P.)

El escritor y publicista Alberto Villasana, premio nacional de periodismo de México y persona reputada en medios católicos, ha hecho pública una carta abierta a Benedicto XVI que está corriendo en estos momentos por Internet. Una misiva cargada de intención, con la que el mexicano trata de hacer una especie de radiografía del futuro inmediato de la Iglesia: Apoyado en su conocimiento, bastante amplio, de profecías y revelaciones, Villasana realiza una serie de identificaciones a mi juicio precipitadas, que, en lugar de clarificar la situación, pueden inducir a error a fieles preocupados por la situación, a los que se ofrece un cuadro muy impactante, aparentemente sólido, pero en realidad producto de un ajuste con calzador de lo real con lo profético.

Quienes permanecemos atentos a los signos de los tiempos y a las mariofanías auténticas, sabemos bien que el peligro alertado con mayor insistencia por el Cielo para estos tiempos es la confusión. Nada de lo que acontece puede ser descrito ni interpretado con ligereza, por muy seguros que nos parezcan nuestros esquemas y muy rigurosa nuestra hermenéutica. Las cosas no son hoy lo que parecen, y las visiones que se deducen a la luz de determinadas profecías, resultan desmentidas o rectificadas por otras. Porque el combinado de la batalla  sobrenatural y la libertad humana – que Dios siempre respeta – se va convirtiendo en historia siguiendo unas pautas que generalmente desbordan nuestra inteligencia.

La carta parte de una hipótesis que invalida gran parte de la argumentación: Que la renuncia del Papa Benedicto XVI se produjo a causa de las amenazas contra su vida, filtradas al periódico Il Fatto Quotidiano, de las cuales había sido informado por el cardenal Darío Castrillón.

Villasana enlaza el impacto de aquellas amenazas – muy reales, por otra parte – con una confidencia de Benedicto a su hermano Georg - "nunca imaginé conocer ese rostro de la Iglesia"- frase que, aun siendo verdadera, que posiblemente lo sea, no implica que esas amenazas contra su vida fuesen determinantes de la renuncia. Lo único que revela es la decepción y el desánimo de Joseph Ratzinger al constatar la traición que le rodeaba, sin lograr identificarla. El Papa ya había dado señales inequívocas de alarma el 11 de octubre anterior, cuando dijo públicamente "hemos visto que en la red de Pedro se encuentran también peces malos…" Pero Benedicto XVI, un intelectual bondadoso y sin malicia, fue incapaz de detectar la  cercanía de dichos "peces malos" a su persona. 

Si, como afirma Villasana, las amenazas de muerte fueran responsables de la renuncia, entonces podría pensarse en una coacción moral sobre la libertad de Benedicto que, anulándola in radice, convertiría su renuncia en inválida. Pero la cuestión es bastante más compleja: Parece más ajustado a la realidad pensar que dichas amenazas fueron sólo un dato añadido al extenso catálogo de decepciones que hicieron dudar al Papa de su propia capacidad, a nivel humano, para sujetar el timón de Pedro. Y eso lo cambia todo. Porque no es lo mismo renunciar bajo coacción que renunciar por reconocimiento de las limitaciones personales. La primera razón invalidaría la renuncia, la segunda no. Villasana reconoce que no fue cuestión de miedo por parte del Papa, sino una manera de evitarle males mayores a la Iglesia. Puede pensarse pues que la renuncia no se produjo bajo ningún tipo de coacción decisiva, sino por un convencimiento personal de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, de que debía desistir de una empresa cuyas dificultades, sobre todo aquellas menos visibles, superaban su capacidad. Tampoco puede achacársele al Papa, en este sentido, falta de confianza en la asistencia divina porque, buen conocedor de la teología perenne, Ratzinger sabía muy bien que la asistencia de la gracia, salvo milagro, requiere un mínimo de recursos naturales: Y él se sentía desprovisto de ellos.

Pero si la renuncia de Benedicto fue moralmente libre, esencialmente válida, entonces el cónclave fue legítimo – por mucho que tratasen de manipularlo – y la elección de Bergoglio, del Papa Francisco, ha sido una elección conforme a derecho y totalmente válida.

El Papa Francisco no es un antipapa.

Villasana, imprudentemente, piensa que el puzzle de revelaciones y profecías le permite proclamar que sí es antipapa. Pero su puzzle está mal montado. Afirma que Francisco es un antipapa "lo que no necesariamente quiere decir que sea una persona mala o mal intencionada", pero sí que "no es el Vicario de Cristo" y por lo tanto no tiene "el carisma de la inerrancia". Hay que aclararle que el supuesto "carisma de la inerrancia" es inexistente: Los mejores Papas pueden equivocarse en temas secundarios, opiniones o entrevistas y, de hecho, se han equivocado en varias ocasiones. Pero cuando definen oficialmente (ex cáthedra) cuestiones de dogma, moral o costumbres, gozan de infalibilidad. La infalibilidad no es lo mismo que la inerrancia, especialmente porque se utiliza de manera más restringida.

Villasana identifica en su carta al obispo vestido de blanco, de la conocida visión  perteneciente al secreto de Fátima, con Benedicto XVI quien, según eso, deberá huir de Roma en algún momento, para ser muerto en otro lugar. Tal identificación es sumamente aventurada, como en general su interpretación de los mensajes de la Virgen en Portugal. La personalidad del personaje de la visión posiblemente no se sepa hasta que la profecía se cumpla, y no sería extraño que fuese el propio Francisco.

El mexicano, en la misma línea del padre Paul Kramer, tampoco contempla el efecto de la consagración de Rusia efectuada por Juan Pablo II el 25 de marzo de 1984 (que probablemente no reconoce como tal) y desconoce por ello los efectos del desmoronamiento del comunismo en aquella nación (1989-1991) así como la transformación de la política rusa, que – a pesar de la nefanda herencia soviética - hoy es ejemplar en temas de moral social e internacional. No atiende al período de precaria paz efectivamente conseguido durante el último cuarto de siglo (1989-2014) y profetizado en Fátima. Un período de paz logrado gracias al celo mariano de Juan Pablo II y del que Rusia aparece ahora más como garante que como perturbadora. Por ello le sigue atribuyendo a esa nación un rol anacrónico, mientras que los católicos de Europa occidental, abrumados por la tiranía abortista, esclavizadora y satánica del N.O.M., acogeríamos hoy la intervención rusa como un mal menor.

En consecuencia, su visión de la situación actual de la Iglesia resulta incapaz de enfocar los auténticos problemas y desenfocada respecto al Papa Francisco: La identificación de éste como protagonista de las profecías relativas a la usurpación de la Silla de Pedro es un ejercicio de pin, pan, pun, realizado de espaldas a realidad eclesiástica. Villasana parece desconocer la presencia en la cúpula romana del verdadero sectarismo, mucho más peligroso para la Esposa de Cristo que cualquier veleidad progresista, o exagerada "amistad" judeo-cristiana. Contempla por ello supuestas infracciones doctrinales de Francisco que difícilmente pueden deducirse del concilio de Florencia. Las aprensiones que provocan determinadas ambigüedades pueden y deben quedarse, por ahora, en aprensiones. No es necesario ser entusiasta de la orientación ni del estilo del Papa reinante para huir de  las  críticas que se le hacen desde sectores falsamente tradicionales. Críticas ayunas de rigor, que  pueden desviar a conciencias poco formadas. La salvaguardia de la vida cristiana requiere evitar reacciones imprudentes, que conducen por vías paralelas a esos falsos tradicionalismos. El acoso a la verdad se está produciendo hoy no sólo desde la adaptación obsequiosa a la "cultura" dominante, sino desde los cantos de sirena de los enemigos del último concilio, que tratan de monopolizar las reacciones que aquella provoca. La negación de la correcta hermenéutica del Vaticano II, de continuidad tradicional, demostrada en la práctica por Juan Pablo II y Benedicto XVI, la practican ahora tanto los que atribuyen y aplauden a  Francisco una ruptura revolucionaria – que, de hecho, no se ha producido – como los que rechazan la enseñanza preclara de esos últimos Papas y al concilio mismo. Pero nuestra seguridad en la fe se sustenta en la nítida doctrina de todos los Papas, no en  ejercicios de soberbia. El Catecismo de La Iglesia Católica, inmensa garantía legada por Juan Pablo II, servirá a los fieles, sean cuales fueren los problemas que se susciten, para despejar cualquier duda doctrinal. Alberto Villasana no pertenece a las corrientes cismáticas, pero su carta, alimentando una confusión creciente, empujará a los incautos en tal dirección.

El pueblo católico se inquieta por algunas declaraciones del Papa Francisco, ambiguas de cara a varios problemas, o por la imprudencia implícita en sus frases más publicitadas. Esa publicidad no la hace él, pero, obviamente, la permite y posiblemente la busca. Es perfectamente legítimo encontrar motivos de preocupación en todo ello. Como es igualmente correcto representarse los riesgos que la Iglesia corre con formas incautas de incursión en el mundo… Pero la respuesta de los fieles es de oración desde el cariño filial, de serena templanza y, todo lo más, de puntualización o alarma respetuosas.

Proclamar la verdad sin plegarse a la corriente aduladora, que no alerta de los tentáculos del poder dominante - ni del peligro físico que para el Papa representan - rechazando al mismo tiempo, de plano, las falsas ortodoxias, es mucho más difícil que esgrimir registros mal encajados. La verdad sufre ahora el doble acoso, en tenaza, de la "corrección eclesiástica", tan ciega como oportunista, y de la revancha del integrismo que no entendió los comos ni los porqués del diálogo con el mundo moderno tal como lo orientó el verdadero concilio y lo practicaron los últimos Papas. Un diálogo que no hacía concesiones en ningún orden esencial. Y ese acoso es muy difícil de sobrellevar sin una plena, profunda y humilde comunión de vida con aquella Mujer que es Madre de la Iglesia y también- por voluntad suya (1) - oficina postal permanente para el recordatorio de los tiempos y los riesgos.

Al verdadero enemigo no le estorban las contestaciones desaforadas o cismáticas, sino los avisos respetuosos y filiales, en tanto que estos últimos no amenazan la unidad del rebaño. Los síntomas son sólo síntomas. Incluso los más alarmantes no pueden tratarse sino como productos de nuestra propia flaqueza en la oración, que no respalda todo lo que debería respaldar. ¡Claro que hay  horizontes de tormenta! Los esperados desde hace siglos y que deben afrontarse con plena confianza en la inminencia del Reino.

 

(1) La Virgen al padre Gobbi (30 de octubre de 1975): "Mis llamados se multiplicarán cuanto más la voz de los ministros se cierre al anuncio de la verdad…"